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De Club a Museo hay un largo paseo
Antes que nada, un club
El Tigre Club, como se lo conoció durante décadas, comenzó a construirse en 1910 bajo la dirección de la firma Pater-Dubois y la financiación del Ingeniero Emilio Mitre (hijo de Bartolomé Mitre), Ernesto Tornquist y Luis García. La idea era fundar un club que convocara a la elite local e internacional y fuera un espacio para la práctica de deportes y de esparcimiento, con la inclusión de un casino a la manera europea. Aunque se inauguró en 1913, el casino sería habilitado recién en 1927.
Desde sus inicios se constituyó en el centro social, turístico y recreativo más importante del país. Por el Tigre Club desfilaron las más encumbradas personalidades de aquella época, desde el presidente Julio A. Roca hasta el poeta Rubén Darío (vale mencionar que el poeta escribió allí sus conocidas “Divagaciones”). Las fiestas de fin de año y los carnavales eran citas obligadas para la alta sociedad de la época.
Anatomía de una leyenda
El edificio es de un ostentoso estilo renacentista, fruto de una actitud claramente academicista. El bronce y el hierro forjado predominan en sus pasarelas. La base de las columnas también son de bronce y la parte superior estucadas (masa de yeso y cola). Un arco de suaves equilibrios y extrema belleza nace en su entrada principal, atraviesa el Paseo Victoria y termina en glorieta a orillas del Río Luján.
Casi todos sus componentes fueron importados de los puntos más exclusivos del mundo, sobre todo de Europa. Tanto en las salas como en el salón principal sobresalen arañas francesas, caireles de bronce y cristales de Baccarat, las escaleras son de mármol de Carrara, los espejos venecianos, y los pisos fueron construidos con roble de Eslavonia.
Un párrafo aparte merece el fresco del cielorraso de la nave principal. Fue creado por el artista español Julio Vila Prades, quien diseñó una reunión de ninfas ejecutando partituras con instrumentos de vientos.
Renaciendo de las cenizas
En el año 1978 la Municipalidad de Tigre se hace cargo del edificio, declarado Monumento Histórico Nacional en 1979. Entre 1983 y 1997 funcionó allí el Concejo Deliberante. En la década de 1990 el municipio redestina estas instalaciones y -tras 4 millones de dólares de inversión en restauraciones- se da origen al actual Museo de Arte Tigre (MAT), abierto al público desde el 2006.
Décadas de abandono y uso inapropiado dejaron al lujoso edificio en estado casi ruinoso, a punto de colapsar. La tarea de recuperación se encaró con rigor técnico e histórico, con trabajo artesanal y meticuloso, a cargo de los mejores especialistas.
El entonces intendente local Ricardo Ubieto (muy querido por la gente del municipio y fallecido hace algunos años) resolvió que sería el Museo Municipal dedicado a la pintura rioplatense, temática que no contaba con una colección específica en el área metropolitana de Buenos Aires.
“En primera instancia se procedió a la consolidación estructural. La estructura metálica de las columnas por falta de mantenimiento y filtraciones se oxidó, rompiendo el revoque de piedra parís. Hubo que llegar al alma de las columnas, sacar lo oxidado, consolidar, y rehacer los revoques, todo por sectores, de allí el extenso plazo de ejecución”, explicaba Guillermo Zwanck, subsecretario de Obras Públicas de Tigre por aquel entonces.
La terraza que cruza sobre el Paseo Victorica para llegar al río Luján mostraba un gran deterioro. De allí se retiraron casi cien mil baldosas hexagonales originales de mármol de Carrara, se pulió una por una, y, previa restauración de la losa, se volvieron a colocar. Este trabajo llevó dos años. Los pisos de roble de Eslavonia se repararon con madera de la misma época obtenida de toneles de vino, tarea que llevó cuatro años. Se reparó la araña central, de cristal de roca, de las que sólo hay tres en el mundo. La escalera de mármol de Carrara debió ser desmontada por partes, luego recolocadas, para poder así reemplazar la estructura metálica original, también oxidada por la humedad y el olvido. Había estucos con siete manos de esmalte sintético encima, en los que se descubrió con cateos la capa original; lo mismo sucedió con los dorados a la hoja. Todas estas tareas las inspeccionaba diariamente el arquitecto Hugo Maciñeiras, director general de la obra.
Mediante un convenio con Edenor, se llevó a cabo un estudio realizado por un equipo de técnicos franceses (los encargados de iluminar la Torre Eiffel) que contempla una iluminación diferenciada para días comunes y festivos. El respeto por el edificio llevó a transformar el Paseo Victorica en peatonal bajo la terraza, para evitar nuevos deterioros producidos por el tránsito vehicular, y especialmente de colectivos.
El MAT es uno de los museos mejor equipados en cuanto a calidad museística, posee equipos de humidificación y climatización de última tecnología, así como personal especializado que integran los departamentos del Museo. Su sofisticado sistema de seguridad cuenta con cámaras de alta definición fijas, móviles y domos que, junto a sistemas detectores de movimiento, humo y temperatura, demuestran que la preservación y conservación de las obras son consideradas asignaturas esenciales.
La colección
La mayoría de las obras fueron elegidas por el mismo Ubieto -avezado coleccionista- en diferentes remates. Se trata de 160 obras firmadas por 70 grandes maestros, que arranca en la pintura iconográfica del siglo XIX, pone el énfasis en el vasto paisaje nacional y llega hasta las creaciones de mitad del siglo XX. El MAT cuenta con pinturas de Carlos Pellegrini, Juan León Palliére y Juan Mauricio Rugendas, José Aguyari, Eduardo Sívori, Ángel Della Valle y Graciano Mendilaharzu, sólo por nombrar algunos.
Benito Quinquela Martín, Pío Collivadino, Alfredo Lazzari y Justo Lynch se suman con sus escenas del interior del país, las cuales conviven con los frescos de Fernando Fader, Luis Cordiviola, Juan Carlos Castagnino, Florencio Molina Campos y Luis Aquino, entre muchos otros.
También se exponen aquí algunas obras de aquellos artistas que tomaron al Tigre como referente estético: Horacio Butler, Carlos Barberis, el acuarelista Jorge Larco y Fermín Eguía.
Completando la colección estable se pueden apreciar obras de la escuela de La Boca (Eugenio Daneri, Marcos Tiglio, Fortunato Lacámera y Miguel Carlos Victorica), maravillas de la figura humana (Antonio Álice y Lino Enea Spilimbergo), y clásicas pinturas de grandes maestros como Antonio Berni, Raúl Soldi y Juan Carlos Castagnino. Miguel Diomede está representado por “Matilde”, y Miguel Carlos Victorica por su “Viejo leyendo”.
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