|
|
Los hombres que vienen del norte (Parte 1)
Rubios, pelirrojos, de tez blanca y nariz aguileña. Altos, robustos y curtidos con la sal y los vientos helados de las tierras más allá del norte continental. Brutos como la morsa pero astutos como el zorro del Artico. La ambición y la codicia, pero también la libertad y la aventura, fueron su máxima expresión como cultura. Los pueblos que se cruzaron en su camino los llamaron de muchas formas: northme, normandos, dani, galls, lochlannach, aschcomani, magus, rus, varingjiar y la lista continua. Estos "hombres que vienen del norte”, estos humanos capaces de resistir cualquier capricho del clima, nunca formaron un pueblo unido dentro de fronteras nacionales. Con el tiempo se terminó imponiendo el nombre que llega hasta nuestros días: “vikingos”, palabra que deriva del antiguo término nórdico vikingr usado para describir, sin ánimos de ocultar la cruda verdad, a las tribus escandinavas en viaje de pillaje. Los vikingos eran dos millones de paganos perdidos en la vasta soledad de sus tierras costeras, fiordos de Noruega, islotes de Suecia y playas de Jutlandia. Vivían en chozas de paja y comían cabezas de arenques. La codicia y el poder de sus armas diestramente confeccionadas impulsaron el éxito de sus campañas. Mataban monjes y laicos sin distinción y abusaban de las mujeres, a quienes se llevaban junto con sus hijos para venderlos luego como esclavos. Convertían los tesoros eclesiásticos en plata fundida.
Practicaban con frecuencia el secuestro y mataban a palos a los rehenes si no recibían el rescate exigido. Los diversos pueblos escandinavos iniciaron, a finales del siglo VIII, una rápida y amplia expansión hacia tres grandes direcciones bien definidas. Los suecos -o varegos- cruzaron el Báltico hacia Finlandia, el lago Ladoga y Novgorod. Por el río Dnieper atravesaron Rusia en dirección sur hasta el mar Negro alcanzando Constantinopla y Europa Oriental. Los noruegos, en cambio, se dirigieron a las islas del Atlántico Norte (Hébridas, Feroe, Orcadas, Shetland e Irlanda). Más tarde llegaron a Escocia, Islandia y hacia el año 1000 arribaron ni más ni menos que a las costas de Norteamérica, a la cual llamaron Vinland. Por último, los daneses invadieron Inglaterra y Frisia, surcaron el Elba hasta Hamburgo, el Rin hasta Colonia y el Sena hasta París. Tras asolar las costas de Asturias y Galicia, bajaron a Portugal, remontaron el Guadalquivir hasta Sevilla y llegaron tan lejos como el norte de África y la costa occidental de Italia.
Con su política simple y efectiva de avance implacable, el secreto de su éxito combinaba la pasión por una violencia que hoy se consideraría mucho más que inhumana, una destreza sin límites en el arte milenario de la herrería y por último sus barcos, verdaderas máquinas de guerra -ágiles y hermosas- capaces de sortear las rutas marítimas más escabrosas.
Maestros de la navegación
Ya los noruegos de la Edad del Bronce, 15 siglos antes de que naciera Cristo, pintaron barcos en las paredes de sus cuevas. Varios jarls -jefes de la tribu- han sido encontrados enterrados con sus naves, como hacían los egipcios con sus mujeres o los chinos con sus caballos. Un barco de tipo knorr podía avanzar a una velocidad de hasta seis nudos transportando una carga de 40 toneladas. De hecho, esta unidad de peso debe su nombre a un contenedor de madera en el que los vikingos portaban sus mercancías. El mástil no iba sujeto rígidamente en el casco, sino que podía moverse o directamente abatirse si el barco necesitaba, por alguna urgente razón, ser arrastrado por tierra. La quilla -uno de los tantos invento náuticos de origen vikingo- proporcionaba estabilidad y maniobrabilidad en las corrientes rápidas. En las calmas o con viento en contra, los tripulantes empuñaban los remos. Con su drakkar de 32 metros de largo -llamadas así porque las proas y popas de sus naves estaban adornadas con cabezas de dragón- Erik el Rojo, el más legendario de los vikingos conocidos, recorrió hacia el oeste unos 320 kilómetros hasta encontrar la costa oriental de Groenlandia. Se orientaban con mucha precisión sin brújula. Probablemente establecían la latitud por la posición del sol, la luna y las estrellas. Además navegaban cerca de la costa y siempre atentos a las señales que sólo los marinos más versados (polinesios, fenicios, corsarios caribeños) sabían leer. Un timonel veterano se ocupaba de marcar el rumbo. Observaban islas, nubes, el vuelo de las gaviotas, el tamaño y color de las algas, la dirección de las corrientes, los objetos flotantes a la deriva. Calculaban la velocidad y las millas recorridas fijándose en su estela y la fuerza con que la roda de la proa iba rompiendo las olas. La borda de las naves era muy baja y el oleaje podía inundarlas con facilidad. La tripulación arriesgaba la vida en cada tormenta. Los que fallecían durante el viaje eran arrojados al mar.
