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La
vieja historia, la nueva ciencia
Como en muchas de las revoluciones
arqueológicas actualmente
en curso, la nueva visión de la prehistoria cercana
al polo norte se está modificando a medida que pequeños
pero significativos descubrimientos permiten a los
investigadores construir un modelo distinto de la
actividad humana en aquellos lugares y tiempos remotos.
Tres fuerzas primordiales están cambiando
el antiguo modelo. Primero, la idea que tenemos sobre
el clima y los ecosistemas dominantes durante y después
de la última glaciación. Segundo, la
importancia que han cobrado las migraciones marítimas
en el desarrollo y expansión de las culturas
que habitaron alguna vez estas lejanas y frías
tierras del norte planetario. Y tercero, una manera
de hacer ciencia más humanitaria, mucho más
respetuosa de los orígenes y destinos de aquellos
que son sus “sujetos” de estudio; una
ciencia que trabaja codo a codo con la dignidad,
las creencias y los conocimientos concretos de los
pueblos nativos que aún hoy habitan en la
zona.
La revolución marítima
La arqueología ha sido tradicionalmente una
disciplina “terrestre” ya que nació de
la geología clásica y fue bautizada
bajo la entonces nueva concepción de estratificación
histórica (la Historia estudiada y entendida
a través del descubrimiento y la observación
de las capas sepultadas, una debajo de la otra,
de antiguos asentamientos humanos). Aquella idea
fue confirmada tras décadas de un estilo de
investigación que enfatizaba la importancia
de las tribus agrarias cronológicamente sepultadas
en los áridos desiertos del Medio Oriente,
la fuente bíblica de la civilización
humana.
Dichos estratos divinamente preservados los cuales
progresaban hacia arriba desde las más profundas
y primitivas manifestaciones de vida humana, se convirtieron
en los sólidos niveles de un modelo evolutivo
para el desarrollo de nuestra especie. La arqueología,
con su natural apego a todo aquello que pudiera ser
encontrado debajo de la tierra, hizo de la revolución
agrícola la influencia civilizadora fundamental
debido -en definitiva- a que sus efectos (o sus restos)
están al alcance de su discernimiento.
En muchas partes del mundo el nivel del agua luego
de la última glaciación aumentó y
erosionó los asentamientos primigenios que
podrían haber documentado otra gran revolución:
la revolución marítima. Debido a que
la conquista de los mares sucedió hace tanto
tiempo y tan poca evidencia permanece intacta en
las abrasivas costas del planeta, los especialistas
han sido históricamente renuentes a aceptar
la importancia que merece esta primera y fundamental
revolución civilizadora.
Si lo pensamos un poco, en su propio tiempo y escala
las primeras adaptaciones humanas a la vida en los
océanos equivalen a nuestras actuales adaptaciones
a la vida en el espacio. Así como nosotros
nos estamos lenta pero decididamente acostumbrando
a la dimensión espacial, nuestros ancestros
descubrieron la habilidad de poder liberarse de terra
firma y flotar en esa nueva dimensión que
los alejaba de sus antiguas limitaciones. Así como
nuestro “sentido” de la tierra cambió para
siempre cuando apareció por primera vez frente
a nosotros la imagen de la “perla azul” flotando
en el vacío, uno de los resultados de las
primeras adaptaciones marítimas bien pudo
haber sido el desarrollo gradual de un nuevo “sentido” que
se le dio a esa tierra que se alejaba hasta desaparecer
en la línea del horizonte.
La humanidad probablemente ha desarrollado tecnologías
marítimas –y sus correspondientes estilos
de vida- en diferentes locaciones independientes
en el tiempo y el espacio, y dilucidar cuál
ha sido el primero de estos casos se hace imposible
con la información actualmente disponible.
En el caso del Atlántico Norte, los humanos
se acercaron a estas tierras durante los derretimientos
de la última glaciación allá entre
los 13 mil y 10 mil años a.c. Los científicos
están recién empezando a comprender
el mecanismo de estas primeras migraciones y con
el tiempo ha emergido el concepto de “La medialuna
del Atlántico Norte” (North Atlantic
Crescent en inglés).
La medialuna del Atlántico Norte
La Organización Bio-Cultural del Atlántico
Norte fue recientemente formada por científicos
de ambos lados del océano para investigar
en conjunto aquellas culturas americanas y euroasiáticas
que compartieran adaptaciones similares a la vida
en las costas del norte. Por primera vez, el entorno
marino está siendo estudiado como una fuerza
dominante en la formación tanto del mundo
antiguo como del moderno y las aguas del Atlántico
Norte forman un contexto unificado ideal para este
tipo de enfoque.
