Feliz Cumpleaños Charles Darwin (Parte 8)
La Odisea del regreso
Zarpamos de Punta del Este directamente a Italia. Non stop. Piratas, un exorcismo, un pez vela… Éramos cuatro: Ignazzio de Kenia, Andrea vive en Australia, Damiano en Italia y yo.
El gran salto (II)
El exorcismo
Veníamos hablando anteriormente de la suerte que tuvimos al contar con Juan Carlos Zorzoli en Chile cuando pudo venir y solucionar el problema del autopiloto más “independiente” que habíamos visto. Dimos toda la vuelta de un lado a otro de la Patagonia sin un síntoma de problemas. Hasta que empezó a mostrar que el Norte no es único, que los sueños son la realidad del que sueña y que entonces su carta y sus ángulos le eran propios, o a lo sumo eran los que él podía ver.
Habíamos probado muchas opciones desconectando sistemas de navegación, programas en la PC y todo lo que se nos ocurría. Nada de lógica lo conformaba. Hasta que Ignazzio desmontó el Fluxgate y empezó el exorcismo. Como un séquito de fieles siguiendo al sacerdote caminábamos a lo largo del barco con el Flux en la mano conectado por un cable de más de veinte metros. Así íbamos invocando las mejores condiciones y la “voluntad” de quedarse en paz por un tiempo. Parecía que nada le andaba del todo para “Elpidio”. Cuando se orientaba y timoneaba un rato empezaba a ir a una u otra banda y volvía después. Con suavidad iba y venía. Lo vigilábamos durante día y noche.
Hasta que Ignazzio me preguntó qué me parecía cambiarle el nombre… “Si,… por mí…” contesté; y todos igual.
El sacerdote -Ignazzio- y los tres misioneros fuimos entonces el cura y los padrinos en el bautismo del nuevo “Giuseppe”. Al parecer el nombre de “Elpidio” no le caía bien porque de ese momento en adelante todo nos limitamos a elogiarle su desempeño y buen comportamiento de Giuseppe y a partir de ese entonces nunca más nos dio problemas.
Créanlo o no, los tres tanos estaban íntimamente convencidos de la animosidad del fortachón del autopiloto Robertson que reaccionó de mala manera a su bautismo de un apodo medio burlón para un criollo. Y yo sentí que no podía descartar nada.- El alma de Elpidio la encomendamos a Tritón y a Nerea le pedimos el cuidado del almita de recién nacido el buen Giuseppe. Y todo estuvo perfecto desde ahí hasta el arribo.
Un pez vela
Dicen los registros que llega a 96 km/h y lo que puedo decirles yo es que es una hermosura. Un misil plateado en el agua. Teníamos largada por popa una línea de unos doscientos metros. Salieron atunes y dorados grandes y un día a lo lejos vimos volar a varios metros de la superficie una enorme mole plateada. Al zambullirse levantaba mucha espuma y trajimos los binoculares para ver de qué bestia se trataba y más era el pez que ustedes verán en la foto.
No sabíamos cuánto pesaba, setenta kilos más o menos calculamos, pero medía con cola y espada dos metros y medio y sin estos, un metro ochenta.
Para traerlo a bordo fue una faena a mano bastante pesada, uno se puso al timón y aceleraba y aflojaba al ritmo que el pez nos pasaba en un sorpaso asombroso para después cruzar la popa a toda velocidad hacia la otra banda. Los otros tres íbamos braceando el cordel por turnos, dos braceábamos y el tercero ordenaba el bollo de hilo; enguantados y con mucha paciencia le dedicamos un par de horas a ese monstruo. Hasta que subió; con la energía de un atleta y la indignación del que es robado de su reino daba sablazos a diestra y siniestra y me traje un recuerdo del esgrimista en el tobillo.
Del pez Andrea hizo dos enormes encurtidos cilíndricos que llevaron unos diez días de cuidado para no exponerlos a las lluvias ni al sol. Andaba como una babysiter a cargo de ellos y los transportaba de la chubasquera al baño de su camarote por la noche, a la mañana los volvía a colgar en otro lado y así los denominados “bambini” (niñitos) maduraron hasta hacerse el más delicado bocado para acompañar cualquier momento de ocio o hambre.
Algunos piratas
A lo largo de la costa de África uno nunca va seguro del todo frente a determinados países. Guinea Ecuatorial, Sierra Leona y Liberia, por ejemplo son conocidos por regímenes gubernamentales totalitaristas y la gran pobreza y falta de ley literalmente, hacen que una forma más de delincuencia aparezca otra vez más.
No tan organizados como los somalíes que son sus primos del otro lado del continente, llegan en barcos hechos con malos medios, con aspecto de vagabundos o de errantes y se acercan directamente hasta determinar si tu barco es de interés o no.
Hay mucho tráfico de gente desde Dakar para sacarlos hasta las islas de Cabo Verde para entrar luego a algún puerto español y así entrar a la unión. Conocimos un hombre que nos fue referido como uno de los más vigilados por un puesto que España tiene en la península de Dakar.
No hay fotos de nuestros únicos dos encuentros con ellos. No teníamos ningún recurso para escapar de estos, ni nuestra velocidad ni ningún otro tipo de persuasión puesto que estábamos de a cuatro y sin armas y ellos llegan en grupos más numerosos y te muestran lo que tienen: de todo.
Vaya a saber por qué no fuimos de su agrado…suerte para nosotros; tal vez el barco era lento, complicado de gobierno frente a uno a motor, demasiado identificable con casco rojo y sponsors por todos lados, la verdad no la sabremos pero aquí estamos contándolo.
El paso cerca de la costa nos dio la excusa para ir a reponer algo de verduras y frutas que se habían terminado y en una maniobra no muy loable entramos en el antepuerto y salimos en muy pocas horas. Sólo dos de nosotros bajamos a tierra con la única intención de comprar cosas verdes y así hablamos con un hombre joven que estaba encargado de una barra de un paradorcito (con metegoles incluídos) y tomamos un taxi que nos llevó por unos barrios que eran de película. Polvorientos caminos y coloridas casas, negras altísimas y bellas con un paso lento y orgulloso envueltas en unas túnicas de colores vivos y con un tocado en la cabeza. Dakar es en verdad bastante cosmopolita para estar en África.
Unas cervezas a bordo y una buena siesta después de cargar gasoil desde un barco que lo vendía “con factura del tipo que ustedes quieran”. En el medio de la gigantesca bahía fondeado un gran trawler que era de otro pillo que vendía lo que quisieras como por ejemplo mil ochocientos litros de gasoil al precio de la Unión Europea sin darle parte a nadie.
Nos despidieron unos pescadores antes de alejarnos de la costa. Curiosa muestra de admiración cada uno por el barco del otro hizo que nos saludáramos; nosotros levantando un brazo y ellos mirándonos y apenas con un leve movimiento de sus cabezas. No sonreían… estaban parados mirándonos, como quince o más; soplaba un poco y sus caras duras como madera quedaban por encima de sus camisas que flameaban mientras pasábamos al largo.
Otra vez a la soledad de algunas semanas. Hasta la próxima entrega. Fernando Zerbo, ah, dicen que quien alguna vez pisó África vuelve y ojalá así sea.
Fernando Zerbo