El museo de los barcos
vikingos
El Museo de los Barcos Vikingos (Vikingskiphuset) que se encuentra localizado en una zona denominada Bygdøynes, al sudoeste del famoso muelle de Oslo. El área dónde se halla el museo conforma una especie de parque temático en el cual también se encuentran, entre otros, el museo del Kon-Tiki y el museo marítimo (Sjøfartsmuseum). El Museo de los Barcos Vikingos podemos admirar los hallazgos realizados en los enterratorios de Oseberg, Gokstad y Tune.
Cuando el primero de los barcos que se halló en Tune durante la campaña de excavaciones de 1867 en la granja de Nedre Haguen en Rolvsøy (Østfold), ningún museo para los barcos vikingos había sido hasta entonces planeado. Ni aún luego del descubrimiento del barco en la granja de Gokstad, condado de Sandefjord, durante el verano de 1880 se pensaba en la construcción de un lugar para alojar y proteger semejantes obras de la cultura milenaria local. El barco de Gokstad, por ejemplo, se exhibía tal cual se había hallado en un refugio temporal en los jardines de la Universidad de Oslo. Unos años más tarde, en 1904, se excava un enterratorio en la granja de Oseberg, condado de Slagen, cerca de Tønsberg. Después de retirados los restos del barco se los reensambló para exhibirlos, como en el caso anterior, en otro refugio temporal en los jardines de la misma universidad. Recién en 1913 el profesor Gabriel Gustafson, quien había dirigido las excavaciones de Oseberg, propone la edificación de un Museo de los Barcos Vikingos en Bygdøy.
El drakkar de Oseberg
Este barco se encontró en un gran montículo funerario en la granja de Slagen en Vestfold durante las excavaciones de 1904. La nave fue construida en el 815-820 D.C. aproximadamente y se usó para la navegación durante muchos años antes de ser usada como barco funerario para una prominente señora vikinga que muriera en el 834. Esta señora fue alojada en la cámara funeraria en la sección de popa; junto a ella yacía otra mujer, posiblemente una sirvienta, y sus más preciadas posesiones. El barco, hecho de roble, tiene 22 metros de eslora por 5 de manga. Las doce tracas estaban aseguradas con clavos de hierro. El barco fue diseñado tanto para navegar a vela como para ser impulsado a remos. Con una vela de 90 metros cuadrados de superficie el barco podía superar los diez nudos de velocidad. La traca superior tenía quince orificios para remos. De hecho, un grupo completo de remos fue incluido dentro de las ornamentaciones de la tumba. El timón estaba ubicado a popa y a estribor. El barco de Oseberg muy probablemente fue diseñado para usarse como un crucero de placer para navegar a lo largo de la costa, tanto su proa como su popa están finamente tallados con figuras de animales.
El drakkar de Gokstad
Este barco se encontró en un gran montículo funerario en la granja de Gokstad, en Sandar, Vestfold, en 1880. El barco fue construido alrededor del 890 D.C y más tarde utilizado como barco funerario de un importante caudillo muerto alrededor del 900 D.C. El fallecido, de gran contextura física y entrado en sus sesentas, yace en su cama en una cámara funeraria de madera (exhibida en el ala este del museo). Fue enterrado con su mobiliario funerario, el cual consiste de tres pequeños botes, una carpa, un martillo y equipo de montar. Las condiciones de preservación del montículo de Gokstad eran tan favorables como las de Oseberg. Este montículo había sido saqueado en tiempos antiguos, por lo que las joyas de y las armas que podrían haber sido depositadas como ofrendas funerarias, también habían desaparecido. El barco de Gokstad, hecho de roble, tiene 24 metros de eslora, 5 de manga y es el más largo de los tres barcos en el museo. Podía acomodar a 32 remeros y estaba mucho más fuertemente construido que el de Oseberg.
La quilla y la base del mástil son más fuertes y las bandas laterales son más altas, con dos tracas sobre las anillas de los remos. Las mismas podían ser cubiertas cuando el barco navegaba a vela. Usando una vela cuadrada de 110 m2, el barco podía alcanzar una velocidad de hasta 12 nudos. El timón también podía izarse cuando el barco navegaba en aguas poco profundas. Sesenta y cuatro escudos de madera, pintados alternadamente de color negro y amarillo fueron encontrados durante las excavaciones.
Los mismos habían sido asegurados por fuera en las barandillas de la nave. El barco de Gokstad, aunque no está tan lujosamente ornamentado como el de Oseberg, fue por lejos el más “marinero” de ambos. Sus cualidades de navegación fueron demostradas cuando una réplica del barco de Gokstad navegó cruzando el Atlántico, desde Bergen para la feria Mundial de Chicago de 1893.
Fuente principal: Informe de viaje de Ricardo Larrondo
| Quienes
Somos | Distribución | Publicidad | Contacto | Archivo | Guía
Náutica |
| Brokers | Clima | Tablas
de mareas | Cartas
Náuticas | Enlaces | Home | |
|