Illhabela
de corsarios, princesas, peces gigantes y barcos (Parte 2)

Llamada hace quinientos años la Isla Bella de la Princesa, la joya del collar de playas del litoral norte de San Pablo fue rebautizada varias veces por sus moradores, siempre con el afán de rendir homenaje a tanta belleza. Hoy, su nombre en portugués es Ilhabela y si bien la traducción literal al español es “Isla Bella”, sus costas y alrededores fueron convertidos desde hace tiempo en el Templo de la Vela, no por la sonoridad de la palabra, sino por los escenarios y el clima propicio que atrae cada año a miles de devotos de la navegación a merced del viento.
En los quinientos años que pasaron desde aquella Ilha Bela da Princesa (Isla Bella de la Princesa), visitada efectivamente por la realeza de origen portugués, y la actual Ilhabela, llamada así desde hace 58 años, siguieron nombres como Formosa (Hermosa), Villa Bela e Ilha de Sao Sebastiao, una decena de naufragios y la desaparición de quince aviones de pequeño porte en veinte años (1972-1992). La explicación científica para los desastres aéreos y los naufragios alude al magnetismo de las rocas de la zona y la conformación de una especie de “zona de silencio” entre la isla y el continente. Lo cierto es que los restos de tales naufragios y la historia de haber sido el escenario más recurrente para enfrentamientos oceánicos de corsarios portugueses, franceses y holandeses convierten las aguas de Ilhabela en los mejores sets naturales para el buceo en aguas profundas, en las que aún yacen restos de embarcaciones zozobradas en los últimos dos siglos, habitados por una fauna bien exótica y -hay quienes dicen- por cientos de peces que superan la tonelada de peso.
La isla se erige justo enfrente del collar de playas y playitas de Sao Sebastiao, a apenas 135 kilómetros del centro de la capital financiera de América latina, San Pablo, y a casi la misma distancia del límite con el estado de Río de Janeiro.
Vista desde el continente y con la luz del sol, Ilhabela sobresale, esbelta, entre las aguas del Atlántico y, de noche, brilla como una estrella recién caída en el mar. Alrededor de ella, otras once islitas parecen hacerle compañía. Son las islas Das Cabras, Vitória y Búzios -habitadas por algunas pocas familias- y las desiertas Calhetas, Serrana, Codó, Da Figueira, las dos Sumíticas, la de los Pescadores y Castelhanos, una playa abierta que finge no haber sido pisada jamás por algún hombre.
El viaje desde el continente hasta el puerto de Ilhabela es corto: bastan veinte minutos en balsa desde la gran ciudad de Caraguatatuba, vecina de la famosa Ubatuba, para pisar la isla, poblada por una autóctona y variadísima fauna marina y por 25 mil seres humanos, que se sustentan económicamente gracias al turismo y a la pesca. Sí, además de la navegación a vela, el buceo en aguas profundas y sus 36 kilómetros de playas, uno de los atractivos más fuertes de Ilhabela es la pesca deportiva, objetivo que persigue la mayoría de los turistas que llegan hasta la isla para pasar fin de semana. Las aguas que rodean los 126 kilómetros de costa rocosa son consideradas mundialmente como uno de los mejores blancos para la pesca oceánica: allí, los peces más buscados son anchoas, caballas, róbalos y, con más pretensiones, el marlin azul, que en algunos casos puede superar los 75 kilos y llegar hasta los 150, según las aseveraciones de los lugareños. Apenas se pisa el puerto de la ciudad, uno ya está en el centro de la isla conocida como la princesa del litoral paulista. A dos kilómetros de allí y hacia el norte, por la costa, se llega a la playa Perequé, entre el mar y la avenida principal, repleta de barcitos para beber un trago helado al atardecer. Es la preferida de los practicantes de kite surf, quienes en días ventosos vuelan de a decenas, como mariposas gigantes, sobre toda la playa. Y desde allí, hay otras tres playitas (Itaguassu, Itaquanduba y Engenho) hasta llegar a Pequeá, también en el centro y albergue de la escuela de Vela y Kayak. Es la elegida por quienes viven en la isla y una de las mejores alternativas para los turistas que viajan con niños, ya que tiene infraestructura y está cerca de la placita local y de los atractivos comerciales nocturnos, como shows callejeros, ferias de artesanías, una librería y un par de heladerías. Medio centenar de posadas, bungalows y hosterías se levantan en esta zona, con costos que oscilan, en temporada alta, entre los 50 y los 250 dólares por cuarto doble y por noche.
Como los mosquitos, las leyendas se cruzan a montones en Ilhabela. Una de ellas cuenta que cerca de Pequeá, en Agua Blanca -una de las más bonitas cascadas de las 365 que hay en la isla- vive desde hace siglos una mujer a la que llaman Madre de Agua, o Madre de Oro, que acostumbra sentarse en las piedras para peinar su larguísima cabellera blanca en cada noche de luna llena y que al ser vista por algún visitante suele seducirlo para atraerlo y llevarlo consigo dentro de un pozo  oculto bajo las aguas, del que nadie pudo regresar.
