Exploraciones egipcias en el continente negro

Cuando se narran las actividades de exploración realizadas en el Mundo Antiguo, rápidamente se recuerda a los intrépidos navegantes fenicios, quienes se aventuraron en el Atlántico y fueron los primeros en dar la vuelta al África (en tiempos del faraón Neco II). También conocemos a algunos marinos griegos, como el expedicionario marsellés Piteas (330 a.C.), quién recorrió las costas de la Galia y de Germania (Francia y Alemania), tocó las costas de Inglaterra y llegó hasta la remota isla de “Thule” (tal vez Noruega o Islandia), siguiendo probablemente rutas fenicias. Incluso muchos recuerdan a los más antiguos “mapamundi” confeccionados por el filósofo Anaximandro de Mileto (550 a.C.), por Eratóstenes de Cirene (284-192 a.C.) o por Ptolomeo de Alejandría (100-170 d.C.), los que sirvieron de reservorio de los conocimientos geográficos acumulados hasta su tiempo. Sin embargo, pocas veces se evocan las aventuras de los navegantes y exploradores egipcios, quienes viajaron extensamente por Siria, Fenicia, Creta, Chipre, Libia, Túnez, África oriental, el Sudán, el mar Rojo, la costa arábiga, Persia y posiblemente la India a través del océano Índico, al cual conocían con el nombre de “mar del Éufrates”.
Casi todos aquellos itinerarios fueron verdaderas empresas político-comerciales -muy vinculadas a cuestiones de poder y control- en los que transitaron numerosos contingentes humanos, como los 3.000 hombres que el faraón Mentuhotep III enviara al país de Punt en África oriental, o los 10.000 que -según se dice en los documentos de época- despachara Mentuhotep IV con igual destino al mando del experimentado explorador Amenemhet. La evocación de tales hazañas lejanas nos introduce en uno de los capítulos más apasionantes y menos conocido de la historia egipcia.
 
El país de Punt o las terrazas del incienso
El comienzo histórico de los viajes y expediciones egipcias al lejano y misterioso país de Punt desde el que se importaba el codiciado incienso (ampliamente comercializado en todo Oriente) marcó también el inicio de la exploración hacia el interior del continente africano. El primer testimonio de las actividades de exploración egipcia que se encuentra en la famosa “Piedra de Palermo” -documento perteneciente a la V Dinastía- es también el primer registro de la expedición al ya citado país de Punt (¿Somalía?, ¿Eritrea?, ¿Saba?, no lo sabemos). Dicho país, en los anales del Reino Antiguo se denominaba las “terrazas del incienso” (khetiu anti), y también el “país del dios” (Ta-neter). Con el tiempo la tierra de Punt estuvo comunicada por una ruta marítima regular -que iba desde el mar Rojo, pasando por los canales del Nilo hasta llegar al Mediterráneo- y otra más rápida con la ciudad fenicia de Biblos (Gubla), la cual albergaba uno de las más prósperos puertos comerciales del Mediterráneo oriental, verdadera ventana al mundo antiguo, como se registrara en una Inscripción dejada ocasionalmente en Asuán por un antiguo viajero: “Habiendo partido con mis amos, los príncipes y jefes del tesoro, Teti y Khui, a Biblos y Punt, viajé por estos países once veces”.
Más adelante en el tiempo, los reyes de la VI Dinastía emprendieron un esfuerzo sistemático por colonizar Nubia, idea que tendría fundamental importancia en el desarrollo económico posterior de Egipto. En el primer nomo del Alto Egipto (“to - seti”) ubicado por encima de la primera catarata, vivían los nehesiu o nubios, quienes en no pocas oportunidades suministraron soldados al ejército egipcio así como mano de obra para la explotación de minas de diorita y amatista. Merenra, sucesor de Pepi I, continuó con los planes de su antecesor ocupándose ya en su primer año de gobierno de la exploración de las tierras nubias. Por este motivo despachó al monarca de Elefantina -llamado Iri- y a su hijo Herkhuf  para explorar el país de Yam, establecer una ruta comercial directa y adelantar la colonización del lugar con fines, obviamente, de dominio político y económico.
Pese a que el faraón Merenra reinó por sólo unos pocos años, muriendo repentinamente, el nuevo faraón (su hermano menor) prosiguió con los planes de exploración. Según la tradición, Pepi II -quien habría vivido hasta la edad de 100 años y gobernado Egipto durante los últimos 96- era sólo un niño cuando accedió al trono. Por lo que está claro que más que ser el capricho de un faraón, la exploración de África interior obedecía a objetivos prefijados, de interés estratégico, que no fueron abandonados en el largo plazo. Por esta razón los egipcios tenían un especial interés en mantener la paz en esta región, un propósito adicional para las expediciones de Herkhuf. Al encontrarse en la región, este valiente príncipe de Elefantina se jactaba de haber restablecido la paz perdida al conseguir que el príncipe del país de Yam desistiera de sus deseos de conquistar los oasis donde vivían los timihu, lugares bajo influencia egipcia.
Las exploraciones de Herkhuf cumplían un papel esencial de control y de comercio hacia el sur de Egipto, con todo el sabor de la aventura, la audacia y la inteligencia de los más experimentados exploradores de todos los tiempos.
Así hacia el fin del largo reinado de Pepi II, Egipto había consolidado su posición en Nubia, los viajes de Biblos a Punt se habían establecido regularmente, y el intercambio comercial de maderas, incienso, piedras semipreciosas y productos de lujo alcanzó un extraordinario desarrollo, que puso en contacto a Oriente y Europa con África. Es posible ver allí uno de los “polos” de la riqueza de Egipto.
 
