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El Pantanal
Un reino de barro y aguas pobladas
Si el visitante espera agazapado, el esfuerzo y la paciencia valen la pena: uno puede observar momentos maravillosos de la vida cotidiana de los animales salvajes o pescar el mejor ejemplar que se haya visto de un dorado de unos 30 kilos, un pez reconocido en El Pantanal como el Rey del Río, debido a su osadía para acercarse al pescador en busca de comida y a su coraje para intentar escapar luego, con grandes saltos fuera del agua y pericia para zafar del anzuelo. Desplegado entre sierras y grandes pantanos, El Pantanal es la planicie inundada de manera natural más inmensa del planeta y un paraíso ecológico que hace las veces de corazón de Brasil, donde conviven los más ricos y raros ecosistemas, sea en la floresta o en las aguas. Por su extensión -que llega a los 230 mil kilómetros cuadrados, abarca territorios de Paraguay y Bolivia y una docena de municipios brasileros-, fue dividido en varios “sub- pantanales”, todos contenidos dentro de dos grandes conjuntos: El Pantanal Norte y El Pantanal Sur, abarcados principalmente por los estados brasileros de Matto Grosso y Mato Grosso do Sul.
El aeropuerto de Cuibá, capital de Mato Grosso, es la antesala al Pantanal Norte, cuya ruta de acceso marca de antemano el inicio de la aventura. Detrás del letrero que anuncia la ruta Transpantaneira, el visitante debe andar por 120 kilómetros de camino de tierra interrumpido por nada menos que 132 puentes y lentos pero largos yacarés que descansan en sus banquinas, hasta el río Jofre.
Para llegar a El Pantanal Sur, en cambio, el primer paso es pisar Corumbá, bautizada como capital de El Pantanal, ya que contiene el 50 por ciento su territorio y es uno de los puertos fluviales más importantes de Brasil, e incluso del mundo. Dicen sus lugareños que si se dejara una canoa suelta desde el puerto de Corumbá y sobre el río Paraguay demandaría seis meses para su llegada al río de la Plata. En rigor, el fluir del Paraguay es extremadamente lento y marcado por saltos geográficos.
Navegar, pescar y volver a navegar son las dos mejores actividades para llevar a cabo en El Pantanal. Sus aguas parecen interminables, el paisaje entre sierras y pantanos es avasallador y la fauna y la vegetación, variadísimas y exóticas. Aseguran los investigadores que se cuentan allí 650 tipos de aves, 270 especies de peces, 50 tipos de reptiles (entre los que sobresalen los yacarés gigantes), 190 clases de mamíferos y 1100 diferentes tipos de mariposas.
El río por andar es el Paraguay, que pese a su nombre es brasilero y tiene aquí 1693 kilómetros de extensión, baña las costas de los estados de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul, y pasa por Bolivia y Paraguay, antes de confluir con el Paraná, ya en región argentina, hasta donde el recorrido alcanza los 2621 kilómetros. En sus aguas, puede practicarse buceo, navegación en embarcaciones de grandes y pequeños portes y por supuesto la pesca. Los peces más buscados son el dorado, el pacú y el pintado. También puede probarse una aventura radical, como la de sumergirse entre cardúmenes de pirañas, una opción muy elegida por los turistas norteamericanos y europeos.
Entre las pequeñas escenas dignas de contemplar, uno puede seguir al detalle cómo se las ingenia un redondo pacú para devorar en menos de un minuto un mango caído en la orilla o deleitarse con el nado nocturno de un jaú, una especie de pez noctámbulo que pesa entre 25 y 100 kilos y acostumbra a guiarse, a falta de luz, sólo por el olfato y el gusto. El jaú es conocido como pez de cuero por no tener escamas, como el pintado.
Ejemplares enormes de jaú, rayas, palmitos, surubis, pintados, barbados, pacús o dorados, cualquiera o todos ellos, pueden ser capturados en aguas de El Pantanal entre los meses de junio a septiembre, cuando las lluvias dan una tregua a la región, la flora se muestra en su esplendor y los peces pasean al alcance del hilo de cualquier caña de pescar.
Pero hay reglas que el visitante debe seguir para no ser multado y que en sí mismas resultan promisorias. Por ejemplo: cada pescador puede llevarse consigo hasta 10 kilos de peces y más otro ejemplar de otra especie, siempre respetando el tamaño permitido que, en el caso del dorado debe superar los 55 centímetros de largo. En el del pacú, en cambio, debe ser superior a los 45; en el pintado, a los 80 y en el del barbado a los 60 centímetros. Si no, deben ser devueltos a los aguas. Y, antes de tirar el primer anzuelo, cada pescador debe solicitar una autorización ante la secretaría de Medio Ambiente de Mato Grosso do Sul (www.sema.ms.gov.br), que determina las temporadas abiertas de pesca. Al partir, la Policía Militar Ambiental envasa y lacra los pescados.