Andar a pie por el centro de Ilhabela es en sí mismo un lindo paseo. Si el andar es hacia el norte, el mar acompañará siempre al caminante desde la izquierda. Y, a la derecha, una sucesión de pequeñas tiendas: libros, ropas, artículos de pesca,  indumentaria para marineros, helados y souvenirs, entre muchos bares y restaurantes, con precios de platos entre 10 y 70 dólares. No son más que cuatro o cinco cuadras de comercios, no muy diferentes a las de cualquier ciudad pintoresca del interior, con excepción de la vista majestuosa del mar y el sonido constante del romper de las olas a escasos metros de los pies. Las tiendas y bares abren sólo una vez que el sol fue a descansar y hasta pasada la medianoche: allí el paisaje se vuelve aún más especial bajo las estrellas sobre la arena y el resplandor llegado con intensidad desde Sao Sebastiao. Bajo el sol, todas las playas del centro de la isla pueden ser recorridas a pie, en una tarde. La más cercana a Pequeá es Saco da Capela, linda, llana y repleta de veleros y practicantes del windsurf, muy cerca del tránsito de la avenida principal. Le siguen Viana y Guarapocaia, antes de llegar a la playa del Sino (Campana), una de las más atractivas, desplegada entre inmensas piedras con forma natural de campanas y que -dicen sus pobladores en otra leyenda- repicaron hace siglos, sea para saludar el paso por mar de algún santo o disuadir invasiones de piratas.
Por camino asfaltado, y ya en automóvil, se llegará a las playas Ponta Azeda, Pirao y Armacao y, si se sigue por tierra, se visitará el último lugar al norte al que puede accederse en auto. Se trata de Jabaquara, una de los playas más bonitas, aletargada sobre 500 metros de arena blanca y custodiada, en sus extremos, por dos riachos saturados de coloridos cardúmenes de peces que chocan con la arena o nadan hasta la gran laguna dulce, desagüe de los ríos.
Desde allí, es sólo dar vuelta a la isla, ya no por tierra sino en algún velero, de esos que sobran por allí, en cruceros o embarcaciones offshore. Y en esa gran vuelta, el navegante se topará con varias puntas de la isla entrando bajo el océano, como las de Lobo, Grossa, Calhetas, Diogo, Sepituba y Sela, varios sacos, como el Sombrío, muchas playas y la espectacular bahía de Castelhanos, hasta donde el viaje es más corto y fácil si se hace por tierra, pese a los riesgos del camino. Desde allí, puede contemplarse la playa Del Gato, un rincón en el que el mar se estrella con rudeza contra las piedras, lo que hace imposible de antemano intentar amarrar allí. La opción, aunque arriesgada, es anclar cerca y llegar nadando. O emprender un camino sinuoso andando desde Castelhanos. Quienes lo hicieron, juran que el esfuerzo tiene un gran premio: el paisaje, visto desde lo alto, y el mar más limpio de la isla. Ya la Bahía de Castelhanos es una maravilla en sí misma. La vista es inmensa desde allí, con topografía original y muy rica: una ensenada, una playita de lejos blanca y pequeña y de cerca  inmaculada y gigante, con mar manso, rocas y mucha vegetación. Cerca de allí, el Saco Sombrío, con forma de S y aguas tan transparentes que los peces pueden observarse hasta tres metros de profundidad, entre las piedras gigantes que alguna vez ocultaron a barcos corsarios. Por su belleza, o por su topografía que servía de perfecto escondite, los piratas se refugiaron durante siglos, o para preparar ataques o porque habían escondido tesoros. Hasta allí, el único camino es el mar.
Es que Ilhabela es el mejor lugar de Brasil para recorrer en barco. De cualquier tipo, pero en barco. De hecho, fue tildada como el Templo de la Vela.
Si desde el puerto al que llega en balsa uno prefiere andar hacia el sur, las primeras playas por ver son Pedra Miúda y la pequeña Portinho, antes de Feticeira (Hechicera), llamada así en memoria de una vieja rica a la que todos creían bruja y que una noche -cuenta otra leyenda-, en medio de un desembarco de piratas, enterró sus tesoros junto con sus esclavos, como para evitar el saqueo y así, sus tesoros y ella, jamás fueron vistos otra vez. En rigor, las playas del sur son más extensas y visitadas que las del norte. Sin embargo, la tranquilidad extrema de la isla habita en la playa de Juliao, en el sur, a la que sólo puede llegarse gracias a una travesía a pie desde la playa Grande, con canchas polideportivas e indicada para el snorkel, el buceo y el windsurf. Le sigue Curral, muy visitada por jóvenes y adolescentes que gustan de practicar cualquier tipo de deporte acuático. Y, por último, Veloso, el destino más al sur que puede ser alcanzado en auto: son más de 200 metros de arena apenas tocada por aguas tranquilas y claras que, más que mar, parecen ser parte de una piscina. Energía para la práctica de cualquier deporte náutico, amor por el mar, ansias de nuevas aventuras, un buen libro para tirarse al sol y mucho protector y repelente, además de un buen presupuesto para las vacaciones, son condiciones imprescindibles para cargar en la maleta antes de llegar a Ilhabela. El resto, es sólo andar y sucumbir ante los tesoros, secretos, leyendas y magnetismo de la isla. Como ya lo hicieron los corsarios, las princesas y los náufragos.

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Gaby Medei
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