Al fondo del asunto
Así y todo existe una porción creciente de la comunidad científica dedicada de lleno a esta, la última terra incógnita de nuestro planeta. Las profundidades oceánicas son un lugar donde, como ocurría en tierra firme allá por las décadas victorianas, cada día se descubren especies nuevas, desde gigantescos tiburones hasta microbios de todos los colores.
Según señaló Philippe Bouchet, profesor del Museo de Historia Natural de Francia, en las fosas abisales de nuestro globo viven alrededor de 275.000 especies de organismos marinos. La vida en las grandes profundidades marinas -que representan el 90% del volumen del océano- no se descubrió hasta mediados del siglo XIX, y se observó directamente por primera vez en 1949, desconocimiento motivado sobre todo por la dificultad técnica de acceder a un lugar donde no hay luz y la presión es enorme. Sin embargo, estas son zonas que se han revelado como unas de las más “vivas” del planeta.
"Sólo el plancton es el sistema biológico más grande de la Tierra, mucho más importante que la jungla amazónica, con un tamaño 300 veces mayor y donde habitan muchos más organismos de los que lo hacen en tierra. Si el Amazonas fuera el pulmón izquierdo de la Tierra (anatómicamente el más pequeño), el océano sería el derecho", remarcó el doctor George A. Boxhall, investigador del Museo de Historia Natural de Londres. Las mayores oportunidades para el descubrimiento de nuevas formas de vida se encuentran en hábitats remotos o extremos, como fosas oceánicas, cuevas submarinas, ambientes hipersalinos y anóxicos (carentes de oxígeno), fuentes hidrotermales e incluso en esqueletos de ballenas, donde se han encontrado, por ejemplo, unos gusanos marinos -Osedax- de hasta metro y medio de largo que no tienen ni boca ni estómago y se alimentan, como los encontrados en las fuentes hidrotermales, de bacterias. Esos sitios serán los que centren la atención de los científicos especializados en la investigación marina; lugares que -según cuenta Bouchet- deben reunir dos condiciones para atraer a los expertos: que alberguen especies desconocidas y que sean hábitats en peligro por la acción del hombre. Hoy en día, los ecosistemas marinos que corren más peligro son los arrecifes de coral.
En ese fondo abisal, que se extiende desde los 200 metros de profundidad del talud continental hasta las llanuras abisales (entre 4.000 y 6.000 metros), es donde investigadores como la española Eva Ramírez han encontrado ecosistemas muy particulares, capaces de sobrevivir en ausencia de luz, a muchísima presión y en aguas cuyas temperaturas son extremadamente bajas.
De hecho, en tan solo un año de investigación, se han encontrado nada menos que 13.000 especies nuevas de flora y fauna marina en diferentes rincones de nuestro planeta. Aunque la mayoría son organismos microscópicos, unos 100 corresponden a diferentes tipos de peces. El hallazgo es parte de una alianza científica denominada Censo de la Vida Marina, integrada por expertos de 70 países del mundo. Los científicos buscan crear un registro después de 10 años de investigación. Este proyecto comenzó en 2000. Entre los muchos casos registrados, está el pez gobi con rayas que tiene una relación simbiótica con un camarón y que habita en las aguas alrededor de la isla de Guam, en el Océano Pacífico. Otro hallazgo fue una especie de pulpo y un tipo de alga marina parecida a un coral oriundos del estrecho de Prince William, en Alaska.
"Aún queda mucho más por descubrir", dice el doctor Chris German del Centro Oceanográfico de Southhampton en Gran Bretaña, quien encabeza uno de los grupos de investigación. German señaló que la mayoría de la flora y fauna se descubrió sobre el lecho marino debajo de las rutas por donde navegan las grandes embarcaciones. "Después de la Segunda Guerra Mundial, la navegación por el Oceáno Atlántico Norte tuvo un gran desarrollo. Se pensaría que es una zona bastante estudiada, pero frente a nuestras naríces todavía queda mucho por descubrir", señaló el científico.
Los científicos piensan que la documentación y clasificación de las especies microscópicas puede ser de vital ayuda para comprender los aún innumerables misterios del clima planetario. Estas formas de vida invisible para el ojo humano, utilizan el dióxido de carbono del aire y lo almacenan en el lecho marino. "El estudio del código genético de las especies ayudará a determinar la evolución de la vida marina que se desarrolló hace más de tres mil millones de años", señaló Frederick Gassele, otro de los directores del proyecto. Los integrantes del estudio piensan que al finalizar el proyecto se habrá encontrado un total de 20.000 especies de peces y casi dos millones de especies de animales y plantas.
El problema de este tipo de investigaciones radica en las dificultades técnicas necesarias para llegar hasta el fondo marino. Además de la difícil elaboración de robots submarinos de exploración científica se suman cartografías de alta resolución, instrumentos hidroacústicos, cámaras isotérmicas, y muchos aparatos más. Todo ello para investigar unos recursos biológicos de gran importancia para sectores como la industria, las farmacéuticas y la biología molecular.
