Lo que el mar se llevó

No se trata de que todas las olas callen algo que deberían contar, pero muchas veces en las entrañas del mar se esconden grandes historias, o al menos párrafos de ellas, que permanecen sumergidas hace siglos bajo el ancla de algún navío naufragado, en el corazón de piedra de una estatua que hizo fondo, en el abrazo de dos misteriosos árboles con hojas de corazones, en cualquier brújula que no sirvió para la fuga o simplemente en alguna gruta a metros de profundidad. ¿Qué se esconde en el fondo del mar? Es obvio, nunca nadie lo sabrá en su totalidad. Quizás. Pero hay vestigios de historias, anécdotas o leyendas que son vox populi. Y tienen sus atractivos. Es el caso de algunos de los párrafos sumergidos y recontados en unos tres mil metros de la costa norte del litoral de San Pablo, a poco más de cien kilómetros del centro financiero de América latina.
Allí, partiendo de las playas y playitas conocidas como el collar de piedras preciosas paulista pueden emprenderse varios paseos y, de algún modo, perderse en esos cuentos, leyendas de fantasmas y almas en pena, de rebeliones y de una gran historia de amor que no llegó al puerto cierto.

Puerto 1. La gran historia de amor es contada en la ciudad marítima de Sao Sebastiao, y alude a una pareja de amantes de uno de los rincones más bellos del estado de San Pablo, Ilhabela. Sus habitantes aseveran que hace siglos vivía en Praia do Sino un muchacho humilde que se enamoró de una joven hermosa como pocas, de la playa Pontal da Cruz. Era un amor prohibido, pero aún así, cada atardecer, aquel muchacho cruzaba a nado el canal para ver a la mujer de sus sueños, hasta que en una de sus visitas descubrió que su musa coqueteaba con otro hombre. Devastado, embistió su canoa contra la inmensidad de las piedras que antes esquivaba con esmero. Al saber del destino de su amado, la joven agonizó de pena hasta morir. Entre las piedras donde se estrelló el frustrado navegante se erige una gran cruz y, alrededor de ésta crecieron misteriosamente de la rocosidad salada por el mar,  dos gigantes y entrelazados albaricoqueros, árbol de la familia de las rosáceas con largas ramas sin espinas, flores blancas, hojas con formas de corazón y frutos muy dulces que en Brasil sólo crece en la región amazónica.
El eco de aquel gran amor puede sentirse, o por lo menos perseguirse, en medio de un paseo igual al que cada tarde emprendía el muchacho de la historia: el trayecto parte de Praia Figueira, en Sao Sebastiao, y continúa por el canal entre la isla y el continente, con escalas en las más bonitas playas del recorrido, como Jabaquara, que se extiende por medio kilómetro surcada por dos riachos en cada extremo. Ecos Cultural es el grupo que ofrece guías para este trayecto y puede contratarse en Pontal da Cruz, por unos U$S 25 por persona.

Puerto 2. Frente a Ilhabela, se abre la gran ciudad de Ubatuba, tan codiciada por aquí  como lo es Mar del Plata en la Argentina. Y cerca de las costas de Ubatuba parece flotar la Ilha Anchieta, donde hasta 1955 funcionó un gran presidio en el que se confinaba a los presos considerados peligrosos. Tres años antes de la clausura del presidio de Anchieta hubo una fuga masiva en la que 300 prisioneros probaron escaparse en canoas o simplemente nadando por mar. En aquella ocasión, 139 presos fueron recapturados; el resto desapareció. Aseguran quienes viven por allí que algunas noches las ánimas de aquellos presos pueden oírse en las profundidades. Quien quiera comprobarlo, debe sumergirse en los alrededores de la isla. Allí, una gran sorpresa: a nueve metros de profundidad sobrevive casi intacta una gran estatua del navegante e investigador francés Jacques Cousteau, quien se declaró enamorado de aquel lugar.
Si la intención es palpar estos secretos bajo el mar, primero debe adquirirse un certificado que habilite el buceo. Y luego, puede embarcarse en la goleta que sale todos los días del Saco da Ribeira, en Ubatuba. Tras el buceo a nueve metros, quien se aventure puede caminar por la Ilha Anchieta y visitar las ruinas del presidio, antes de continuar navegando hacia Praia do Sul hasta el fin de la tarde. El recorrido tiene un valor de unos U$S 22 por persona, pero si antes se pretende adquirir la habilitación para bucear, el costo asciende a unos U$S 120. Hay empresas en Ubatuba, como la denominada Omnimare, que ofrecen un entrenamiento de dos horas en una piscina antes de partir a bordo de la goleta.

