La isla de los muchos nombres

Una noche, mientras dormía bajo la luna llena en la isla de Marae-toe-hau, Hau Maka tuvo un sueño.
El alma del sueño de Hau Maka voló hacia el sol naciente y pasó por encima de siete islas, inspeccionándolas a todas ellas. Pero ninguna de las siete fue de su agrado. De modo que prosiguió su viaje, volando más lejos, por encima del inmenso y vacío océano, y durante mucho tiempo estuvo sin ver tierra, sólo las olas del mar, hasta que finalmente llegó a una costa arenosa. El alma del sueño descendió. Se posó sobre una resplandeciente playa blanca y vio en el agua el pez Mahore. El alma del sueño anduvo entonces por la tierra y vio frutas maduras de todos los colores, que saboreó y fueron de su agrado. Aspiró las fragancias de todas las flores y arrancó una de color blanco que camufló detrás de su oreja. Y entonces el alma del sueño ascendió hasta el punto más elevado de aquella tierra desde donde podía verse la unión del océano y el cielo. Contemplando la isla, sintió que se acercaba una agradable brisa…
Allí era donde quería vivir.
Cuando Hau Maka despertó fue a reunirse con el rey Hotu Matua y le explicó lo que había visto su alma del sueño.
“Encontraremos esa tierra”, dijo el rey.
La leyenda de Hotu Matua y el descubrimiento de Rapa Nui (*)

Jakob Roggeveen, el descubridor
La Compañía Holandesa de las Indias Occidentales no estaba muy satisfecha de su capitán Roggeveen. Le había enviado lejos, al mar del Sur, para que tratara de encontrar la fabulosa tierra de Davis que, se decía, contenía grandes riquezas. Pero en lugar de ello Roggeveen sólo les dio cuenta de un archipiélago insignificante, a cuya isla principal arribó un domingo de Pascua. Dicha isla le había llamado especialmente la atención por encontrar en ella unos "ídolos de piedra, de unos nueve metros de altura y el correspondiente grueso", ante los cuales, los indígenas se agachaban y levantaban repetidamente los brazos. Pero a los sacos de pimienta de la Compañía de las Indias Occidentales no les interesaban las grandes estatuas de piedra, y Jakob Roggeveen tuvo que terminar sus días en Middelburg, sin volver a ver el mar del Sur ni ninguna de sus islas.

El ombligo del mundo
Henua Roa –otro de los muchos nombres de esta misteriosa ínsula- está apostada en medio del Pacífico. Situada a casi 4000 kms de Tahití y a 3700 kms del continente americano, es la isla más aislada del planeta.
Cuentan los pascuenses que rondaba el siglo V cuando Hotu-Matu'a, sus seis hijos y su esposa tuvieron que abandonar Hiva, en las actuales Islas Marquesas. Habían perdido la batalla contra una tribu rival. Sin rumbo ni destino, guiado únicamente por los dioses y por las estrellas, Hoto Matu'a y su prole llegaron a la perdida Isla de Pascua en dos grandes pahi (canoas dobles). ¿Qué les depararía esta nueva tierra solitaria?
La historia de Te pito o te Henua es misteriosa, y lo que sabemos se lo debemos a la tradición oral. Habitada originalmente por polinesios, parece increíble pensar que sus antepasados atravesaron estas inmensas distancias en canoa. Y resulta que eran grandes navegantes y expertos observadores del cielo; hasta construían mapas astrales con conchitas y redes. Además desarrollaron la idea del catamarán y utilizaban también la vela invertida, con la parte más ancha arriba, logrando así aprovechar mejor el viento.

