Feliz Cumpleaños Charles Darwin (Parte 7)


La Odisea del regreso
El viaje del Adriática había terminado para algunos. El delivery a Italia tenía que hacerse.  La RAI había puesto una fecha y allá íbamos desde Punta del Este al Norte del Mediterráneo sin tocar: Damiano, Ignazzio, Andrea y yo, intentaríamos pasar, prácticamente de pisar la Gorlero a enhebrar Gibraltar con una escala de diecinueve horas en Dakkar.

Breve y caluroso paso por Mar del Plata
Terminó el inmenso y desolador Sur.  De allí venimos, lo pasamos, estamos enteros igual que el barco y felices!
En la Base de submarinos entramos cuando empezaba la mañana.  Habríamos querido dormir más de esas tres horitas pero había que dejar libre el antepuerto que era atravesado por la cadena de nuestro fondeo.  Nos abarloamos al ARA Punta Mogotes que nos habían asegurado no se iba a mover en los próximos días.  Y así esperábamos… si tenían que salir no iba a ser por una patrulla de emergencia y eso nos daba oportunidad de poder dejar el barco sin gente a bordo en algún momento (y sin pensar que podíamos estar molestando).
Estiramos las piernas, que no poníamos en tierra desde la Isla de los Estados.  Aparecieron amigos, Jorge Tomadoni me dejó su auto cinco días y gracias a él recorrimos la feliz con los muchachos y paseamos a gusto, hicimos compras que hacían falta y recorrimos por repuestos y demás trámites. Gracias! Nos visitaron del consulado, de la Sociedad Italiana, la Armada nos ofreció una revisación médica a quién quisiera tomarla y obvio sin cargo: gracias de nuevo a todos.  
Los descendientes de los inmigrantes nos prepararon una ceremonia, reportajes para la radio, cena, más festejos, agasajos formales y de los otros… todo con pastas, queso peccorino y el espíritu de gente alegre.
Llegó un mail: si, llegó por correo expreso ni más ni menos que otro obenque que reemplazaríamos antes de desmembrar la tripulación.  (foto) El Comandante del Área Naval Atlántica Contralmirante Ferraris tuvo a bien facilitarnos el libre acceso a sus aguas e instalaciones, posibilitando realizar reparaciones y reaprovisionamiento en forma irrestricta. Gracias a él también. “…Para quienes navegan, las despedidas son tan comunes como los atardeceres. Parecen iguales, pero no lo son.” Ricardo Cufré.

Llegan algunos “velisti per caso” desde Italia
Dentro de los que “se arrimaron” a nuestra llegada vinieron tres italianos inolvidables que ya habían estado en más de una ocasión a bordo.  Gianni, aquel físico que compartió mi camarote desde las Galápagos y desembarcó en Antofagasta, ya viejo conocido nuestro, Massimo y otro amigo cuyo nombre no recuerdo (son muchos) se sumaron, durmieron a bordo, vivieron, y participaron de todo con nosotros desde MdQ hasta PdEste.  Integran una agrupación de aspirantes a navegar en el velero y se van sorteando las etapas que se adjudican de acuerdo a la disponibilidad del lugar a bordo (pagando su cuota a la productora de la RAI que no era para nada barata). 
Unos llegaban de excursión, se unían con los de a bordo y las vidas se iban mezclando por unos días antes de que otros se fueran definitivamente. 
Mientras van partiendo con diferentes destinos, el barco va aquietando sus entrañas para empezar a recibir un nuevo grupo de habitantes.  Así nos dejaron Andrea y Riccardo, los amarradores de la Cala de Médici que regresaron a Marina Risignano donde trabajan todo el año y amarra en su descanso el Adriática; Filippo paseó en grata compañía igual que lo hizo la francesa Paola antes de volver; Ricardo fue a Buenos Aires igual que Martín Alonso, todos habían hecho su trabajo profesional impecable y titánicamente sostenido. Marco volvía a Italia después de embarcar en Las Galápagos, y yo fui también con licencia a casa por algo así como una semana y mientras recibí a Damiano y Marco antes de que llevaran el bote a Pta del Este festejé mi cumpleaños (51) con familia y amigos. Justo para recargar las pilas y seguir.

