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Florianópolis
El bueno conocido,lo mejor por conocer
Hay un destino en el sur de Brasil que es muy conocido por los argentinos viajeros; tanto que incluso hasta se ganó un apelativo en estas tierras. Se trata de Florianópolis, conocido por aquí como Floripa, a secas. Y para ser exactos, más que un destino es una amplia variedad de lugares sobre la arena empapada por el mar donde quedarse. Cuarenta y dos, exactamente.
Tal es la cantidad de las playas de Florianópolis, en el sureño estado brasileño de Santa Catarina, aunque hay quien cuenta más de un centenar de playas y playitas. Todas como recién sacadas de un enorme saco que bien podría llamarse paraíso casi tropical. La verdad es que no son tantas, para quien crea que 42 no es un buen número. Es que hay turistas -y lugareños también que parten y reparten grandes playas en más de una, cuando en rigor no lo son.
Florianópolis es bien conocido, sí, pero debido a su gran extensión y su múltiple y heterogénea oferta natural, amén de los bien diferentes tipos de turistas que la visitan, siempre esconde un rincón de alguna que aún se desconoce. Las hay de arena fina, media y gruesa, blancas o amarillas, con excesiva vegetación o modestas, llanas y planísimas o accidentadas y custodiadas por grandes morros rocosos y con elevadas dunas. Las hay desiertas o saturadas de bañistas y deportistas, de aguas tan tranquilas como un plato de sopa o de olas tan violentas que hasta parecen esgrimir sonidos guturales. En fin, las hay para cada preferencia, aunque es muy raro que quien adora el agua tibia, casi caliente, encuentre satisfacción total. Antes de visitar por primera vez el estado de Santa Catarina, debe saberse que por allí la temperatura acuática es más baja que en el nordeste de Brasil y en el Caribe, aunque es bastante más cálida que en la costa atlántica argentina. Más limpia y verde, también.
Entre tanta diversidad natural, se cuentan escenarios para todos los gustos. Quizás las más conocidas por el turista de América del Sur son las playas del norte de la isla porque hay que aclarar, Florianópolis es grande, sí, pero es una isla. Maravillosa, absolutamente. Canasvieiras e Ingleses son las dos preferidas por los argentinos. Son urbanizadas y atestadas de visitantes durante todo el verano. Incluso, son más caras a la hora de tomarse un trago en la arena o pagar la cena en cualquiera de los muchos restaurantes que se intercalan con hoteles de grandes balcones y con las alturas más elevadas de la isla. Es que en el resto de las playas -con excepción de alguna deliberadamente planificada- sobran más las pousadas de techos bajos, soslayando el centro de la ciudad, donde como en cualquier gran ciudad se cuentan por decenas los edificios altos y las avenidas transitadas. Otra de las elegidas por los argentinos y otros viajeros oriundos del Mercosur es Santinho, cuyo principal atractivo es el mega complejo hotelero Costado do Santinho, que no siempre es el indicado cuando uno tiene ganas de pasear a pie.
En el otro extremo, en el sur de la isla, la playa más visitada es Naufragados, aunque allí sólo puede accederse luego de andar largo rato -a veces horas- por un largo camino tortuoso o por barco. En la isla, navegar a vela, a motor o hasta en moto de agua es un deleite que tendrá buen destino hacia cualquiera de los puntos cardinales al que cada uno se dirija. También en el sur se halla Pantano do Sul, muy linda, colorida y usulamente tranquila.
En el medio, más bien en el este, se cuenta Lagoinha do Leste, otra playa hermosa de difícil acceso por tierra y ostentoso paisaje por mar. Cerca de allí, está Armacao, un reducto de visitantes y pescadores locales descendientes de los cazadores de ballenas, quienes bautizaron a esta playa. El nombre de Armacao remite al armado de los barcos balleneros, en el siglo XVIII, devenidos en la actualidad en grandes buques en los que pasean a los que no llegan en sus propio barco hasta allí. Alrededor de lo que fueron fábricas artesanales de naves caza ballenas, hoy se levantan una iglesia, pintorescos barcitos y un caserío local que ilustra muy bien cualquier foto postal.
Y por allí, se suceden las playas más visitadas por los surfistas, como Mole y Mocambique. Sus paisajes son casi lo opuesto a las costas tranquilas de Barra da Lagoa y Daniela, colmadas de familias, sombrillas y ese inconfundible aroma de bloqueador solar, además claro del olor a mate que, sea argentino o uruguayo, poco tiene que ver con el que toman los brasileños del sur y que lleva el nombre de chimarrao, mucho más amargo y fuerte que el del Plata.