Esos colosos inexplicables
“En casi todas las islas habitables del Pacífico meridional se encuentran restos de grandiosas culturas desconocidas. Estos productos de una técnica remotísima, y manifiestamente muy perfeccionada, inquietan a todo visitante que no se contenta con tomar de ellas unas cuantas fotos para su álbum de recuerdos, desterrando tercamente de su espíritu toda otra consideración sobre tales testimonios del pasado. Los pétreos documentos dan pie, en efecto, a especulaciones e hipótesis diversas.” (Erich Von Daniken, escritor suizo conocido por haber difundido la teoría de que la Tierra habría sido visitada por extraterrestres en el pasado)
Los moai de Rapa Nui, los exponentes más espectaculares de esta “técnica remotísima” en la Isla de Pascua, también son conocidos como los “ariga ora”. La palabra moai significa “para que no falte”, y el ariga ora es “el rostro viviente de los antepasados”. Cuando una persona de importancia y merecido respeto abandonaba la tierra de los vivos, su espíritu se sumergía en “Po”, el mundo de las profundidades. Entonces, aquellos que querían recordarlo y recibir de éstos su mana (o poder sobrenatural), construían su moai encima de un altar llamado “ahu” a los que estaba, y está, terminantemente prohibido subirse.
No se sabe a ciencia cierta cuándo los pascuenses se pusieron a tallar moais, cuña basáltica en mano, pero al día de hoy 887 asoman la cabeza repartidos por todos los rincones. Miden entre un metro 13 centímetros y casi 22 metros, llegando a pesar 180 toneladas (lo mismo que un avión Boeing 747). Sus constructores, 20 por estatua, tardaban un año en fabricarlos y dos años en transportarlos. Los llevaban en posición vertical como si fueran un frigorífico, de ahí que bailaran y danzaran.
Siempre los reunieron en grupos impares, y muchos cuentan con un gorrito de piedra volcánica roja, denominado pukao. Heyerdhal interpreta esta costumbre como un posible símbolo del cabello pelirrojo, el cual supuestamente ostentaban algunos antepasados pascuenses debido a su muy remota descendencia nórdica. Lo cual nos lleva a otro de los enigmas aún por resolver al respecto de los ariga ora. Como bien dice Von Daniken, refiriéndose a esos inigualables rostros esculpidos: “Si se toma como base que los polinesios fueron los verdaderos autores de las estatuas, queda por explicar cuál fue su fuente de inspiración para las formas y expresiones de tales figuras, cuyas características no se encuentran entre los miembros de ninguna tribu polinesia: narices largas y rectas, bocas apretadas, labios finos, ojos hundidos, frentes estrechas.” Como ya habíamos mencionado, Thor alega un posible origen nórdico de la rama migratoria oriunda de América comenzada por el valiente Tiki, un jefe nativo que emigró con su gente hacia las islas polinesias. Al parecer, esta civilización preincaica, habría tenido como ascendencia a uno o más vikingos sobrevivientes de alguna expedición perdida en el nuevo continente, y esa ascendencia se condeciría con “las narices largas y rectas” y demás rasgos típicos de los moai. En cambio, Von Daniken prefiere preguntarse si no serán estos los rostros de visitantes amistosos venidos de los cielos... La realidad es que ambas teorías están un tanto “tiradas de los pelos”.