El gran salto (I)
Filippo y Ricardo entregaban el mando a Damiano y a mí para esta etapa que seguía el barco a son de mar y en perfecto estado tal como marcan las buenas costumbres marineras.
Vinieron unos días a mi casa por un poco de descanso/trabajo Marco Porcu (contramaestre natural) el que dejó de hablar por casi diez días en I de los Estados, se acuerdan? y Damiano Martini, el joven de 25 años que se nos sumó en Higuerillas, Chile y que quedaba formalmente a cargo del regreso. 
Debíamos importar una pata o silenblock del motor Volvo Penta 360 Hp.  Hecho esto, Marco volvía y Damiano llevaba el barco a Uruguay para esperarme.  Cuando llegara encontraría el barco listo, compras listas, con su despacho hecho y sus dos nuevos tripulantes: Ignazzio, un it que vive en Kenia con quién había navegado anteriormente Damiano y Andrea, otro oriundo de la isla de Cerdeña que vive en Australia.  Digamos que la organización gastó en boletos de avión para juntar un grupete de antología.
Llegué a bordo a las 02:10 hs de la noche en un vuelo de Aeroparque que se retrasó cuatro horas por un terrible tormentón y desperté en la oscuridad a un desconocido creyendo que era Damiano.  Claro, el que yo buscaba ocuparía en adelante conmigo el camarote de popa.  A dormir, que nos espera un largo viaje.
Tras esperar que nos abrieran el puerto después del paso de un pampero que nos venía de perilla, nos permitieron salir el segundo día que fue bien favorable para alejarnos rumbo a la mitad del mar…. En poco tiempo habíamos salido de las cartas de papel que llevábamos porque no nos acercamos nunca a la costa de Brasil, pese a que era muy tentador para los primeros días de mayo.
Pero la responsabilidad nos decía: “…niente, nulla!! Non habbiamo tempo suficiente per andare in Brazil….!! Nos esperan lo antes posible….” Azul, era… de lo más hermoso que nos había tocado navegar hasta el momento.  El Atlántico tiene vientos variables y una corriente que, si uno se aleja lo suficiente de la costa de Brasil incide muy poco. Las guardias se repartieron de a uno por vez y de a dos horas y media o tres, no más y a medida que nos perdíamos en el mar y disminuíamos nuestra latitud nos daba días y noches de duración cada vez más parecidas. Los barómetros andaban al pelo, la convivencia era excelente como siempre lo había sido desde que empezó el viaje.
Se cocinaba de todo, se amasaba pan cada día y medio y se pescaba a medida que íbamos terminando de consumir la última presa.  Y cada vez más grande pero no muy variada.  
La soledad en el mar era llamativa, durante semanas no vimos ni un solo barco de ningún tipo.  Ya no teníamos que restringirnos en el uso del correo como antes.  El sistema de transmisión de e-mails por BLU que llegaba al tope de nuestra cuota con los informes que se hacían  regularmente para la página, para ENEL, los científicos que reportaban a sus Universidades, nos dejaba a la tripulación casi sin comunicación personal; ahora era distinto, todos teníamos una rutina en el pasado inimaginable de enviar y recibir o al menos revisar si había correo diariamente, además de las cartas del tiempo.
Cuando todo se acomodaba regularmente el gran equipamiento electrónico de la Adriática tuvo una “embolia” que casi nos deja pasmados.
El barco posee lo que habitualmente tiene un velero bien equipado: sonda, GPS (tres), radios, plotter, sonar, indicadores de velocidad y dirección del barco y viento; un detalle muy importante que no es habitual en los veleros: tiene dos radares.  Nada de esto había fallado, pero el timón automático, que era un Robertson de lo más grande que se pueda imaginar porque era fabricado para pesqueros medianos, ya había dado en el Pacífico muestras de descontento en el entendimiento -complejo- que llevan el programa de navegación de la PC de a bordo y alguno de los distintos GPS que le “hablaba” por su cuenta a él mismo. Gracias a Juan Carlos (Zorzoli) alguien dudó? que respondió a un llamado de auxilio hecho desde Higuerillas y “mágicamente” arregló todo para que no tuviéramos más inconvenientes.  Pero las cosas no se mueven linealmente por demasiado tiempo.  Habíamos descendido a los sagrados infiernos del Fuego por los canales que mostraban aquellas figuras de naufragios que les mostré y con nombres de fiordos que daban inquietud en el alma; todo esto, sin tener que pensar nunca más en el Robertson. Gracias a Juan Carlos ese gnomo rubio que supo conjurar lo que ninguno de nosotros podía.
Funcionaba bien como siempre hasta que de pronto se perdió ….  en un segundo y como cuando uno se abstrae de la realidad o se distrae….  Imperceptiblemente comenzó a devariar y de pronto se iba para donde a él le dictaba algún sueño…! Una vez, dos veces, decenas de veces; mientras tanto nosotros tratábamos de aislar el problema. 
Lógicamente no podíamos encontrarle la vuelta.  Pero al final Ignazzio desmontó el FluxGate del autopiloto, asumiendo que no era el mejor lugar donde estaba ubicado le añadimos un cable larguísimo, de más de veinte metros y como si fuéramos una procesión de un sacerdote y tres misioneros fuimos siguiéndolo por todo el barco en un recorrido místico que no hacía otra cosa que poner en duda todas la certezas electrónicas del equipo dándonos lugar a que introdujéramos la más mística teoría de su inconformidad con su último bautizmo; este último hecho al poco tiempo de zarpar de Punta del Este, lo nombró  con el nombre que yo sugerí: “Elpidio”….. claro él también se dio cuenta que era un apodo medio burlón para un criollo.  Y , si! No quiso llamarse así, y al tiempo nos lo hizo saber.
El fin de nuestro cuento el mes que viene.
Fernando Zerbo

| Quienes Somos | Distribución | Publicidad | Contacto | Archivo | Guía Náutica |
| Brokers | Clima | Tablas de mareas | Cartas Náuticas | Enlaces | Home |



El Mundo de los Barcos Magazine - Copyright © 2003
Primera Junta 996 - 1º "A" (1642) Bajo de San Isidro
Teléfono: (5411) 4742 - 0164
www.barcosmagazine.com - barcos@barcosmagazine.com
Gaby Medei
Nedstat Basic - Web site estadísticas gratuito
El contador para sitios web particulares