A favor de la corriente
Profundo conocedor del agua y sus diferentes máscaras, Coco ha nadado, navegado y remado como pocos en este mundo. Ex guardavida de Mar del Plata, socio fundador de varios clubes costeros y presidente del club GEBA durante 8 años, es el dueño de su legendario “Picaseso” y ahora está gestionando la recuperación de una pintoresca chata delteña. Supo cruzar el Atlántico a vela y el Río de la Plata a nado (con un record homologado de 15 horas y 17 minutos), ganó varias regatas surcando la costa latinoamericana y desde que le crecieron los primeros pelos en la barba que viene compitiendo en carreras de nado de larga distancia.
En una de estas pruebas -la mayoría efectuadas en el Río Paraná- conoció a quien fuera su mujer durante muchos y felices años y con quien disfrutaba luego en los viajes por ese mismo río que recorrían de a tramos a bordo del Imperial II (barco que Coco tuvo antes del Picaseso).
La idea y la previa
Hará cosa de un año, mientras navegaba volviendo de Recife, a Coco se le ocurre una sencilla pero contundente idea: bajar el Paraná remando como un homenaje a su mujer.
Así sin más, se compró un botecito con doble compartimiento estanco y entrenó largos meses en la costa de Buenos Aires. Salía todos los días y remaba primero dos horas, luego cuatro y al final ocho sin parar. Incluso cuenta que una vez llegó a remar 24 horas seguidas, haciendo el recorrido desde el club Barlovento hasta Palmira y vuelta.
Se consiguió todas las cartas náuticas del Paraná, remodeló un trailer y él mismo se fue -el 7 de diciembre pasado- con el bote a cuestas hasta la triple frontera, iniciando la travesía el 10 en el Río Iguazú, 5 Km. antes del destacamento Puerto Iguazú de la Prefectura Naval Argentina (PNA). Coco no se olvidó de aclararme que Rafael Tuvi, capitán del Barlovento, lo ayudó mucho en todo lo referido a la gestión y logística de esta aventura y fue el amigo con quien mantuvo contacto telefónico diario desde principio a fin del recorrido (también hizo mucho hincapié en los “muchachos del 106”, es decir, en los miembros de la PNA que le dieron una mano y lo cuidaron durante todo el trayecto).
Su dieta diaria durante el día: 2 bananas, 1 tableta de cereal, 1 pastilla de holomagnesio, 1 pastilla de vitamina B (excelente, además, para desanimar a los mosquitos), 5 litros de agua.
“Eso sí -me aclara- adonde fuera que llegara para pasar la noche, lo primero que hacía era tomarme una cervecita bien fría. Y por las noches, fiel amante del Dorado y el Surubí, comía pescado o en su defecto, unas ricas pastas.
Coleccionando anécdotas
Al principio del trayecto y cuando ya el sofocante calor de la jungla misionera no lo dejaba continuar, Coco -que aún no era muy conciente de la amenaza “prehistórica”- se tiraba al río, se ataba el cabo del bote a la cintura y nadaba -feliz- durante una hora seguida. Esto, claro, hasta que en el Riacho Espinillo tuvo su primer encuentro con el “rey-dios” del Paraná: el yacaré. Remando como venía siempre -la mirada apuntando a la popa- de repente golpeó algo duro que Coco interpretó primero como un gran tronco. Se trataba de un hermoso ejemplar de no menos de tres metros que frenó en seco la embarcación lanzando a Coco hacia proa. El animal, sin asomo de violencia, se deslizó lejos y con el arrastre que tenía su cuerpo hizo virar el bote casi por completo. Desde aquel día, nadar por el Paraná seria para Coco tan sólo un lejano y refrescante recuerdo…
De los 23 días que le tomó hacer a Conte este largo recorrido, 5 los durmió en carpa. En una oportunidad, le tocó llegar a una escuela -desierta por ser verano- y se decidió por montar la canadiense dentro del perímetro de rejas que la misma tenia. Lo que no se había dado cuenta era que habían aprovechado la ausencia de los niños para ubicar unos chanchos adentro del predio escolar, así que Coco no tuvo más remedio que soportar -durante toda la noche- los gruñidos y ¡peor! las flatulencias de sus despreocupados vecinos.
También recuerda con mucha alegría la hospitalidad de la gente, rasgo típico de aquellos pocos afortunados que viven alejados de la histeria citadina. Por ejemplo, cuando llegó a Paraná perseguido de cerca por un temporal, atracó en el Yacht Club del mismo nombre y uno de los socios -un tal Eduardo - lo invitó a descansar los huesos en su crucerito, cosa que Coco agradeció con gusto. De más está decir que se pasaron toda la noche charlando y prometieron volverse a ver.
