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PESCANDO HISTORIAS
Lisas sin salida

Mar del Plata… verano del ’80: el programa siempre fue levantarse a las 7 y a las 8 partir al mar adonde nos permitiera el tiempo y según lo que quisiéramos pescar ese día. Así era, ¿pero qué pasaba cuando no podíamos salir de las escolleras? Si había sol, un rato tomar sol en el club, no mucho porque ya tenía color africano, casi. Así que un día un viejo pescador estaba sentado pacientemente horas y horas en la laguna donde hoy están los tres clubes, el Argentino, el Náutico y el Motonáutico. Sentado miraba atentamente el movimiento del agua, me acerqué y le pregunté qué pescaba. “lisas”, me contestó, “ son muy difíciles de pescar porque no pican, las muy pícaras”. “¿Puedo pescar con usted?” “Venga m’hija, póngase a mi lado que le voy a enseñar, tráigase una cañita liviana y ármese de paciencia”. Así lo hice. Me llevé una Shakespeare con un reel frontal para pejerrey y me instalé a intentar sacar alguna lisa. Armé una línea de varios anzuelos muy pequeños con los chicotes muy cortitos y con una plomada muy pequeñita, sólo para lanzar cortito, porque estábamos pescando en los lagunones que quedaban entre los barcos o lanchas. De repente sacó un pedazo de hígado y lo empezó a cortar en tiritas muy finitas y larguitas, encarnando por la punta y dejando que colgaran la mayor parte, para que flotaran en el agua. También tenía un manojo de cintitas coloradas, las que también pinchaba como si fueran carnada. Después de preparada toda la operación encarne y demás vituallas, nos dispusimos al intento. Las lisas pasaban tocando la línea sin demostrar el menor interés de morder el banquete que les habíamos preparado: era para volverse loco, saltaban, lomeaban, se veían por todos lados los bulos que dejaban al moverse... y nada.

 


 

Realmente ésta era la pesca de más paciencia que tuve en mi vida porque no picaban. Fueron varios días que duró el temporal, el tiempo también tenía que ver: si la presión, si el frío, si el viento, si el agua se movía demasiado, o no; en fin, fueron los bichos mas mañeros que me tocó pescar, hasta que un día no se porqué, de repente picó una y se me fue… al rato picó otra y esa sí que valía la pena: peleaba y saltaba como una trucha, salvando la diferencia. Ese fin de semana saqué las que ven en la foto: hermosas. Las saqué porque las pensaba comer en casa: error. Tenían tanto gusto a petróleo que eran incomibles. Así que después, con los años, se transformó en el pasatiempo de muchos pescadores, que para despuntar el vicio nos dedicábamos a sacar y devolverlas al agua, cuando el mar nos decía: “No, no pueden salir...”


 

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