Los
grandes exploradores del antiguo Islam
Mucho antes de
que los pueblos de Europa occidental entraran en contacto
-a partir del siglo XVI- con tierras y civilizaciones
desconocidas para ellos, otra de las culturas del viejo mundo, la musulmana,
hacía rato ya que se venía empapando en el arte de los descubrimientos.
Desde la primera mitad del siglo IX y tras caer en desuso en la Europa
medieval, el astrolabio –originalmente un invento griego- volvió a
ser usado por los astrónomos árabes reunidos por el califa
al Ma’amûn en la “Casa de la Sabiduría” (Bait
al Hikmah) de Bagdad para, entre otras cosas, orientarse en sus viajes
marítimos.
Otro tanto sucedió con la brújula, cuya invención
se atribuye a los chinos. En las crónicas árabes, la misma
aparece mencionada por primera vez en el año 1220, aunque probablemente
ya fuera utilizada por los árabes desde mucho antes, siendo ellos
quienes -con toda seguridad- la introdujeron en Europa donde pronto fue
empleada por los vikingos. También a partir del siglo IX, la civilización
musulmana comenzó a afirmar con insistencia la esfericidad de la
tierra, sin que esta circunstancia plantease ningún problema teológico
para las autoridades religiosas del Islam medieval. El astrónomo
de origen persa Abu l Abbas al Fargani (813-882) -conocido en el mundo
latino como Alfraganus- estableció en su “Libro de la ciencia
de las estrellas y movimientos celestes” que la longitud del perímetro
terrestre en el ecuador es de 20.400 millas árabes (es decir, unos
40.260 km) cifra asombrosamente cercana a su valor correcto (40.075 km).
Nacido en Ceuta en 1099 y muerto probablemente en Sicilia en 1165, Abu
Abdullah Muhammad al Idrisi es considerado como el más importante
cartógrafo de la Edad Media. En 1154 confeccionó un famoso
mapamundi incluido en su libro titulado con el sugerente nombre de Nuzhat
al Mushtak fi Ijtirak al Afak (“Pasatiempo de quien está poseído
por el deseo de abrir horizontes”). A pesar de los limitados medios
de la época, esta obra constituye sin duda el nacimiento de la cartografía
moderna, pues presenta la novedad de ser el primer mapa donde se abandona
la tradicional utilización de formas geométricas basadas
en los mapas de Ptolomeo y, por primera vez, se representan fielmente las
costas, las islas, los cursos de agua, las montañas e incluso la
localización de las grandes poblaciones.
Comercio y viajes de exploración
Desde comienzos de la Edad Media, los territorios centrales
del Islam estuvieron atravesados por las rutas del comercio
internacional, en especial, la llamada “Ruta de la Seda”,
que conectaba Europa del este con Oriente Próximo y
el Extremo Oriente a través de una red de rutas caravaneras
que transitaban toda Asia. La otra gran ruta comercial conectaba,
mediante una red de caminos que atravesaban todo el desierto
del Sahara, las más importantes ciudades del norte de África
(como Fez, Túnez o El Cairo) con los grandes imperios
musulmanes del África subsahariana. De este modo, el
Islam se expandió regularmente a lo largo de esas arterias
comerciales, penetrado en los corazones de Asia y África.
El desarrollo de los estudios astronómicos, cartográficos
y geográficos en el mundo islámico, combinado
con la mejora de las técnicas de navegación, permitieron
a las flotas musulmanas –como la aglabí, la fatimí,
la meriní, la berberisca o la otomana– controlar,
casi en su totalidad, las grandes rutas marítimas en
el Mar Mediterráneo desde el siglo VIII hasta mediados
del XVII. Pero no sólo el Mare Nostrum de los romanos
se convirtió en un Mare de los Islamicum, sino que navegantes,
viajeros y comerciantes musulmanes (árabes, persas o
negros) del Asia occidental y del África oriental se
adueñaron también del Océano Índico.
Desde mediados del siglo IX, comerciantes árabes y persas
viajaron con regularidad hasta sus factorías en las costas
de Java, Sumatra o China gracias a su capacidad de dominar los
vientos monzónicos mediante el empleo de grandes embarcaciones
con el velamen triangular e ideadas para poder navegar incluso
contra el viento, muchos años antes de que esta técnica
se desarrollara en aguas del Océano Atlántico.