En el puesto de la prefectura de Puerto Mado (uno de los primeros puestos en los que estuvo) los suboficiales le habían acomodado un colchón en lo alto para que no lo picaran las víboras. Uno de ellos, sin embargo, había dicho: “No se preocupe. De todas formas los perros nunca las van a dejar pasar”.
El problema apareció cuando Coco quiso bajar de su cucheta para ir al baño y los perros -desconfiados del extraño inquilino- no lo dejaron...
El presidente y el yaguareté
Aquí y allá conoció gente de lo más interesante. Por ejemplo a un tal señor Merger, nieto de quien fuera la primera maquinista mujer del legendario Pipin, un (supuestamente conocido) barquito a vela y vapor que surcaba el Paraná en los tiempos de la colonia.
En otra oportunidad se puso a conversar con Don César, quien juraba ser el ahijado de un aventurero de principios de siglo pasado, protagonista de la siguiente historia: de joven había hecho, junto con un amigo, el trayecto de Corumbá (cerca del Pantanal, en el Río Paraguay) hasta Buenos Aires en un bote -no muy distinto al de Coco pero con aparejo incluido- y en el camino se habían cruzado con un silencioso yaguareté. Al parecer su amigo estaba “meditando” entre los matorrales cuando de repente se le acerca uno de estos temibles felinos por detrás. El padrino de César alcanzó a disparar justo antes de que la bestia atacara a su amigo. Una vez arribados a la gran ciudad, los alegres sobrevivientes le obsequiaron la hermosa piel de cazador “cazado” al -por aquel entonces- presidente Ortiz.
El Chapulín Aguirre fue otro de los personajes que conoció en el viaje. Su rancho quedaba cerca de Esquina, a mitad de camino del trayecto más largo de todo el recorrido entre un puesto de la prefectura y el siguiente. Allí se quedó una noche en compañía de este ilustre lugareño, su abnegada esposa y su hija menor, que aun vivía con ellos. El Chapulín, contento de agasajar a tan selecto invitado, sacrificó un corderito ahí mismo y lo cocinó en un horno hecho con tres llantas de camión. Su casa era literalmente un zoológico. Albergaba, por supuesto, todos animales de la zona: yacarés, ñandúes, carpinchos, curuyús (especie de víbora constrictora), entre muchos otros.
Datos e improntas
El Paraná cambia el color del agua recién cuando se conecta con el Paraguay, que viene más rojizo, pero hasta entonces es claro y verdoso, consecuencia de un fondo más rocoso, más límpido. En esta primera sección del recorrido (Misiones), Coco tuvo que lidiar con mucha turbulencia (aguas agitadas debido al susodicho fondo de rocas) y remolinos que llegaban a sumergirse hasta 50 cm en su centro. Jamás se va a olvidar de dos “fotogramas” que quedaron marcadas a fuego en su memoria: una hermosísima cascada -no menos de 20 metros de altura- que encontró en un escondido rincón del Río Iguazú argentino, y la llegada a Itatí (en Corrientes). “Se ve la cúpula de a basílica a más de 10 Km. antes de llegar al pueblo. Y a la salida otro tanto tiene que pasar antes de que la misma cúpula se esconda detrás del eterno verde”.
En los 23 días que le tomó hacer este viaje, Coco remaba al menos durante 10 horas en cada uno, excepto aquella vez que sólo remó 4 debido a la fuerza de un temporal que lo obligó a detenerse y pasar el resto del día achicando agua con un tarrito. Por lo que Coco recuerda, de la represa Yaciretá para arriba sólo vio dos o tres chatas y a partir de Rosario es que notó claramente el cambio del agua por acción de la polución. También a partir de Rosario debió tomar mayor recaudo por los grandes buques: “Me sentía más seguro remando entre yacarés que esquivando esas latas gigantes de la Hidrovía”.
Recuerdos quedan miles en el tintero pero seguir sería redundar o peor, intentar una novela en el espacio de una nota. Sencillamente quería dar cuenta de esta notable aventura que el amigo Coco, a sus escasos 69 años, supo idear y experimentar con la gracia y la humildad que sólo poseen los grandes -y anónimos- de este mundo. Lo último que me aclaró antes de despedirnos fue el broche de oro perfecto para cerrar toda la cosa: “Lo mío no fue una proeza, pibe. Cualquiera lo puede hacer”.
Nota mental del periodista: “Antes de los 70 bajar el Paraná. De lo posible, en un bote y, si me queda algo de aire, hacerlo a remo.”