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La
loca travesía
del ignoto Malaspina
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El
marino italiano Alejandro Malaspina dirigió una
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científica enviada por la
corona española que recorrió América, Asia
y Oceanía entre 1789 y 1795.
La mega-expedición alcanza el brillo, pero no la trascendencia,
de las llevadas a cabo por
el Capitán Cook y Bouganville, pues su estrella fue injustamente
apagada por las intrigas de Manuel de Godoy, un hombre influyente en la
corte de Carlos IV.
El propósito Malaspina era aumentar el conocimiento de la flora
y la fauna planetaria y de los pueblos que habitaban las colonias hispanas.
En las naves de la expedición, la Descubierta y la Atrevida, se
embarcan más de 200 hombres, entre ellos algunos pintores y naturalistas.
Estas dos mujerzuelas del mar tatúan sus estelas en el Río
de la Plata, las costas patagónicas, las Islas Malvinas, la Isla
de Guam, las Filipinas y gran parte de la Polinesia. A su regreso, la expedición
trae el conocimiento de 14000 especies botánicas nuevas, 900 ilustraciones
y el estudio de 500 especies zoológicas de tres continentes. Hoy
en día existen más de 600 publicaciones relacionadas a los
aportes científicos y artísticos de la expedición
Malaspina.
Históricamente hablando, luego de la conquista militar surge la
necesidad del conocimiento científico de lo conquistado. Innumerables
especies de flora y fauna se presentaban a la vista de los europeos como
un tesoro místico de aplicaciones prácticas. El progreso
material se asoció entonces de manera ineludible con la expansión
de las ciencias naturales. Como consecuencia, la corona española
financia un fuerte impulso en el desarrollo de ciertas disciplinas como
la botánica, la zoología, la geología y también
la cartografía. Dicha “actitud” se manifiesta en un
cuadro de la época que muestra a un Carlos III niño estudiando
botánica y sosteniendo con delicadeza una flor. La ampliación
del conocimiento consolidaría la posesión física y
política de los territorios del inmenso Imperio español.
Alejandro Malaspina fue el primer navegante en organizar una expedición
bajo esta renovada versión de “el conocimiento es poder”.
Génesis del hombre y de la idea
Nació el 5 de diciembre de 1754 en Parma, el pueblo italiano
de Mulazzo. En 1774, fue cadete de la Escuela de Guardia Marinas
de Cádiz. Participó en combates navales donde
supo cincelar un valor incuestionable. Entre 1777 a 1779 da
la vuelta al mundo en la fragata Astrea. Entre 1776 y 1788 capitanea
esa misma embarcación y brota en su mente la idea de
una prolongada y amplia expedición científica.
En 1778, Carlos III lo asciende a Capitán de navío.
Sus méritos son reconocidos. No sólo es un guerrero
valeroso y un hábil artesano del mar, sino que sus modales
y cultura general lo hacen asiduo a la presencia de las almas
refinadas.
Malaspina propone entonces al rey una expedición científica
alrededor del mundo, y Carlos la acepta encantado. El objetivo
del viaje era múltiple:
· Relevar información científica, geográfica
e histórica sobre las tierras a visitar.
· Inventariar todas las curiosidades que pudieran hallarse, desde
especies naturales hasta objetos nacidos del ingenio humano (las muestras
que sobrevivieron el viaje de vuelta fueron alojados en el Gabinete Real
y en el Jardín Botánico de Madrid).
· Confeccionar cartas y derroteros de América.
· Observar la situación política de los virreinatos
americanos.
Se construyeron para esta expedición dos corbetas de última
generación: la Descubierta y la Atrevida. Comandadas
por Malaspina y José de Bustamante y Guerra respectivamente,
poseían 33,5 metros de eslora y desplazaban 306 toneladas.
Ambas servirán como hogar flotante, durante cinco años,
a las más de 200 barbas de la tripulación.
Muchos de los oficiales, luego de concluida la expedición,
lograron destacadas posiciones políticas y con ellas
un boleto para la posteridad. El capitán de fragata José Bustamante
y Guerra, por ejemplo, fue gobernador político y militar
de Montevideo en 1796, y en 1809 recibió la presidencia
de la Real Audiencia de Charcas. Juan Gutiérrez de la
Concha combatirá con valor durante las invasiones inglesas
de Buenos Aires para luego ocupar el cargo de último
gobernador intendente de Córdoba. Fue fusilado en 1810,
junto con Santiago de Liniers.
Al selecto personal militar, se unió el profesor de pintura
José del Pozo, el pintor José Guío, el
botánico Luis Née, Antonio Pineda quien ofició de "encargado
de los ramos de la Historia Natural". Luego, en Valparaíso,
se sumará el célebre naturalista Tadeo Haenke.
A pesar de su apasionamiento por el sesgo científico
de la empresa, Malaspina no desatiende el beneficio económico.