Hatchepsut y su relato petrificado
Durante la XI Dinastía, otro notable explorador egipcio llamado Henenu transportaba en barco, junto a cientos de hombres, materiales de construcción a través del mar Rojo (más allá de los aspectos meramente comerciales, los frecuentes viajes a Punt también son una indicación indirecta de la salud y el vigor del “Estado” egipcio). Henenu navegó bien al sur a lo largo de la península arábiga, tras lo cual dijo con orgullo: “Hice tal como el rey había mandado y le traje todo que había hallado en ambas costas de la Tierra de Dios”.
El relato que se conserva en el relieve funerario de Hatchepsut (reina-faraón de la Dinastía XVIII) en Deir el-Bahari, representa el primer ejemplo conocido de un cierto perfil antropológico dado al “estudio” de una cultura extranjera a la egipcia con el registro de la flora y fauna regional, los tipos humanos y las viviendas de sus habitantes, realizado con bastante detalle.
Sin duda los egipcios de aquella era disponían de medios de transporte marino más desarrollados para desplazarse que los de épocas anteriores. El jefe de la doble expedición por tierra y mar fue el egipcio Nehesi. La flota de navíos estaba compuesta por los llamados kebenit, o barcos largos con un espolón en la proa y un adorno en forma de papiro en la popa, que podían navegar a vela o remo. 
En el texto le dice Amón a la reina: "Exploraré las rutas hacia Punt, descubriré los caminos hacia las terrazas de mirra, tras guiar la tropa por agua y por tierra...". Y después en otra escena: "Navegaré por el mar tomando la ruta correcta hacia la Tierra del dios”. Por lo que los egipcios estaban seguros de haber encontrado la mejor ruta posible para viajar a Punt, sin necesidad de intermediarios. Existe una legendaria narración de un viaje pacífico, de acuerdo con “el señor de los dioses, Amón”, que tenía como objetivo obtener “las maravillas de todos los países”, productos exóticos y caros. Es obvio que el amor por el lujo estaba presente en la cultura egipcia: “Navegando por el mar, comenzando el buen camino hacia la Tierra del Dios, navegando en paz hacia el país de Punt, por el ejército del señor de las Dos Tierras, de acuerdo con la orden del señor de los dioses, Amón, señor de los tronos de las Dos Tierras, que está al frente de Karnak, para traerle las maravillas de todos los países porque él ama grandemente al rey del Alto y Bajo Egipto. Al llegar las tropas acamparían "junto a la terraza de mirra de Punt, al lado del mar", una indicación que ha servido como referente para intentar ubicar a Punt, país que parece haber estado situado junto a lomas de montañas, muy cercanas al mar.

