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Más allá de la Panela
Rumbo a Vila, la capital de Vanuatu en la isla de Efate
Son apenas unas 250 millas de fácil navegación, pero estando en la latitud de unos 15 grados Sur ya nos empieza a molestar el “South West Pacific Convergence Zone”: zona donde convergen los alisios del hemisferio Sur con el del Norte, causando calmas y lloviznas muchas veces con escasa visibilidad.
Y así nos pasa con la entrada al puerto de Vila: las últimas 20 millas con una niebla de escasos 100 m de visibilidad nos vamos acercando con radar tratando de obviar los tantos arrecifes y bancos que obstruyen la entrada al mismo puerto.
Mi simpática tripulación de estos dos jóvenes muchachos se despide en un vuelo de vuelta a Nueva Zelanda, mientras yo espero un viejo amigo y “probado” tripulante, que actualmente vive en Australia pero viene con avión a Vila para acompañarme en un crucero por el archipiélago.
Olcay - así se llama el “Turco” (…es “Turco” de verdad!) - ya había hecho conmigo los viajes de Nueva Zelanda a New Caledonia (1200 millas) en varias oportunidades.
Olcay tiene unos 40 años y es -lo que considero después de experiencias con literalmente cientos de tripulantes (incluyendo las tantas regatas corridas con el “Marina 2”)- de una edad casi ideal como “tripu”.
Sabemos que los muy jóvenes son capaces de esfuerzos grandes, pero de corta duración, aparte de comer como “caballos” y de necesitar el sueño de un “oso invernado”.
Así partimos de Vila, unidos con esta confianza mutua que solamente pueden dar las miles de millas navegadas juntos, siempre rumbo Norte, pasando por Port Havanah, una bahía muy grande y protegida donde solía “esconderse” parte de la flota americana durante la segunda guerra mundial. La próxima escala será Lemon Bay, en la isla de Epi a unas 60 millas de allí, una distancia algo crítica cuando uno debe evitar pasar por los arrecifes de noche: tanto en la salida de Port Havanah como en la llegada a Lemon Bay. Esta vez optamos por salir ya temprano a la tarde y hacer tiempo durante la travesía como para poder llegar a destino con la primera luz de mañana.
Yo, debo confesar, soy algo “alérgico” a recifes y rocas, dado a que en 1976 sufrí un terrible accidente con el mismo “Marina”, que fue casi totalmente destruido durante un temporal en Punta del Este.
Ver “morir” su barco sobre unas rocas es un acontecimiento terriblemente traumatizante, una “lección” de la cual uno no se podrá olvidar jamás en su vida!
Llegamos bien a Lemon Bay, saludados por el “jefe” que aún bien recuerda el “Marina” de anteriores visitas a su isla, cuyas aguas cristalinas de temperaturas tropicales invitan a nadar y bucear saludando al casi único “sea cow” (Dugong) que pacíficamente está “pastando” por los fondos de aquella bahía tan idílica.
Pero lamentablemente yo no puedo ser de la partida: unas tantas heridas de golpes y rasguños cosechados durante la travesía por alta mar no quieren curarse y muy al contrario se infectan cada vez más en las temperaturas tropicales llenas de bacterias y virus de toda clase. Así -por casi toda la duración de nuestro crucero por Vanuatu- mis patas de rana y snorkel deben quedar guardados en una de las amplias y profundas bancadas del cockpit.
Es de esta isla que guardo un recuerdo de la extrema amabilidad de la gente de Vanuatu.
Estábamos subiendo por un monte conduciendo a un pequeño pueblito arriba de una montaña con vistas sobre el mar hacia las vecinas islas de Malekula y Pentecost. Me llamó la atención de que virtualmente nadie poblaba las calles de tierra, ni siquiera tampoco de que alguna cara se hubiera acercado a alguna ventana. Eramos dos “blancos” y ya por esta razón, siempre una pequeña sensación sobre todo para los chicos.
Al dejar el pueblo y bajando de vuelta el caminito hacia el mar, escuché
unos pasos acelerados, casi corriendo detrás nuestro y nos alcanzó una mujer con una nena en sus brazos y una bolsa llena de bananas que debía haber cosechado en su cercano jardín. Y por qué estaba corriendo así para darnos alcance? Vino a entregarnos la bolsa con las bananas, diciendo medio en bislam / inglés: “disculpen que vengo tarde, es que no querríamos que dejen nuestro pueblo sin una atención de nuestra gente !!!!!!!!!!!”
Nos quedamos ¡¡“m-u-d-o-s”!!