Así, en una carta al teniente general de la Armada, Antonio
Ulloa, destaca la importancia de atender a "la abundancia
de cetáceos en la costa patagónica, cuya pesca
y exclusivo beneficio pudieran ser de mucha utilidad a la monarquía".
También manifiesta interés por el estudio de los
patagones y sus costumbres, pero sin liberarse de la ceguera à la
mode de sus contemporáneos respecto de la condición
del indio.
Luego de intensa preparación, la expedición zarpó poco
días después de la toma de la Bastilla. El 30 de julio de
1789 la Descubierta y la Atrevida ocultaron su silueta a los mirones de
Cádiz. Su primer destino fue el Río de la Plata. Tras 51
días de navegación, las naves arribaron a Montevideo. Al
desembarcar, los miembros de la expedición iniciaron un proceso
luego repetido en cada nueva escala del viaje: el inmediato establecimiento
de contactos con las autoridades locales y eventuales científicos
para consumar las tareas de investigación. Al llegar a Buenos Aires
instalaron un observatorio astronómico. En el Río de la Plata,
Pineda logró colectar numeroso material botánico y zoológico;
estudió a las garzas, chorlitos, patos, cigüeñas, caranchos,
gaviotas, lechuzas, búhos y buitres de la zona. También encontró restos
fósiles los cuales fueron enviados al Colegio de Cirujanos de Madrid
donde se advirtieron semejanzas con los encontrados en 1787 por el padre
Manuel Torres y que el naturalista Cuvier denominó megaterio (animal
grande). Née herboriza con fruición y recolecta numerosas
semillas de los alrededores de Buenos Aires.
Gigante Patagonia
Luego la expedición continuó la navegación
hacia el sur, hacia tierras patagónicas. El 2 de diciembre
arribaron a Puerto Deseado. Allí, se produjo el encuentro
con los patagones. Sobre un alto de la costa, y a la vista de
toda la tripulación, se recortaba la silueta de un patagón
a caballo. Pineda y otros tres tripulantes se dirigieron a tierra.
Llevaban consigo numerosas bagatelas para obsequiar a los viejos
habitantes de la estepa patagónica.
En su diario de abordo, Malaspina recrea el encuentro de la
siguiente manera: “...fueron poco a poco aproximándose
todos a caballo, y últimamente enviaron en busca de las
mujeres, que no tardaron en reunirse y echar pie a tierra. Se
componía entonces la tribu de unas 40 personas, de las
cuales eran 10 las mujeres y 12 los niños, entre ellos
tres o cuatro aun de pecho; dos mujeres solas eran ancianas,
y a pesar de esto sumamente ágiles. Entre el restante
número de hombres, el cacique y otro eran ancianos, y
habría otros cinco cuyos años podían más
bien responder a la pubertad que a la virilidad. En general,
eran todos (incluso mujeres y niños) de una cuadratura
agigantada, la talla era inferior a aquella proporción,
pero naturalmente alta. El cacique Junchar, medido escrupulosamente
por don Antonio Pineda, tenía de alto seis pies y diez
pulgadas de Burgos. La anchura de hombro a hombro era de 22
pulgadas y 10 líneas".
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Un pie de Burgos equivale
a casi 30 cm, por lo que Junchar exhibía una altura aproximada
de 1,91 cm. y un ancho de hombros de 70 cm. El nativo era alto
y corpulento, pero no un "gigante patagón" como
los referidos por Antonio Pigafetta en su narración del
viaje de Magallanes y Elcano.
Mediante sus hábiles trazos, José del Pozo inmortaliza
una panorámica del Puerto Deseado, la primera representación
en colores de un lugar del territorio argentino.
Malvinas, Hornos, Valparaíso
Tras la conclusión de las tareas la expedición
partió el 13 de diciembre hacia las Islas Malvinas. Luego
del arribo a Puerto Egmont, se realizaron las habituales observaciones
geográficas y de ciencias naturales. Entre otras maravillas,
se encontró un apio silvestre muy eficaz como antiescorbútico
y Pineda descubrió que las costas de las islas albergan
extensos criaderos de moluscos de los mejillones y almejas,
lo que motivaba a una población de aves marinas (como
patos, pingüinos, albatros, petreles y cormoranes).
Malaspina asegura: "…ni es menos entretenida la
vista del mar, en donde los peces, los anfibios y a veces las
mismas ballenas, ignorantes de su propio poder y del genio destructivo
del hombre, se presentan casi con emulación para saludarnos
y no imaginan jamás que esto baste para ser destruidas".
En el día de nochebuena, la expedición puso proa
al Cabo de Hornos. Navegaron la costa este de la Isla Grande
de Tierra del Fuego. Advierten lo fértil de las tierras
y la numerosa población de aves y leones marinos. Además
comprueban la notable exactitud de los mapas que el Capitán
James Cook ha trazado de aquella zona 20 años atrás
y visitan la Isla de los Estados donde asoman elefantes y lobos
marinos (de uno y dos pelos), cormoranes y varias clases de
pingüinos.