Los tesoros de Punt
¿Qué encontraron los navegantes de Hatshepsut en la tierra que visitaban? Hallaron un conjunto de chozas cónicas -no se indica cuantas- levantadas sobre pilotes entre las palmeras, según fueran registradas por los pintores egipcios de la reina, llevados en la expedición con la intención premeditada de perpetuar el momento para las generaciones futuras. Inmediatamente, vinieron al encuentro de los visitantes los grandes personajes del país de Punt, por supuesto su reina (la que fue representada con ciertas deformidades físicas, probablemente elefantiasis), su hija y un grupo de hombres destacados, con quienes intercambiaron gestos de saludo y regalos; los mejores productos de cada país.
El documento refiere que la pacífica y exitosa expedición -no podía ser de otro modo- volvió a Egipto con barcos pesadamente cargados: “Llegada de los Grandes del Punt, inclinándose con la cabeza gacha… entonan alabanzas al señor de los dioses Amón-Ra. Ellos dicen, solicitando la paz: '¿Por qué habéis llegado hasta aquí, hasta este país que la gente desconoce?, ¿Habéis venido por los caminos del cielo?, ¿Habéis navegado sobre las aguas, por la tierra y el mar de la Tierra del dios? ¿Habéis marchado (por el camino) de Ra? Cargando los barcos pesadamente con las maravillas del País de Punt: todas las buenas maderas aromáticas de mirra, ébano, marfil puro, oro verde de Amu, madera de cinamomo, madera-hesyt, incienso ihemut, incienso, pintura de ojos, monos, babuinos, perros, pieles de pantera del sur, y siervos y sus hijos. Jamás se trajo nada igual a esto para ningún (otro) rey desde el principio del tiempo".
Es particularmente interesante el registro cuidadoso de todo lo que fue embarcado (el incienso medido en litros, las variadas clases de perfumes, las pieles animales y los siervos adquiridos junto con sus hijos), con rumbo a la ciudad de Tebas, incluyéndose árboles con tierra originaria cuidadosamente transplantados; lo que revela profundos conocimientos de jardinería.
 
El por qué de Deir el-Bahari
Si este relato en piedras fúnebres resulta llamativo, no lo es solamente por lo que revela de aquella expedición sino también por lo que evita decir. A lo largo de su reinado, Hatshepsut dedicó un gran esfuerzo tanto a las actividades edilicias como a las comerciales, por lo que la expedición a Punt se enmarcaba en su proyecto económico y en el mantenimiento de su poder político, basado en Amón su “padre” divino. De hecho la expedición fue ordenada a través de un oráculo del mismo dios según el cual debían abrirse las rutas hacia el Punt, debían ser atravesados los caminos hacia las terrazas de la Mirra: “Conduciré el ejército por tierra y por mar para traer las maravillas de la Tierra del dios, con todo lo que había ordenado la majestad de este dios, según el deseo de su majestad, para que se le de vida, estabilidad y dominio como Ra, eternamente”.
Por lo que la expedición aparece justificada en el relato como un acto de la misma voluntad divina, lo que a priori implicaba un buen negocio para los mercaderes y para el Estado egipcio. Pero, ¿por qué realizarlo y conmemorarlo con tanta pompa, ya que no era el primer viaje a Punt, país que ya era conocido desde los tiempos lejanos del Reino Antiguo? Seguramente no fue la primicia de la excursión comercial, sino su significado en el contexto de la legitimación de una reina faraón, porque de hecho eso era Deir el-Bahari, un documento de legitimación política. 
Por esto quizás, la fuente que nos “describe” toda la expedición, los preparativos, la partida de los expedicionarios, su llegada, la admiración de los aborígenes, las negociaciones, los artículos obtenidos y el triunfante regreso -¿no parece demasiado idílico?- evita sin embargo decirnos claramente qué artículos dieron a cambio de los productos obtenidos, en qué cantidad y cuáles fueron las condiciones generales de una negociación que aparenta haberse sostenido en términos de relativa igualdad. n
 
Fuente principal: “La exploración de África en los textos egipcios”,
por Sahure a Neco II.

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