La migración desde Sudamérica
Los misteriosos monolitos de la isla de Pascua y todas las demás reliquias de origen desconocido encontradas en este pedazo de tierra, situado en el más completo aislamiento, han dado origen a toda clase de especulaciones. Muchos observaron que los hallazgos de la isla de Pascua recuerdan en muchos aspectos los restos de las civilizaciones prehistóricas de Sudamérica. ¿Cómo es posible hecho semejante en aquella época y con aquella tecnología náutica tan rústica, tan aparentemente frágil?
Sabemos con absoluta certeza que la raza original de la Polinesia debe haber venido alguna vez, voluntaria o involuntariamente, a estas remotas islas, flotando a la deriva o navegando a vela. Y un examen cuidadoso de los habitantes de los mares del Sur muestra que no pueden haber pasado muchos siglos desde que esto ocurrió. Porque, aun cuando los polinesios viven desparramados sobre un área de mar cuatro veces mayor que Europa entera, las lenguas habladas en las diferentes islas no se han diversificado significativamente todavía. Hay miles de millas de por medio entre Hawai al norte y Nueva Zelanda al sur, desde Samoa en el oeste hasta la isla de Pascua en el este; y, sin embargo, todas estas tribus aisladas hablan dialectos de un lenguaje común, que nosotros hemos llamado polinesio.
La escritura era desconocida en todas las islas con excepción del Kohau Rongorongo, un lenguaje de grifos tallados en madera oriundo de Rapa Nui y que hasta hoy nadie ha podido descifrar.  Tenían escuelas cuya función esencial era la enseñanza poética de la historia, ya que en Polinesia la historia se confundía con la religión. Se practicaba el culto de los antepasados. Adoraban a sus jefes muertos; los hombres ilustrados podían enumerar los nombres de sus jefes hasta el momento del primer desembarco, algunos incluso se remontaban hasta Tiki.
“Allí -Perú, 500 años antes de la Era Cristiana- vivió una vez un pueblo desconocido, fundador de una de las más extrañas civilizaciones del mundo, que desapareció de pronto mucho tiempo atrás, como barrido de la superficie de la tierra. Este pueblo dejó tras sí enormes estatuas de piedra en forma de imágenes humanas, que recuerdan las encontradas en Pitcairn, en las Marquesas o en la isla de Pascua, y grandes pirámides construidas en escalones como las de Tahití y Samoa. Estos hombres con sus hachas de sílice cortaban de las montañas grandes bloques de piedra del tamaño de vagones de ferrocarril y los transportaban a muchos kilómetros de distancia, colocándolos de pie o uno sobre otro para formar portadas, muros enormes y terrazas, exactamente como los que vemos en algunas islas del Pacífico.” (Thor Heyerdahl).

Friedrich Behrens, el cronista
Apenas sabríamos nada de Roggeveen y del descubrimiento de la isla de Pascua, si no se hubiese encontrado a bordo del barco holandés un soldado escritor, Carl Friedrich Behrens, quien en 1737 y 1738 publicó dos libros sobre sus experiencias en el Pacífico: “Viaje por los países del Sur y alrededor del Mundo” y “El experimentado navegante de los mares del Sur”. Contrariamente a los jefes comerciales de la expedición, Behrens encontró a la isla de Pascua tremendamente interesante. Lo mismo que en todas las demás partes de la Polinesia, los indígenas se agruparon llenos de curiosidad alrededor de los recién llegados extranjeros. Behrens escribe: “Por la mañana avanzamos con tres botes y dos chalupas, ocupadas por 134 personas, todas ellas armadas con mosquetón, pistolas y machetes… avanzamos hasta alcanzar el nivel de la planicie, haciendo señales con la mano para que los nativos, que nos presionaban por todos lados en gran número, se apartaran de nuestro camino… inesperadamente y para nuestro gran asombro, se escucharon cuatro o cinco disparos en la retaguardia, junto con un vigoroso grito de: ¡Es el momento, es el momento! ¡Fuego!” Como Roggeveen no era Cook, dio a sus soldados orden de disparar: “En cuestión de un instante se produjeron treinta disparos, y los indios, asombrados y asustados, huyeron precipitadamente, dejando diez o doce muertos, además de los heridos… La confusión fue enorme; cayó mucha gente. ¡Sus hijos y sus nietos tendrán algo que contar acerca de nosotros!"
Los isleños que habían tenido este primer contacto con la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, no tenían armas de ninguna clase: "confiaban por completo en sus dioses y su ídolos". Como bien supo decir Jennifer Vanderbes en su libro “Isla de Pascua” al respecto de este horrible episodio:
“¿Cuán a menudo en la historia del mundo quedaba ese mismo relato, pendiente de discernir? Una partida de  exploradores armados salta a tierra y abre fuego. Los moai, el rongorongo (forma de escritura pascuense aún no descifrada), la extinción floral: nada de eso importaba. La Isla de Pascua era como cualquier otro pedazo de tierra: cuando después de siglos de aislamiento se encontraba con el resto del mundo, el mundo acababa con él.”

(*) Extraída de una compilación de leyendas polinesias de diversos orígenes publicada por Thomas Barthel, “The Eight Land: The Polinesian Discovery and Settlement of Easter Island”.
Fuente Principal: “Rapa Nui, la isla misteriosa”, por Jorge Barreno


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