Fruto de esta actividad viajera se desarrolló un género
literario específico, de modo que llegaron a escribirse
todo tipo de tratados, entre los que destaca el de Ahmad ibn
Mayid hacia 1450, una guía náutica del mar
Rojo y del Océano Indico que sirvió de referencia
y modelo durante los siguientes siglos. En otras ocasiones se
trataba de simples cuentos populares repletos de fantasía –como
el famoso relato de “Simbad el marino”, narrado
en Las mil y una noches– aunque también abundaron
las precisas descripciones de las tierras y de las gentes con
las que se entraba en contacto.
En busca de aventuras
Son numerosos los viajeros musulmanes que encarnan el arquetipo
del espíritu aventurero de la época. El primero
de ellos, Abu l Hassan Ali ibn al Hussain al Masudi (“Abu” para
los amigos) representa uno de los autores culminantes de la
llamada literatura de viajes. Nacido en el año 871 en
Bagdad y muerto 86 abriles más tarde en El Cairo, no
sólo fue un infatigable viajero que recorrió buena
parte de Oriente -India, China y Sri Lanka, al Andalus (sur
de España) y las costas de África oriental- sino
que además estudió diversas disciplinas como
cosmología, historia y geografía, culminando
sus trabajos con el libro titulado Muruj adh dhahab wa maadin
al jawhar (“Los prados de oro y las canteras de joyas”),
obra enciclopédica de treinta volúmenes donde
refleja las observaciones y los estudios realizados durante
sus viajes. Por cierto, que bellos títulos ponía
esta gente a sus obras. El segundo de estos grandes viajeros
musulmanes es Abu Hamid al Garnati (1080 -1169). Como indica
su apodo al Garnati, nació en Granada, y recorrió el
norte de África, Siria, Iraq, Persia, Rusia y Transoxiana
(región histórica del Turkestán -en Asia
Central- situada entre el Mar de Aral y la meseta del Pamir,
actualmente repartida entre los países de Uzbekistán,
Kazajistán, Turkmenistán y Tayikistán;
su nombre significa "más allá del río
Oxus"). Su crónica de viajes, titulada Tuhfat al
albab (“Regalo de los corazones”), es la principal
representante de la cosmografía popular de la época.
Ibn Battuta
Probablemente, el más conocido de todos los viajeros
musulmanes de la Edad Media sea Shamsuddin abu Abdullah Muhammad
ibn Ibrahim al Luwati at Tanyi, más conocido como Ibn
Battuta. Nacido en Tánger (como bien indica su gentilicio
at tanyi) en 1304, emprendió su primer viaje en junio
de 1325 con intención de realizar la peregrinación
a La Meca. Llegó a la ciudad santa tras recorrer todo
el norte de África, Palestina y Siria, y de ahí volvió a
ponerse en marcha recorriendo Iraq y buena parte de Persia (en
concreto, Kurdistán, al noroeste del país y Fars,
al sur). Regresó a La Meca y residió en ella por
espacio de tres años, para visitar luego el sur de la
Península Arábiga, regresar a La Meca, emprender
un nuevo viaje a Egipto y Siria, y de allí a la península
de Anatolia, el sur de Rusia y finalmente Constantinopla, que
por aquella época era la capital del Imperio Bizantino.
Tras una estancia en aquella ciudad, recorre los territorios
de la Horda de Oro (estado mongol que abarcó parte de
las actuales Rusia, Ucrania y Kazajistán tras la ruptura
del Imperio Mongol a mediados del siglo XI) dirigiéndose
luego hacia el este hasta llegar al valle del Indo en septiembre
de 1333. Residió durante diez años en la India
y en las islas Maldivas y luego siguió viaje a oriente,
hasta llegar a Ceilán, Bengala y China.
Hacia 1347 emprendió el camino de regreso y llegó a
Fez en noviembre de 1349, veinticuatro años después
de abandonar su ciudad de origen, donde se establecería
unos pocos años antes de comenzar su segundo viaje, en
esta ocasión por al Ándalus y el África
occidental, hasta la curva del río Níger.
