De rocas solitarias e islas indecisas  
Rockall

El garfio de Neptuno. En el Atlántico Norte, a 300 kms del suelo firme más cercano, se encuentra Rockall, un pequeño peñón rocoso de apenas 27 metros de diámetro con una altura de unos 23 en marea baja. Algunos lo han llegado a confundir con la mítica isla de Rockabarraigh que, según el folclore gaélico (celta primigenio) se aparecerá tres veces, siendo la última de las apariciones la que marque el fin del mundo. Hoy ya nadie se preocupa por esta leyenda pero sí por los posibles recursos (petróleo, gas, etc.) de su lecho submarino, origen de un conflicto territorial entre varios países de la zona.
Rockall es la roca más aislada de todos los océanos del mundo, se trata en realidad de la punta erosionada de un volcán extinto. Debido a las tormentas del Atlántico Norte se encuentra -durante el invierno- cubierto por las olas. De hecho, el 8 de febrero del 2000 el barco oceanográfico inglés R.S.S Discovery registró en sus proximidades una mole de 29.1 metros, la mayor “arruga mojada” que se ha medido hasta el momento en la mitad Norte de nuestro planeta. El nombre de Rockall proviene del gaélico escocés Sgeir Rocail (Roca Rasgada). Muchos años después, los ingleses lo transcribieron como Roaring Rock (Roca Rugiente), quedando finalmente la palabra gaélica rocail transformada en “Rockall”. La primera referencia literaria aparece en la obra de Martin Martin "Una descripción de las islas occidentales de Escocia" publicado en 1716, donde cuenta que los habitantes de las Hébridas ya hablaban de este islote, al que se referían con el nombre mitológico de Rockabarraigh. El primer desembarco del que se tiene constancia fue llevado a cabo por un oficial de la Royal Navy en el año 1810. El islote se encuentra -más precisamente- a 301,4 kms de la isla de Soay en Escocia y a 434 kms al noroeste de Donegal en Irlanda. Sus únicos habitantes habituales son moluscos y pájaros marinos, que la utilizan para descansar y criar en verano, cuando no hay tormentas y las olas no cubren la isla.
La isla y sus proximidades han sido escenario de varios desastres. Así en 1686, por ejemplo, un pesquero vasco chocó con la isla, aunque los ocupantes fueron capaces de salvarse y llegar a la isla escocesa de Santa Kilda. La última de estas tragedias ocurriría el 1904 cuando un vapor danés que llevaba a 727 emigrantes camino de Nueva York, se hundió junto al islote cobrándose 635 almas, en lo que fue hasta esa fecha -pre Titanic- el mayor naufragio ocurrido en aquel océano. El Reino Unido se anexionó el islote el 18 de septiembre del 1955, en lo que sería la última expansión del imperio británico, cuando un helicóptero de la Royal Navy depositó a 3 oficiales y un naturista inglés en él. El interés de la anexión poco tenía que ver con los derechos de explotación de los recursos; más bien existía una urgencia política por testear el primer misil nuclear guiado de la Armada Británica, lo cual debía llevarse a cabo en aguas del Atlántico Norte. Los ingleses temieron que los soviéticos usaran el islote para espiar la prueba y para evitarlo ¡lo ocuparon ellos mismos!
El islote en sí carece de importancia en lo que a las disputas sobre los derechos de explotación de sus recursos respecta. Por ello ni Gran Bretaña, ni Irlanda, ni Islandia ni las Islas Faroe reclaman la soberanía de su superficie; el verdadero conflicto se centra en los derechos sobre sus fondos submarinos. Las negociaciones continúan bajo la supervisión de la ONU. Sin embargo, parece que la solución más probable se dará con un acuerdo de tablas, que consistiría en repartirse los fondos marinos entre los cuatro estados litigantes.