La playa Joaquina es una mistura de ambos paisajes, rodeada por largas extensiones de arena, cuyo nombre fue engendrado -o viceversa- por una leyenda. Cuentan que allí, en el siglo XVIII, una estanciera de nombre homónimo fue devorada por una ola gigantesca, similar a la que en algunos atardeceres aprovechan los surfistas para cabalgar el mar. Andando por la carretera principal, ondulada y que hace las veces de lazo bidireccionado entre las playas, hay tres rincones perdidos a la orilla del mar. Son Ponta das Canas, en la que abundan los vendedores de jugo de caña de azúcar -una bebida típica de la región-, Lagoinha, una pequeña bahía tranquila rodeada por morros de piedras gigantes y muchísima vegetación -quizás uno de los mejores lugares y paisajes de la isla que hasta se deja escalar entre piedras y flores silvestres- y Praia Brava, que como su nombre lo alerta no es mansa pero tampoco con tanta furia y que es la niña mimada de la burguesía local.
La burguesía foránea, en cambio, prefiere la pretenciosa y en apariencia hollywoodense Jureré Internacional, una sucesión de carísimas mansiones con custodia privada, alarmas, autos de cientos de miles de dólares y un sistema de cloaca propio que parece imitar hasta el último detalle a algún barrio exclusivo de la costa californiana. Hay quien dijo que en algunas de sus esquinas, el encuentro de las calles y las construcciones evocan a paseos de la para muchos mítica Rodeo Drive y, para otros, a Miami Beach. Y hay algunos que consideran a esta playa como un modelo de prolijidad y bienestar, mientras hay críticos que la definen sólo como un paisaje impostor y artificial en medio de una naturaleza por demás de generosa. Justo al lado, la más terrenal Jureré es también una acogedora opción para quien busca arena, un trago raro en una barra a la sombra y la belleza del mar.
En Floripa, a secas, hay también una playa que lleva un nombre tenebroso. Es Matadeiros, donde hace más de doscientos años se asesinaba y descuartizaba a las ballenas capturadas con los barcos de Armacao. Hoy, allí, reinan los turistas alternativos, que eligen pasar unos días en casas precarias, despojados de lujos y cartas de restaurantes exóticos, alejados por un puente pequeño que atraviesa Sangradouro. Pero de aquella época hasta estos días, las aparentemente inabarcables arenas rocosas y de tonos marrones sobrevivieron y, donde otrora se encallaban y morían los mamíferos maríticos, hoy se duermen al sol los visitantes, al borde de un mar que rompe con profundidad peligrosa, entre el Morro das Pedras repleto de surfistas que se mueven cuidadosos entre las olas voluminosas y, en el otro extremo, la planicie de arena gruesa que llega hasta Armacao.
En Morro das Pedras se levanta uno de los pocos hoteles construidos en el borde del mar, el Morro das Pedras Praia Hotel, con una tarifa de U$S100 por día en cuarto doble durante enero y febrero, con excepción de las celebraciones de carnaval, a mediados de febrero. Similares valores son los de las playas del norte, y apenas más bajos los hoteles y pousadas ubicados más al sur. Pero hay innumerables pousadas diseminadas entre las playas que ofrecen tarifas más bajas con desayuno incluído y otras alternativas más caras como el complejo de Costado do Santinho y el Praia Mole Park Hotel, más sofisticado y con habitaciones dobles a partir de U$S140 por día y cabañas, también para dos, por U$S215. A la hora de comer, una picadita en la playa puede disfrutarse a partir de unos U$S10 o mucho más y una cena en restaurantes con sonido natural de rompiente de mar, por unos U$S20 el plato y hasta unos U$S275, según la elección, el cubierto y la calificación del sitio escogido. En la carretera Rodovia Haroldo Soares, está Zé do Cacupé, siempre repleto de comensales y con un festival de ostras que cada sábado ofrece 25 platos distintos. Para todas las preferencias y pretensiones, Florianópolis tiene una respuesta oportuna, acertada, entre noviembre y marzo. Incluso para aquel que va a buscar lo ya conocido y vuelve por más o para aquel que busca algo nuevo y muy variado. En rigor, el paisaje se ofrece y alberga de buena gana a cualquier visitante en el final de la primavera y en pleno verano, pero se cierra y la vegetación atractiva en días veraniegos se vuelve hostil en invierno, cuando el frío arremete y las playa son inhóspitas y las temperatura casi tan bajas como cualquier agosto en Buenos Aires. Bajo el sol fuerte, correr, nadar, navegar, bucear y hasta probar el físico con caminadas tortuosas cuesta arriba son actividades que hasta se vuelven increíbles en esta parte de Santa Catarina. Incluso, hasta lejos del mar, cuando el forastero se atreve, se cambian las ojotas por algún calzado apenas menos simple y se cruza el imponente y moderno puente -más pequeño pero con poco que enviadiar a los de Nueva York- que une a la isla con el centro, para recorrer desde el continente la costanera amplísima, cómoda y atractiva. Comer sushi o cualquier otro plato originario del mar y, si se busca romper sólo un poco con tanta quietud y tranquilidad, adentrarse en un centro comercial, de los más grandes del sur de Brasil. Por allí, al borde del mar o entre el cemento, de ojotas o bien calzado, Florianópolis sorprenderá con algún rinconcito desconocido. Inclusive para sus habitués.
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