Un collar de piedras preciosas

Litoral Norte de San Pablo (Parte 1)
Son parte de un larguísimo collar de piedras preciosas que se extiende, escondido, entre las sierras y el océano Atlántico. Pero no son piedras, aunque sí preciosas. Son las playas, y playitas, del litoral norte de San Pablo, el motor industrial y financiero de Brasil, que, como no podía ser de otra manera, posee también su vasta región de costas, apenas descubiertas debido al secreto que se prestan en guardar los habitantes de San Pablo, empeñados en mantener su galería de bellezas naturales lejos de las promociones y la divulgación turística.
Son precisamente los brasileros de esa gran urbe que es San Pablo, quienes a la hora de descansar y pasarla bien, sólo viajan unos cuantos kilómetros, poco menos de dos horas, hasta su llamado Litoral Norte, la región donde fue fundada la primera ciudad de Brasil, Sao Vicente, y el mayor puerto latinoamericano, Santos, a 70 kilómetros del centro de San Pablo y vecino de la playa más famosa fuera del país, Guarujá.
Ochenta y ocho kilómetros separan el cemento de San Pablo de la arena fina, fría y blanca de Guarujá, a  la que llaman -como a Mar del Plata- “la Perla del Atlántico”.  Allí, el balneario de Enseada, de Guarujá, se convirtió en la primera playa donde puede hacerse surf de noche. Unos 15 reflectores ayudan a los surfers a domar las olas hasta bien pasada la medianoche. Una de las principales atracciones de Guarujá es su infraestructura para el turismo de familia y los grupos, igual que ocurre con Mar del Plata. Otra similitud entre las dos “perlas del Atlántico”: no es recomendable visitarla en temporada alta debido a los precios, que suben de manera directamente proporcional a la desaparición de la tranquilidad. Pero la ribera de Guarujá, hermosa e imponente al margen de una gran ciudad,  es sólo la antesala al tesoro apenas descubierto de las playas más pequeñas.
Suma ciento ocho kilómetros de arena apenas interrumpida por alguna gran roca, escolleras naturales o islitas rocosas. Por la BR 101, la ruta que conecta Santos con Rio de Janeiro, se puede llegar hasta el municipio de Sao Sebastiao, una especie de jardín ubicado estéticamente en las antípodas de la imponencia de cemento de San Pablo, donde conviven casi 20 millones de personas.
La costa de Sao Sebastiao compite, según la opinión unánime de los que la conocen, con los mejores destinos del nordeste de Brasil. Pero no es muy visitado por extranjeros, debido a que allí no hay aeropuerto (el más cercano es el internacional Guarulhos, a 200 kilómetros). Sí hay apenas una línea de ómnibus para llegar, a  través de una ruta que es una muestra de postales en sí misma, rodeada de un verde fulminante, muchísima vegetación, túneles extensos que atraviesan el corazón de las sierras y, casi en el final, mucho mar. Todo Sao Sebastiao está ubicada entre la frondosidad de la Sierra del Mar y el Atlántico, en cuyas orillas se suceden las más de 30 playas ocultas en la accidentada geografía, con un clima tropical propio demasiado húmedo y temperaturas que oscilan entre los 18 y los 36 grados durante todo el año.
Cada una de las playas tiene su pueblito que le da nombre. Juréia, Engenho, Barra do Una, Camburí, Camburizinho, Juqueí, Maresias, Barra do Sahy, Baleia, Boiçucanga y Maresías son algunos de ellos -o los mejores- y, cada uno, con propuestas diferentes pero tan cercanas que puede llegarse de una a la otra a pie.
Si el viaje es en automóvil es el sentido San Pablo-Río de Janeiro, el primer cartel a la orilla de la banquina anunciará Juréia, una playa ideal para el surf, con olas muy altas y rodeada del bosque atlántico. Juréia y su cercana Engenho, con un mar tan bravío que a veces se vuelve peligroso, son las más frecuentadas por los amantes del surf y del bodyboard.
Su vecina más cercana es Barra do Una, donde funciona el Yacht Club de la región. Es una de las más bonitas del collar y puede verse desde algunos de sus muelles la calma fusión del río que le da nombre, el río Una, con el Atlántico. Por sus aguas profundas, propicia un escenario de lujo aún para los navegantes más exigentes, sea para navegar por río por mar. El restaurante más frecuentado, y uno de los más accesibles, es el del Yacht Club, pero abundan allí los pequeños bares y las posadas tranquilas.
Entre Barra do Una y Barra do Sahy, dos playas similares y tranquilas, hay varias islas a las que sólo puede llegarse en veleros o en embarcaciones con motores fuera de borda. En dichas islas, además de mucha naturaleza y un mar sin olas transparente y cálido, no hay demasiadas comodidades para el turista, con excepción de un solo puestito que asa camarones y cangrejos pescados en el momento (a precios que superan los 25 dólares por porción) y mucha fauna para observar desde la costa y en cualquier sentido: hacia adentro de la selva, podrán verse monos pequeños y cientos de aves,  y bajo el agua, las estrellas de mar se mueven como peces en cardúmenes. Con la forma de una herradura, Barra do Sahy se levanta sobre una ensenada muy pintoresca y es la preferida por las familias con niños pequeños, tal vez más por tradición que por sus ventajas. Es encantadora, sí, pero sus aguas no son tan calmas ni tan cálidas como lo son las de Baleia, su joyita de al lado. Las casas más amplias, antiguas y ostentosas están construidas en los barrios cerrados de estas dos playas, Barra do Sahy y Baleia, por lo que sus balnearios son un tanto exclusivos con precios acordes con ello.  Bautizada en homenaje a una isla con forma de ballena que parece haber quedado encallada frente a ella, la playa de Baleia tiene la suavidad del terciopelo y su extensión parece inabarcable. Si se cierran los ojos y se acaricia la arena más cercana al mar la sensación sería la misma que la de tocar un puñado de harina recién tamizada. En días de marea baja, y hasta la media tarde, suele ser la playa con el mar más tranquilo de toda la región: como la rompiente se da a unos cincuenta metros adentro, una piscina natural se abre entre las olas y la arena, provocando un calma que -cuidado!- suele ser abruptamente interrumpida con la subida violenta de la marea.