Julia Ferdinandea de Graham
La isla que asomó por un rato, luego desapareció y tal vez vuelva con nosotros más tarde. En julio de 1831, los habitantes del canal de Sicilia fueron testigos de algo un tanto excepcional: el nacimiento de una isla. Pristina y sin nombre -aunque luego no le faltarían- despertaría el interés de británicos, sicilianos, franceses y españoles. No era la primera vez que emergía de las aguas, aunque sí fue la que más aguantó por encima de ellas.
Todo comenzó el 28 de junio de 1831, cuando el suelo se estremeció fuertemente en la ciudad siciliana de Sciacca. Estos temblores que se llegaron a notar hasta en lugares tan alejados como Palermo (a más de 100 kms de distancia), se repitieron durante los diez días posteriores causando importantes daños en la costa sur de Sicilia.
Pero los temblores no eran raros en una zona que ha sufrido varios terremotos importantes en su historia; lo raro estaba aún por llegar. Un extraño burbujeo de las aguas a unos 30 km al sur de Sicilia fue el primer aviso, seguido por la aparición de una columna de humo visible desde tierra. Días más tarde, los pescadores de Sciacca advirtieron la presencia de peces muertos en la zona de la columna de humo, que cada vez salía con más ímpetu, ahora ya acompañada de chorros de agua caliente. La erupción no se haría esperar, y a los pocos días la lava y cenizas empezaron a caer sobre el mar. Fue entonces cuando la isla sin nombre nació; el 17 de julio de ese mismo año, tras sólo 20 días de “parto natural”, se podía contemplar un islote de 8 metros de altura que aumentaba su tamaño -hora tras hora- con deslumbrante rapidez.
Los británicos no tardaron en mostrar su predilección por la “new island” ubicada dentro de su ruta hacia Malta (por aquel entonces bajo el dominio de su Corona) y sería el Capitán Senhouse -de la marina de su Majestad- el primero en colocar una bandera (la Union Jack) sobre su lomo virgen de pisadas humanas. La isla Graham la llamarían, en honor de un político inglés que había ayudado a redactar la constitución siciliana del 1812 y reclamar su posesión para el imperio británico.
Como era de esperar, los sicilianos no recibieron la noticia con excesivo agrado, e indignados, no tardaron en enviar un barco para quitar la bandera y reclamar la isla para el Reino Borbón de Dos Sicilias (en aquel tiempo Italia aún no se había unificado). Ellos la llamarían Ferdinandea, en honor a su Rey Fernando II. España, por su parte, también mostró interés por el islote, aunque sin siquiera desembarcar en él. Y los franceses, que sí se tomaron dicha molestia, enviaron un geólogo que colocó la bandera francesa en lo más alto de la isla bautizada por ellos con el nombre de Ille Julia, ya que había “nacido” en julio. Tras llevar a cabo un reconocimiento exhaustivo de la misma, el profesor concluyó que la isla -por carecer de una base firme- podría desaparecer de manera súbita por la acción erosiva de las olas.
Durante los cinco meses posteriores, la Graham island, Ferdinandea o Ille Julia -como ustedes prefieran llamarla- resistió y el conflicto diplomático llenó páginas enteras en los periódicos de todo el mundo. La isla atraía a turistas y curiosos, que acudían a contemplar sus dos pequeños lagos y sus 5 kilómetros de circunferencia que alcanzaban una altura máxima de 60 metros, algunos de estos turistas incluso se aventuraban a subir a su cumbre rodeada de nubes de gases nocivos. También fueron numerosos los científicos que la visitaron durante este tiempo, y se dice que la aparición de la isla sirvió de inspiración a varios escritores, entre ellos Julio Verne y Alejandro Dumas, en sus obras “Las grandiosas aventuras del maestro Antifer” y “Le Spéronare”, respectivamente.
Todo lo que sube, tiene que bajar… y volver a subir
Mientras tanto los marineros de la zona contemplaban esta maravilla sin tiempo con respetuosa desconfianza, intentando descifrar las fuerzas mágicas capaces de “jugar con la tierra” tal cual se había revelado. Se decía incluso, que los nobles de la Casa de Borbón habían planeado instalar un lujoso balneario en sus playas. Sin embargo, todos los planes y todos los conflictos desparecieron al mismo ritmo que la isla se iba desintegrando. El 7 de noviembre ya sólo contaba con un perímetro de menos de medio kilómetro. Finalmente, el 17 de diciembre del 1831, había desaparecido por completo.
De esta manera se cumplió el pronóstico francés. La isla estaba compuesta por tefra suelta, el material expulsado por el volcán a través de su columna eruptiva. La escasa consistencia de este material hizo que la isla fuera fácilmente erosionada, efectivamente, por la acción de las olas.
Nuevas erupciones en 1863 provocaron que la isla re-emergiera para luego ser destruida por las olas a los pocos días. Durante casi un siglo no se volvió a hablar de ella, aunque las cartas de navegación advertían de la presencia del Banco de Graham el cual, situado a sólo 8 m de la superficie, constituía un peligro para la navegación (peligro que despareció cuando en 1925 bajó hasta los 25 m).
En 1987 la isla sería protagonista de otro más de sus bizarros capítulos cuando un bombardero de la Fuerzas Aéreas americanas, en su camino a descargar contra Libia, la confundió con un submarino enemigo y lanzó uno de sus misiles sobre ella. Años más tarde, en 1995, unos temblores en la costa siciliana también fueron atribuidos a la isla. Sin embargo, fue a partir del 2000 cuando la disputa sobre una ínsula inexistente empezó a resurgir. Esta vez el conflicto se adelantó a la aparición de la misma. Al aumentar la actividad sísmica en la zona empezaron a surgir las especulaciones entre los vulcanólogos sobre una eventual erupción y una reaparición de “Julia Ferdinandea de Graham”. De hecho, la cima del volcán pasó de los 8 metros bajo el nivel del mar en 1999, a sólo 5 en el 2002. Varios artículos en la prensa italiana y británica -con el tono típico del lucrativo sensacionalismo- volvieron a poner sobre el tapete las diferencias diplomáticas sobre la soberanía de la isla, algunos con titulares tan peculiares como: “Un trozo desparecido del Imperio Británico está a punto de reflotar”.
Los artículos hicieron surgir rumores acerca de barcos de la Armada Británica que habían sido vistos en la zona, quizás comprobando si había algo de verdad en los titulares. Esta vez los italianos no tardaron tanto en reaccionar y un anónimo equipo de buzos dejó todo listo para la posible resurrección isleña.
El alcalde de Sciacca, con la ayuda de pescadores, marineros y otras personalidades de la zona, orquestó una pomposa ceremonia e invitó al Príncipe Carlos de Calabria, descendiente de Fernando II. Durante la ceremonia se colocó la bandera tri-color y una placa sobre la cumbre hundida, con el texto “L'isola Ferdinandea era e resta dei Siciliani” (La isla Ferdinandea era y queda de los sicilianos). Pese a estar todo listo, la actividad volcánica cesó y la isla permaneció sumergida y “muerta de risa” ante tanta expectativa frustrada.

Fue durante la Primera Guerra Púnica (entre 264 y 241 A.C) cuando se tiene constancia por primera vez de actividad volcánica en la zona de la isla, y se cree que la misma ha aparecido y desaparecido cuatro o cinco veces desde entonces. Esperamos ansiosos su próxima visita.

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