Una vez de vuelta a Marruecos, Ibn Battuta escribió un
pormenorizado relato de sus viajes. Prácticamente todo
lo que sabemos sobre su vida procede de esta obra, la cual,
a pesar de mostrar en ocasiones ciertos prejuicios hacia los
habitantes de las tierras visitadas, podemos considerarlo como
el retrato más fiel hecho hasta ese momento de los países
y pueblos visitados por el autor.
Tras la publicación de su Rihla o libro de viajes, se
conoce poco de la vida de Ibn Battuta. Tan solo sabemos que
podría haber sido nombrado qadi (juez) en Marruecos y
que allí murió en algún momento entre 1368
y 1377. Durante siglos su libro fue desconocido, incluso dentro
del mundo musulmán, pero en el siglo XIX fue redescubierto
y traducido a varios idiomas europeos. Desde entonces Ibn Battuta
ha aumentado su fama y es ahora una figura bien conocida en
todo el mundo, llegando a ser recordado en algunos círculos
occidentales como “el Marco Polo del mundo árabe”.
Juan Leon El Africano
El último de los grandes aventureros musulmanes del período
medieval es Hasan ibn Muhammad al-Wazzan al-Fasi, más
conocido en occidente por el nombre cristiano de “Juan
León el Africano”. Aunque nacido en el reino nazarí de
Granada en el año 1488, en las postrimerías de
la Edad Media, su figura todavía representa el viejo
espíritu de aventura que animó a los viajeros
y exploradores musulmanes del medioevo.
Hasan abandonó Granada en su infancia, cuando la ciudad
cayó en poder de los Reyes Católicos en 1492,
y se estableció con su familia en la ciudad marroquí de
Fez. Allí recibió una esmerada educación,
llegando a estudiar jurisprudencia islámica en la Universidad
de al Qarawiyyîn, aunque pronto abandonó todo para
acompañar a su tío en un viaje diplomático
hacia Kano, Tombuctú y otras ciudades del África
occidental subsahariana. Pocos años más tarde,
Hasan había cruzado ya varias veces el Mar Mediterráneo,
visitando Constantinopla, Egipto y probablemente también
Arabia. A los veinticinco años, mientras viajaba una
vez más por dichas aguas, un grupo de piratas cristianos
lo capturó cerca de la isla de Creta. Reconociendo su
inteligencia y sabiduría, en vez de venderlo como esclavo,
lo entregaron al Papa León X quien, en 1520, dado el
respeto que le profesaba, lo liberó y lo bautizó con
su propio nombre, Giovanni Leone di Medici, aunque pronto se
le conocería como Leone il africano.
El Papa le solicitó que escribiera una obra en la que
recopilara todos los conocimientos adquiridos durante sus viajes
por África. Así, Juan León compuso, en
lengua italiana, su obra más importante, la cual llevó como
título Della descrittione dell'Africa et delle cose notabli
che ivi sono (“Descripción de África y de
las cosas notables que allí hay”). Tan importante
fue este texto de Hasan ibn Muhammad, que durante mucho tiempo
no existió otra obra en occidente donde se hablara de
Sudán. Fallecido León X en 1521, Hasan se trasladó a
Boloña, visitó otras ciudades italianas como Florencia
o Nápoles, y todavía tuvo tiempo de redactar otros
libros como una traducción al árabe de las Cartas
de San Pablo, las biografías de treinta personajes árabes
ilustres (de los cuales veinticinco son musulmanes y cinco judíos),
o un diccionario trilingüe árabe-latín-hebreo. Los últimos
años de su vida transcurrieron en Túnez, donde
se convirtió de nuevo al Islam y falleció en torno
a 1554.
Durante todo el medioevo, los pueblos afroasiáticos exploraron
por tierra y por mar y elaboraron modelos astronómicos
que no llegarían a ser formulados ni aceptados en Europa
sino hasta varios siglos más tarde. Para entonces, buena
parte de los pueblos musulmanes ya conocían la redondez
de la tierra a la vez que viajaban a los lugares más
remotos, guiados por una insaciable curiosidad y un verdadero
afán de conocimiento.
Y así fue cómo llegaron a América mucho
antes que sus vecinos del norte. Pero esa ya es otra historia
que aquí no voy a relatar. Deberán, pues, esperar
el próximo número.
Fuente principal: texto redactado
por Alif Nûn