Con el pensamiento de los investigadores virado hacia
estos nuevos rumbos, era sólo cuestión
de tiempo antes que el Centro de Estudios de los
Primeros Americanos de la Universidad Estatal de
Oregon lanzara una serie de exámenes comparativos
de ADN de antiguos pobladores hallados en ambos lados
del Atlántico. Aunque en la actualidad nos
parezca absurdo, aún no se ha hecho ningún
estudio comparativo de, por ejemplo, el esqueleto
encontrado en L´Anse Amour, Labrador (considerado
el entierro ceremonial más antiguo de América
del Norte) con alguno de los tantos ejemplares eurasiáticos
como puede ser el famoso hombre del período
megalítico hallado en Teviac, en la costa
del norte de Francia. Ambos sujetos datan, según
el carbono 14 (técnica utilizada para delimitar
la “edad” de cualquier objeto orgánico
o inorgánico) de hace más de 7000 años,
y no se separan más de 2 ó 3 siglos
el uno del otro.
Este es un giro radical en la manera de encarar el
abordaje arqueológico y dados los largos años
de controversia contraproducente sobre la idea -teñida
de un racismo implícito- acerca de la difusión
del hombre en América, sería tentador
pensar que una comparación de este tipo daría
resultados concluyentes. Sin embargo, las respuestas
seguramente seguirán latentes especialmente
por ser ésta una pregunta de naturaleza emocional,
una pregunta que demanda saber acerca de los orígenes
de la cultura humana. A pesar de la importancia que
se le da a las evidencias científicas en el
mundo moderno, las personas siguen necesitando que
los “hechos” encajen en una historia,
un mito personal de nuestro origen que involucre
la presencia de lo desconocido.
En el pasado, las personas consultaban a sus shamanes
acerca de sus orígenes y éste, equipado
con una serie de relatos legendarios aprendidos de
memoria, respondía y sus palabras eran consideradas
la pura verdad. Más tarde, los clérigos
reemplazaron la tradición oral de los shamanes
con una nueva tecnología: la palabra escrita.
A su vez, el clero ha sido gradualmente reemplazado
por los arqueólogos y las voces bíblicas
por las mediciones de la ciencia. Pero a medida que
el concepto de “evolución social progresiva” está siendo
hoy cada vez más profusamente cuestionado,
parece sano y sabio volver la mirada al pasado y
buscar una mayor comprensión y respeto por
los mecanismos explicativos de las culturas ancestrales.
Afortunadamente, la historia nos enseña que
los mitos no son estáticos, por lo que la
ciencia –el mito de nuestra era- deberá seguir
imitando a sus “mayores” y nunca dejar
de investigar y refrasear sus conclusiones.
Hace tan sólo un par de décadas que
los especialistas han reconocido lo avanzadas que
eran las habilidades marítimas de las primeras
culturas del norte europeo. Y los recientes y sorprendentes
descubrimientos sobre legendarias poblaciones de
navegantes han expandido los estudios sobre dichas
culturas en ambos lados del gran “charco”.
Ningún científico se esperaba encontrar
con un pueblo de nativos americanos, hoy denominados “marítimos
arcaicos”, adaptados a la vida en los océanos
hace más de 8000 años atrás.
Y éste es un claro ejemplo de cómo
es posible romper hasta los esquemas históricos
más cristalizados.
Poblando un nuevo mundo
Según el nuevo modelo climático de
la última glaciación, en una época
donde el Puente de Beringia -que conectaba Norteamérica
con Asia- no era otra cosa que un enorme y yermo
desierto congelado, en la cara sur del mismo se desarrolló una
red de placas heladas que formaban un increíble
archipiélago el cual también conectaba
ambos continentes. Dicho archipiélago sí se
encontraba plagado de vida animal y las aguas circundantes
rebosaban de peces, por lo que la zona era ideal
para la obtención de las proteínas
que cualquier aventurero pudiera necesitar. Según
este mismo modelo climático, los humanos de
la zona se adaptaron a la vida en lo océanos
hace por lo menos 15000 años, y para los 7000
antes de Cristo ya manejaban el arpón y se
los podía encontrar cazando en Alaska y las
costas de Canadá. Esto demuestra una adaptación
más compleja y dinámica al entorno
con respecto al modelo anterior, basado en las migraciones
por tierra. El agua, parece muy claro ahora, servía
más como conexión que como barrera.