El paso siguiente será retomar la dirección sur
y enfrentarse al fatídico Cabo de Hornos. La navegación
fue tranquila y exitosa. Aún así, Malaspina observa: "La
situación del navegante en aquellas regiones tan distantes
de las que lo vieron nacer es, sin duda alguna, de las más
extraordinarias que puedan acontecerle. La incertidumbre le
rodea a cada instante; una mirada hacia las costas más
cercanas le recuerda, en una complicada perspectiva, el naufragio,
el frío, el hambre y la soledad".
Luego de fiordos, desolación y las pieles yermas del
sur chileno, nuestros amigos arriban a la ciudad puerto de Valparaíso.
Allí se incorpora a la pandilla naturalista el checo
Tadeo Haenke.
En un marcado rumbo norte y siguiendo la costa pacífica
de estas prolíficas tierras americanas, el orgullo compartido
de la Descubierta y la Atrevida flameaba exultante ante la mirada
alegre de los puertos de Callao, Guayaquil y Acapulco. Luego
de dos meses de reparaciones y aprovisionamiento en el puerto
mexicano, las proas se enfilaron hacia el Pacífico Oeste,
el 20 de diciembre de 1792.
Poli la nesia y un giro de 180
Luego de 55 días de navegación, los exploradores
acariciaban las verdes cabelleras de selva y las rocas de la
isla de Guam. Poco después visitaron Manila, en Filipinas.
Tras recorrer Nueva Zelanda y Nueva Holanda (hoy Australia),
los navegantes se metieron en las aguas francas de la Polinesia.
En este paraíso aún virgen decidieron dar media
vuelta y, en vez de completar la circunnavegación por
el Cabo de Buena Esperanza, regresaron a la Patagonia, con escala
en las Islas Malvinas. Algunos tripulantes siguieron su viaje
por tierra para conocer la realidad interior del Virreinato
del Río de la Plata. Luis Née viajó desde
Concepción del Chile hasta Buenos Aires. En el viaje,
conoció a los Pehuenches y nunca dejó de herborizar
y de consumar nuevos estudios botánicos. Tadeo Haenke
también se montó una nueva exploración
terrestre que lo llevó hasta la inhóspita Bolivia,
allí se queda y una fría tarde de 1816.
En las Islas Malvinas, Malaspina se dedica a desalojar a cazadores
de lobos marinos ingleses. También descubre a loberos
norteamericanos que, según las crónicas, en dos
años ultimaron más de 20.000 ejemplares. Esta “echada
a patadas” no es resistida, lo que demuestra que en aquel
entonces se aceptaba la soberanía española sobre
las islas en cuestión.
Más tarde se dirigen a Montevideo. Ya en la ciudad Malaspina
juzga que los objetivos esenciales de la expedición están
cumplidos. Parten de Montevideo el 21 de junio y arriban a Cádiz
en la primavera de 1794. ¡La expedición regresaba
después de cinco años de exploración!
Proscrito, olvidado
y por fin desenterrado
Las colecciones botánicas de Pineda, Née y Haenke
son las más completas de la época. Consisten en
el inventario de alrededor de 14.000 plantas. Se realizan también
estudios anatómicos y fisiológicos de más
500 especies de América, Asia, y Oceanía. Botánica
y zoología precisan del lápiz y pincel para dar
testimonio del carácter y aspecto de las especies estudiadas.
La expedición consuma 900 ilustraciones en las que bullen
los pobladores, plantas, animales, paisajes y ciudades de las
regiones visitadas. Además, se confeccionan 17 cartas
y planos que mejoran el conocimiento del litoral atlántico.
La popularidad de Malaspina se amplifica exponencialmente. En
la corte, algunos suponen que el culto y exitoso marino quizá sea
el más idóneo para conducir el timón de
la política española. En ese momento el hombre
más influyente en la corte es Manuel de Godoy. Godoy
sabe que la fuerza en un contexto monárquico deriva de
la habilidad para manipular el favor real, así que convence
al rey Carlos IV de que el marino alienta ideas demasiado progresistas
y liberales, las cuales promoverían una conspiración
contra la Corona. Malaspina es así encarcelado el 23
de noviembre de 1795 en el cuartel de la Guardia de Corps, y
luego lo trasladan al Castillo de San Anton, en la Coruña.
Lo destituyen de todos sus grados, empleos y propiedades, prohíben
la publicación de sus memorias y así su nombre
queda injustamente proscrito y toda su obra es olvidada.
Tras de 7 años de cautiverio es liberado por mediación
del vicepresidente de la República italiana. El gran
hombre de mar y explorador regresa entonces a su tierra natal
donde muere en 1810.
Recién en 1885, casi un siglo después, el contralmirante
de la Armada española, Pedro Novo y Colson, publica Viaje
de las corbetas Descubierta y Atrevida alrededor del mundo. Comienza
así la divulgación de la expedición Malaspina,
una tardía pero merecida reivindicación de aquel
gran hombre y su apasionamiento por la exploración y el
conocimiento.
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