Antes de la conquista, el terreno se conocía como la Gran Laguna de los Xarayes. Y todavía, entre los nativos, se lo recuerda así. Sólo en 1981 fue creado el Parque Nacional de El Pantanal y doce años más tarde su territorio fue declarado patrimonio mundial, debido a los ecosistemas que viven allí a su importancia clave para la ecología del planeta. Para conocer este parque, es imprescindible llegar en barco, usar repelente de insectos, un buen sombrero y botas para lluvia. Allí, no hay sitios para hospedarse, pero en sus alrededores sobran opciones, ya que cada uno de los municipios que lo integran ofrecen diferentes alternativas, desde posadas familiares y estancias rurales a grandes hoteles resort, hosterías ecológicas y barcos-hoteles, que ofrecen -además de piscinas, gimnasios y salón de juegos- una semana de vida sobre el agua y navegación a diario en pequeñas embarcaciones amarradas bajo el ojo de buey de cada uno de sus camarotes.
Entre las incursiones de pesca, la actividad más requerida es un día entero, sí 24 horas, por las aguas del Paraguay, con observación de fauna terrestre y pesca incluidas, además de un raro menú que con todos los platos típicos locales. Los que sobresalen son los bifes de yacaré, las costillas de pacú, el caldo de piraña y las milanesas de ñandú, o ema, como se llama a este gran pájaro en Brasil.
En verdad, la ema, dueña de un pico poderosísimo y con un peso de unos 30 kilos, los yacarés, tucanes y papagayos son íconos de El Pantanal, además de la cigüeña más alta del mundo, llamada aquí como tuiuiu, y con una altura promedio de un metro y medio, que ilustra la mayoría de las postales del lugar y que son tan comunes como el jilguero en las pampas argentinas. Son abundantes los colores en cualquier rincón gracias las flores, los árboles, las distintas tonalidades de las aguas y, claro, las alas de las mariposas y el plumaje de los pájaros.
Avistar esos insectos multicolores y cualquiera de las 650 especies de pájaros es otra de las actividades imprescindibles para hacer en este territorio. Sobresalen entre ellos el martín pescador, tucanes, garzas, biguás, cabezas seca, curiucacas, loros y papagayos, entre ellos el llamado arara azul, un guacamayo grande que se destaca en cada árbol, de la misma manera en que lo hacen los monos, preferentemente el bugiu, pequeño y muy miedoso pero capaz de emitir un sonido asustador que el turista desprevenido puede confundir con el de un motor de camión. De todas las aves, la única especie agresiva es la gaviota, que suele atacar al forastero con picotazos al turista que se aproxime demasiado a sus nidos, construidos en el suelo.
Los leopardos y jaguaretés son la atracción de los safaris por tierra, aunque son menos usuales de ser vistos, debido a su habilidad para esconderse del visitante. No tienen el mismo talento los carpinchos, o capibaras en portugués, que sucumben ante cualquier extraño con un poco de comida a su alcance. Kristan, un periodista holandés que llegó a El Pantanal hace un año para hacer una nota sobre peces y acabó llevando consigo no un pescado sino un carpincho bebé, que ya cumplió un año y vive ahora en un moderno departamento de San Pablo, mojando su pelaje bajo la ducha dos veces al día. “Quería escribir y pescar mucho, pero me enamoré de Golphie (como llamó al carpincho) y lo llevé conmigo”, cuenta Kristan. En síntesis, El Pantanal ofrece saciar cualquier gusto, preferencia o necesidad. Wendel Rocha, por ejemplo, es un consultor del estado brasilero de Belo Horizonte, que desde que descubrió El Pantanal Sur vuelve allí una vez al año para experimentar menús exóticos, pescar y correr algún riesgo. “Una de las mejores experiencias que tuve fue la de nadar entre pirañas. La sensación es indescriptible y el gustito del caldo que luego hacés con ellas, también”, dice.
En cambio, Sergio Mello, un dentista de San Pablo, prefiere volver cada año junto a su padre y sus amigos para “pasar una semana maravillosa solos con el alma y la caña de pescar en una embarcación bajo las estrellas”. Sergio prefiere El Pantanal Norte, donde suele sorprenderse cada año con el tamaño cada vez mayor de los dorados que captura y luego asa en su casa para los amigos y deleitarse con esos 132 puentes custodiados por yacarés.
Entre las novedades, se cuentan un largo paseo de cinco días y seis noches en el barco Indiaporá III, de 32 metros de largo, con capacidad para 18 pescadores, salón de juegos, gimnasio, restaurante y demás comodidades y un precio mínimo caro, de 1500 dólares por persona. Y el Pantanal Express, un tren que viaja casi a velocidad peatón desde las ciudades de Campo Grande a Miranda, pensado especialmente para los visitantes que desean pasar un día contemplando las especies y los paisajes locales.
Otra alternativa en suelo brasileño es quedarse en las ciudades de Campo Grande, donde hay albergues ecológicos, y en Bonito, que como su nombre lo advierte posee algunos de los rincones con mayor belleza. Pero hasta ambas ciudades debe llegarse a través de Corumbá, adonde puede arribarse en barco, avión o por tierra, para lo que se recomienda movilizarse en 4 por 4. Y siempre, sin excepción, la mirada perdida en las bellezas naturales pero los reflejos bien aceitados. Es que nadie sabe quién o qué, además del turista, puede estar agazapado entre tanto pantano.
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