Y no estamos hablando de conexión unidireccional;
los últimos estudios genéticos de nativos
siberianos y norteamericanos indican que las migraciones
pueden haber ocurrido hacia ambos del archipiélago.
Una nueva forma de trabajar La región circumpolar
del norte es una de las más ricas actualmente
en información emergente. Un buen ejemplo
de esto es el hombre de “Kennewick”,
denominación que se le ha dado a un sujeto
encontrado en el río Columbia, en Kennewick,
Washington, Estados Unidos. Dicho sujeto data de
hace 9300 años y posee una contextura racial
(al parecer caucásica) muy diferente a la
de la población nativa de aquella zona. Los
modelos climáticos de la última era
glacial y post glacial también están
cambiando y generan nuevos interrogantes. La data
se acumula y no encaja en ninguna estructura preestablecida,
mucho menos cuando pensamos en las teorías
de los orígenes del hombre en América
planteadas bajo la mirada victoriana y prejuiciosa
de los científicos del siglo XIX, teorías
que se han arrastrado con bastante éxito hasta
nuestros días.
Desde el ocaso de la Guerra Fría, el Centro
de Estudios Árticos del Smithsonian ha sido
pionero en la organización de alianzas científicas
multinacionales. Junto con expertos rusos y algunas
de las comunidades nativas de Alaska y Siberia, han
abierto, por primera vez en más de cien años,
una nueva era en la forma de encarar el estudio arqueológico
de la zona.
América Nativa y la Gaya Ciencia, del mismo
lado
Si uno le pregunta a un Tlingit tradicional de dónde
viene su pueblo, probablemente responda que de los
Halibut, un tipo de pez oriundo de su territorio. ¿Es
acaso el Halibut una criatura mística o será que
los Tlingit estuvieron alguna vez estrechamente conectados
con los patrones ecológicos de este escamoso
animal? Como era de esperarse, muchos de los nativos
americanos no se suscriben a las teorías científicas
clásicas acerca de los orígenes de
sus pueblos por ser éstas arbitrarias y prejuiciosas,
pero la actitud en ambos “bandos” está evolucionando
hacia el ejercicio de la escucha mutua y una constructiva
cooperación. Los científicos han entrado
en una nueva fase de reinterpretación que
probablemente sorprenderá a más
de uno.
Recientemente se han dado una serie de descubrimientos
fortuitos y accidentales en distintos puntos del
planeta: ancestros humanos en extraordinarios estados
de preservación. Un hombre de hace 5000 años
congelado en los Alpes, una niña de hace 800
años en Alaska, una mujer joven perteneciente
a la elite de los Incas sacrificada en las laderas
de los Andes. Las reacciones de estos descubrimientos
han oscilado entre la cobertura mediática
desvergonzadamente superficial y la investigación
cuidadosamente guiada por los valores espirituales
de las comunidades nativas locales. La maravillosa
coincidencia radica en que estos hallazgos se han
efectuado en una época donde la ciencia ha
alcanzado un nivel impensado en los conocimientos
de la genética humana. ¿Qué es
lo que el ADN nos puede revelar? ¿Cómo
están estos “ancestros” relacionados
con los hombres de hoy? ¿Acaso sus huesos
nos pertenecen a todos? La mayoría de ellos
han sido sujetos a una técnica muy especial
que forma parte de la tradición nativa: la
momificación. Las momias son personas que
han sido elegidas en su momento para que sus restos
sean preservados en el tiempo. Muchas de las generaciones
siguientes retornan a estos “símbolos” para
mostrarles respeto, obtener iluminación espiritual
y aprender acerca de sus orígenes. Dicha expresión
del deseo de mantener intacto el pasado para poder
así instruir al futuro ha sido por mucho tiempo
parte de la perspectiva religiosa nativa, y lo mismo
podemos decir ahora acerca de la intención
de recuperar algunos de los “secretos” de
las momias por medio del estudio de su ADN. Esto
lo están empezando a comprender los pueblos
locales y a cambio de permitirles a los especialistas
hacer su trabajo, están viendo satisfechas
sus demandas de un trato más respetuoso para
con estas figuras místicas que son parte de
su legado.
Fuente principal:
paper publicado por T.W. Timreck
y William Goetzmann.
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