Un lugar con dunas gigantes y playas y dromedarios
Hay una ciudad en el norte de Brasil que lleva un nombre católico: Natal (Navidad, en español), donde el sol brilla hasta quince horas por día y el aire que se respira es uno de los más limpios del planeta. Por su proximidad con el trópico, la temperatura media anual es de casi 30 grados. Es la capital menos violenta de las brasileras y fue elegida una de las sedes del mundial de fútbol por disputarse en 2014.
Por todo ello, y algunas cosas más, es que para quien planee asistir a algún partido del mundial por llegar en cuatro años, Natal es una alternativa atractiva para hospedarse y más allá de ver buen fútbol, estrechar una fuerte relación con el mar. Esto es, para quien planee un viaje a largo plazo o para cualquiera que desee adelantarse y conocer una de las maravillas brasileras desde ahora, en cualquier momento.
Allí, el mar es limpísimo y muy cálido. La arena también lo es, como los son los paisajes que se levantan en dunas blancas, elegidos como los más bonitos del nordeste brasilero. Justamente, el cartón postal de Natal es la playa Ponta Negra, más exactamente el Morro do Careca, donde las dunas de arena llegan a los 107 metros de altura y parecen siempre en movimiento o a punto de estallar por tanta vegetación concentada desde el ras del mar hacia las alturas.
Pero la playa más famosa de Natal es otra: Genipabu, ubicada a 25 kilómetros del centro de Natal, es en realidad la más procurada del estado de Rio Grande do Norte. A diferencia del verde exuberante de Ponta Negra, en Genipabu el blanco resplandece junto al mar, tanto que sus reflejos oscilan entre lo deslumbrante y lo cegador.
Además de los paseos en embarcaciones de diferentes portes que proliferan en ambas playas, en Genipabu hay una actividad que es casi una obligación a cumplir por el turista. Son los paseos en dromedarios. No es que sean nativos de la zona, aunque lo parecen, ya que fueron importados desde el norte de Africa hace años y son desde entonces parte del paisaje. Y de cualquier foto que vaya a llevarse el visitante como recuerdo. Hay otras dos aventuras por perseguir en Genipabu: tranquilos recorridos en jangadas bien cerca de la costa y el arriesgado esquí-bunda (la traducción más adecuada para bunda es trasero), desafío en el que alguien se sienta sobre un esquí y prueba destreza contra reloj, sea entre las olas o descendiendo de las dunas.
Desde Genipabu parte a diario un paseo imperdible. Es en embarcaciones rústica hechas en el lugar que llegan hasta Barra do Rio Ceará-Mirim. En rigor, y a simple vista, las embarcaciones no parecen más que grandes trozos de madera, o puertas de dimensiones que alguna vez fueron pintadas a mano y quedaron en desuso, pero navegan con cierto nivel de seguridad y hasta son capaces de transportar buggys por varios kilómetros.
Con los buggies, el aventurero recorre las dunas gigantes y hasta puede pasear mezclado entre los dromedarios. El paseo que combina navegación en las embarcaciones rústicas y recorridos en buggy por las dunas tiene un valor promedio de U$S 40 por persona y si el punto de partida es el centro de Natal y el destino el Porto Mirim, el recorrido se extiende por unas ocho horas, de 9 a.m a 5 p.m. generalmente, y por unos 40 kilómetros en total.
Las playas que más seducen a los visitantes, en este paseo, son Graçandu y Pitangui, una villa de pescadores, cuyas dunas son verdaderamente doradas y caen sobre una laguna demasiado calma. Hay altos coqueros y una cascadita, que dan un marco atractivo para paseos de tirolesa. Si Genipabu es la más famosa, la villa Pipa, en cambio, es la más hermosa de toda la costa brasilera, según las preferencias de los extranjeros que buscan combinar naturaleza pura con comodidad de cadenas hoteleras. A poco más de 80 kilómetros de Natal, Pipa ofrece hospedajes que van de U$S 20 a U$S 400 por persona y más de una docena de paseos mar adentro, además de abrir paso a la contemplación de la naturaleza más genuina, que parece descansar en cientos de rincones de sus costas.
Hay, por ejemplo, paseos de escuna para todos los gustos y presupuestos: una alternativa es navegar sólo por las playas de Pipa (que, claro, son más de una y todas con atractivos propios y diferentes). El viaje comenzará entonces por la playa del Amor y la piedra tradicional de Pipa, que es el símbolo de la villa, para continuar por la playa Dos Golfinhos (delfines), en cuyas cercanías pueden contarse innumerables delfines buscando agradar a quien los observa, para llegar por fin a la playa Madeiro, desplegada con soberbia sobre la arena que parece inacabable. En cualquiera de las paradas, los navegantes pueden sumergirse para nadar, bucear o simplemente refrescarse. Esta alternativa tiene un valor de U$S 15 por persona y dura casi dos horas.
Una segunda opción es recorrer las playas pero con una larga y obligada parada en un restaurante a la orilla del mar para probar los peces y crustáceos de la región, todo incluido por unos U$S 22. Y una tercera chance es pasar toda la tarde a bordo, recorriendo las mismas playas para llegar después a la laguna Guaraíras, justo antes de la puesta del sol, una de las más bonitas y codiciadas de esta parte del mundo, según los entendidos. Entre una playa y otra, el pasajero podrá degustar brochette de camarones y bruschettas diversas más varios tragos típicos con y sin alcohol. Todo, por U$S 45 por persona, según los valores de la empresa Aventureiro, que ofrece descuentos por internet (www.aventureironautica.com.br)
De la simpleza a lo pretencioso, se cuentan otros paseos náuticos en los alrededores de Pipa: desde kayaks o canoas con denominadas “remadas ecológicas” que se atreven por los pasajes más esctrechos, hasta jornadas de pesca de siete horas en yates que se promocionan con cutaro radios, dos GPS y dos comandos, entre otras cosas (www.ocea.nico.com), pasando por paseos gastronómicos en veleros y muchas otras alternativas que pueden ser contratadas ya en destino. Fuera del mar, hay opciones de travesías en cuatro por cuatro y deportes que precisan de alturas, como el aladeltismo y alguna otra variante autóctona.
En el litoral norte de Natal, en cambio, el mar parece dormido frente a la playa de Maracajau, escenario ideal para el buceo, que puede llegar hasta los tres metros de profunidad con una temperatura de 28 grados.
Y, más cerca, a escasos 20 kilómetros de Natal, el visitante estará frente a frente con el protagonista de unos de los récords registrados ya en el libro Guiness. Se trata del más grande árbol de castañas de cajú del mundo, con una copa que según los nativos llega a los siete mil metros cuadrados. Es en la playa de Pirangi, repleta de piscinas naturales que pueden recorrerse a pie o en jangadas. Sus aguas son cristalinas, cálidas y por demás de lentas.
Hay muchas otras razones por las que Natal fue elegida una de las sedes del mundial 2014, pero para ello falta mucho. Sólo un dato más: el mes pasado, en Sudáfrica, Natal fue el destino sobre el que más preguntaron los turistas de todas partes del mundo que con la excusa del fútbol habían llegado a Johanesburgo, donde el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva inauguró la llamada Casa Brasil, para la promoción turísitica de sus playas. Desde ahora, en el ministerio de Turismo brasilero estima que al menos 600 mil turistas visitarán este territorio sólo en el mes de la próxima copa del mundo. Así, quien desee conocer Natal tal como realmente es -calma, bellísima, limpia, poco transitada, sin violencias y silenciosa - tiene un motivo para apurarse y llegar antes que los fanáticos de la pelota y las vuvuzelas.