Puerto 3. Otra historia de ánimas perdidas es la que se cuenta en Praia do Castelhanos, un paraíso casi escondido en un extremo de Ilhabela, conocida entre otras cosas por ser el puerto cerca del cual se rindieron varios barcos, que naufragaron antes de tocarla. Precisamente allí, en 1916 y frente a Ponta Pirabura se hundió el buque Príncipe de Asturias, popularmente llamado aquí el “Titanic de Brasil”. Desde entonces, los pescadores nacidos y criados en Ilhabela identifican a la región como Praia da Caveira (calavera) y evitan atravesarla solos porque -se empeñan en explicar- “aún pueden oirse gritos” de quienes desaparecieron en el mar hace casi un siglo.
Para los osados, hay un paseo maravilloso, aunque caro. Por unos U$S 900 dólares por cada grupo de seis personas, hay quien embarca y guía a los visitantes a bordo de un velero que se detiene en la desierta Praia da Caveira para continuar por el Saco de Eustaquio, dueño de una parte del mar y un paisaje de inigualable belleza. Allí, el velero tira ancla y los seis a bordo, más los guías, deben pasar la noche en una atractiva pousada del lugar, cerca del restaurante Del Mirante de Eustaquio, que sirve caipirinhas de sabores bien variados y originales, como la de hojas de mandarina, por unos U$S 5. 

Puerto 4. La tranquilidad tiene un hogar en Ilha de Monte de Trigo, a unos 15 kilómetros de la costa de Sao Sebastiao y, paradójicamente, tiene un origen bastante agitado, al pie de un pico de 276 metros de altura, consecuencia más visible de las violentas actividades volcánicas registradas hace siglos. Cuentan que los actuales moradores a la sombra del antiguo volcán son los descendientes de quienes sobrevivieron a un naufragio ocurrido en sus costas hace 300 años. En rigor, los lugareños no suelen dar demasiadas muestras de hospitalidad y prefieren que nadie desembarque allí -por lo menos es lo que aseguran los operadores de turismo locales-. Pero lo mejor no está por tierra sino bajo agua. Cualquier turista que se atreva a bucear por allí podrá visitar varias grutas y cuevas submarinas que albergan efectos de sonido y luces parecidos a los que se ostentan en el Tirreno, al sur de Italia.
   El primer paso rumbo a las profundidades debe darse sobre la superficie, a través de paseos que salen diariamente de las playas de Juquehy, Barra do Sahy o Barra do Una, cada una ubicada al lado de la otra. Y antes, o después, de tirarse al agua, es imperdible una visita a Ilha das Couves. Todo ello está incluido en los recorridos que tienen un valor promedio de U$S 75 por persona, por unas seis horas y que salen desde cualquiera de estas playas,  en las que vale la pena quedarse por más de un par de días.

Entre la estatua perdida de Cousteau, árboles misteriosos de frutos dulces, rumores de fantasmas y grutas sumergidas hay muchas otras historias, leyendas y destinos rarísimos en los que perderse por un rato, sumergidos cerca de las costas del litoral  norte de San Pablo, a poco más de dos horas y media de avión de Buenos Aires y otro tiempo similar en auto o autobús hasta los dominios de Sao Sebastiao. Una vez allí, es sólo elegir la aventura, empaparse con algunas de esas historias que el mar se llevó y partir -o volver- a buen puerto.

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Gaby Medei
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