Según Carlos Duarte, profesor del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados, la exploración de los fondos marinos es vital "no sólo para encontrar nuevas especies, sino también porque ahí hemos podido observar nuevos procesos gracias a los cuales funciona la vida". Y agrega: "Es cierto que antes no éramos capaces de descender tan abajo, porque no teníamos la tecnología adecuada para hacerlo, pero 40 años después de que el hombre haya puesto un pie en la luna, sólo hemos sido capaces de mandar un brazo robot al fondo marino. ¡Ni siquiera lo hemos podido pisar!
Para este científico, el objetivo de la investigación en el siglo XXI debe estar no en planetas lejanos, como Marte o Venus, "donde el retorno de resultados es muy pequeño”, sino en los fondos abisales. "Además, esta exploración es tanto o más excitante que la del espacio, y los desarrollos de biotecnología obtenidos a partir de moléculas y bacterias encontradas en el agua ya están en la mesa de laboratorios farmacéuticos", apuntó.
De hecho, un equipo de científicos franceses ha presentado el descubrimiento de una molécula extraída de las algas pardas capaz de estimular el sistema inmunológico de las plantas. Y otras muchas aplicaciones de estos diminutos seres vivos oceánicos ya están en marcha. Como bien lo dijo Duarte: "El único obstáculo es nuestra imaginación. Todo lo que pensemos que se puede solucionar con la ayuda de estas nuevas moléculas y bacterias lo podremos hacer. Sólo hay que seguir investigando ahí abajo, en el último y fabuloso reservorio de vida que aún no ha sido visto por la Humanidad".
Nautilus del nuevo milenio
El "SeaOrbiter" es un buque semisumergible de diseño futurista que se dedica a estudiar la contaminación marina desde los comienzos del 2008. Parece un curioso objeto marino salido de la imaginación del escritor Julio Verne. Es un silencioso buque sin motor, de 51 metros de altura y casi por completo sumergible, que se deja llevar por la corriente del golfo, en el océano Atlántico, para estudiar la vida marina y la contaminación.
Al contrario del emblemático Nautilus y de todos los otros sumergibles modernos que deben salir regularmente a la superficie, el SeaOrbiter se dedica a observar el océano las 24 horas del día, ya que 31 metros de su estructura están sumergidos permanentemente. Transporta una tripulación de 18 personas, quienes analizan los efectos de la contaminación en los ecosistemas del océano, el papel de las corrientes marinas e incluso el comportamiento de las especies en presencia de un objeto silencioso. Para ellos, el buque de Rougerie está provisto de cámaras y micrófonos controlados a distancia capaces de grabar imágenes y sonidos a 600 metros de profundidad.
El creador del proyecto, el arquitecto y oceanógrafo francés Jacques Rougerie, afirma que su motivación es llamar la atención del gran público sobre el mar y las amenazas que enfrenta. “Mi principal objetivo es pedagógico: dar a la gente la oportunidad de aprender un poco más sobre el mar", dijo Rougerie a la prensa en sus oficinas de París, instaladas en una embarcación anclada en el río Sena, a pocos metros de la plaza de la Concordia. Y agrega: "El SeaOrbiter dispone de un equipo de oceanógrafos y ambientalistas y de equipamiento técnico de alta calidad para analizar la presencia de dióxido de carbono en el agua del mar y su diseminación en virtud de las corrientes. También se dedica a estudiar la concentración salina del agua marina, la dinámica de las corrientes, los ritmos de cambios de densidad poblacional y de especies, entre muchas otras cosas.”
El arquitecto francés teme que, debido a su dinámica, el agua de mar se convierta a mediano plazo en vector incontrolable de contaminantes y de virus. "Como podemos ver actualmente con las distintas epidemias gripales, hay virus mutantes que se adaptan a las más extrañas de las condiciones. Existe la posibilidad de que un virus se adapte a un organismo marino, lo que constituiría una catástrofe ecológica y de salud de dimensiones globales, dada la dinámica de las corrientes marinas", argumentó Rougerie, muy preocupado con este tema. El SeaOrbiter deriva guiado por la corriente de agua cálida que fluye por el océano Atlántico desde el golfo de México hacia la proximidad de las costas europeas y funciona como un centinela continuo de la biología marina. En su porción sumergible el vehículo dispone de una sección presurizada que permite a la tripulación salir directamente bajo el agua en caso de necesitar una observación inesperada, sin necesidad de someterse a las largas y penosas sesiones de descompresión previas y posteriores al buceo. Además, y debido a que las condiciones de vida en un navío de este tipo son comparables a las de una nave espacial, el SeaOrbiter podrá ser utilizado como base de entrenamiento para astronautas. El proyecto SeaOrbiter es una asociación de empresas privadas y de los institutos oceanográficos de Marintek.