De Camburí a Camburizinho uno puede llegar caminando: con el agua hasta la cintura al atravesar el clarísimo río Camburí o sencillamente por arriba del estrecho y breve puente construido en cemento hace un par de años, especialmente para los turistas en automóvil. Camburí y su hermano menor forman, juntos, una especie de paraíso perdido entre las rocas y la vegetación. Desde la playa de uno hacia el otro pueden contemplarse los mejores paisajes del litoral norte de San Pablo. Sus playas, de arena tan fina que a veces parece chillar al ser pisada, están unidas y delimitadas por el río y por una pequeña islita rocosa que hace las veces de muelle natural para los pescadores.
Y sus aguas son, según las horas, o muy verdes o muy azules pero no pueden ser vistas desde el pueblito porque un paredón protege la playa del tránsito de la calle principal y de la visita de los animales. Son reiterativos los carteles que prohíben llevar mascotas a la arena pero aún así en los atardeceres los perros de gran tamaño y carácter amigable, como los labradores y los golden retriever, son caminantes entusiastas entre los múltiples barcitos y restaurantes de la calle céntrica. Camburí es elegida generalmente por los surfistas y los devotos de deportes más radicales mientras que Camburizinho lo es por los pescadores y los bañistas, ya que sus aguas son un poco más cálidas que las de Camburí. De todas maneras, si uno se hospeda en cualquiera de las dos, la visita a la otra llevará sólo diez minutos a pie. Entre las opciones deportivas, abundan las propuestas para el paracaidismo, el rapel, los recorridos por cascadas y los paseos por tierra sinuosa, además de la navegación a vela, la pesca mar adentro y, desde allí, la contemplación de toda la costa y la captura de la más maravillosa imagen postal de la parte más bella de San Pablo. Abundan en estas playas las alternativas para pasar las noches: desde campings económicos ubicados a pocos metros del mar o bungalows con piscina hasta casas en barrios cerrados y hoteles resorts con mesitas sobre la arena. Al caer el sol, una de las discotecas más tradicionales de la región,  El Galeón, abre sus puertas sobre la calle principal, mientras presta uno de sus perfiles para el refugio de una gran feria de artesanos.
El mejor atardecer, en cambio, sólo puede mirarse desde la costa de lado, la de Boiçucanga, que además de mucha naturaleza, posee una gran infraestructura hotelera y gastronómica. Generalmente, quienes eligen hospedarse en una playita más tranquila, suelen conocer Boiçucanga sólo al atardecer o en los días de lluvia, porque es allí donde funciona el único shopping de la zona, con unas diez o doce tiendas casi a cielo abierto.
Entre tantas pequeñas joyas, sobresale Maresías, la playa más animada de todo el litoral de San Pablo. Un turista desprevenido, sólo se topará allí -si es de día- con jóvenes bronceados cargando su tabla de surf  y -de noche- con los mismos jóvenes parafinados yendo a los boliches. Es en Maresías donde en verano y durante feriados abren sus puertas las discotecas más tops y caras de todo el estado de San Pablo (algunas exigen pagar una entrada de unos 200 dólares). Es el canto más indicado para los más expertos sobre las olas. Y en Brasil se la conoce como praia do tombo (o playa del tumbo), en alusión a una caída violenta que puede experimentar cualquier bañista si se adentra apenas unos metros en el mar. Las olas violentas y la arena más gruesa la ubican en la esquina contraria a playas como Baleia, dejando en el medio del muestrario a lugares como Barra do Una, Barra do Sahy, Camburí o Camburizinho.
En cambio, si lo que se busca es un día entero sólo mirando las olas, el mejor escenario está tendido en dos playitas que son sólo eso, arena, alguna vegetación y todo mar. Nada más: ni puestitos, ni lugares para alquilar sombrillas ni ofertas para la práctica de deporte alguno. Se trata de las playas de Conchas y Preta, muy bien escondidas entre Juquey y Barra do Sahy, pero muy cerca -si se va por ruta- de Camburí y Camburizinho. Allí no hay nada más que unos cuantos caserones de propiedad privada. Y mucho, muchísimo sol. En el caso de la playa Preta, que quiere decir negra en portugués, la arena es precisamente bien oscura, con tonalidades grises que provocan la ilusión óptica de estar parados frente a un desierto de cenizas. Allí no hay posadas ni hoteles ni sitios en los que acampar. Son sólo dos parajes para procurar el súmmum del relax, si uno consigue olvidarse totalmente del auto que quedó estacionado en la banquina de la ruta -desde donde debe andarse por unos 300 metros  por un camino cuesta abajo cubierto de vegetación-  y no olvida llevar protector solar y agua bien fría. Ambos, en abundancia.
En el mismo camino, aún por la BR 101, puede llegarse hasta las lujosas Toque-Toque Pequeño o Toque-Toque Grande, incluso hasta playa Brava, con olas gigantes, arena muy gruesa y casi desierta, pero lo más bello ya habrá quedado atrás. Por lo menos hasta llegar a la gran ciudad de Caraguatatuba, destino obligado si lo que se pretende es conocer a la reina de tantas preciosidades: Ilhabela, que sólo puede ser alcanzada desde Caraguatatuba, previo viaje de veinte minutos en balsa. Pero ésa es otra historia.

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