Y la otra, casi diría “lección” la recibimos en esta misma isla de Epi cuando, queriendo comprar (este término tan usual en nuestro mundo occidental, global y comercial…) unas papayas y viendo a un hombre de cierta edad pasando con su canoa por el Marina fondeado en esta hermosa bahía, le preguntamos si nos podría vender alguna de esta fruta. El se acercó con su canoa - nos miró seriamente - y nos dijo: “estas papayas son para mi familia, así que no se las puedo vender… pero me gustaría regalarles la mitad de ellas para que guarden un buen recuerdo de la gente de nuestra isla”.
¡Qué lección! para nosotros, gente acostumbrada al “cuánto vale ó cuánto cuesta??” en este mundo tan comercializado que nos rodea.
Lamentablemente el tiempo desmejora: poco sol, lloviznas, alta humedad y calor. Seguimos más al Norte costeando la gran isla de Malekula: el mar un espejo, ni una gota de viento, un sol - cuando sale por las nubes - que aprieta y se asemeja a las escenas tan bien descriptas por Joseph Conrad en su novela Lord Jim.
La marcha, relativamente lenta a motor, tampoco da muchas ilusiones en la pesca, algo que yendo a algo más de 6-7 nudos da normalmente grandes resultados, sobre todo que Vanuatu no tiene problemas de ciguatera- un envenenamiento de peces muy difundido en la relativamente cerca Nueva Caledonia.
Estamos ya a mitad de octubre, cerca de latitud 13 S y con la temporada de ciclones acercándose. Aún tomando antibióticos, las infecciones de mis heridas no llegan a mejorar.
Olcay va a tener que volver a Australia a fin de mes para sus trabajos y además llegará mi pareja Daniela del Brasil a Noumea, New Caledonia, coincidiendo con la partida de mi “Turco”. Así que vamos a rumbear para Luganville, en la isla de Santos: la segunda ciudad de importancia de Vanuatu y aparte de Vila, el único “port of call” oficial, para hacer los trámites de Aduana e Inmigración entrando o saliendo de Vanuatu.
Yo ya conocía Luganville de visitas anteriores: es un “nido de ratas”, sucio y abandonado! Apenas hay posibilidades de comprar provisiones frescas, con calles polvorientas y mucha burocracia (y costos!) para hacer los trámites del rol de zarpe.
De allí son unas 500 millas a Nueva Caledonia, siendo el rumbo promedio SSE y puede llegar a ser un viaje de ceñida contra alisios del Este soplando generalmente a 25 nudos. Pero tuvimos suerte, al principio por lo menos, dado que nuestros alisios estaban soplando más de ENE. Así nos fue hasta llegar a las islas de la Lealtad (Iles de Loyaute en francés). Estas 3 islas al Noreste de New Caledonia se llaman Mare, Lifou y Ouvea.
Nuestro plan es el de pasar entre las dos primeras haciendo rumbo al Passe de Havannah que es una de las entradas a la gran laguna que circunda la Gran Terre de Nueva Caledonia.
Es de madrugada ya y estamos entre las dos islas, cuando nuestro cómodo ENE se calma y ya no se dejan esperar los alisios del SE. Imposible de hacer rumbo al passe, hacemos rumbo a una ceñida rabiosa al SSW. Faltan unas 80 millas solamente, pero está claro que se va a hacer de noche antes de poder llegar a la isla principal. Estudiando las cartas con la lupa, detecto un pequeño passe bastante al Norte del de la Havannah, claro ya no con las marcas, faros y boyas del otro. Obviamente un pasaje por los arrecifes concebido para los pescadores de la zona con conocimiento local.
Dejando el Marina derivar un poco nos acercamos algo más rápido al arrecife, por lo menos para antes de anochecer poder distinguir las partes con rompiente.
Mi amigo Olcay está muy preocupado y se pone salvavidas y cinturón. Yo trato de tranquilizarlo contándole de mi experiencia en las tantas regatas a Rio, donde - aún de noche haciendo bordes muy cerca de la costa brasileña - se viraba recién cuando se escuchaba la rompiente de la cercana playa.
Cerca de la costa, del otro lado de los arrecifes, hay un canal de aceptable profundidad en el que se podría navegar aún de noche hasta el cercano puerto de yates.
Al aproximarnos a los arrecifes la ecosonda baja sin misericordia hasta llegar a unos 20 pies - profundidad que parecerá mucha en el Río de la Plata - pero aquí significa casi tocando fondo.
Olcay está adentro y me “canta” el GPS (las cartas de Nueva Caledonia, en contraste con Vanuatu son bastante precisas)… y yo mirando ecosonda y con algo de “sea-sensing” adquirido en las tantas millas navegadas me atrevo a pasar por lo que parece ser un especie de canal, vagamente indicado en la carta. Sube la ecosonda, Olcay se saca su salvavidas…y nos aprestamos para entrar, casi ya de noche, en el pequeño puerto.
A la mañana siguiente vamos bien cerquita de la costa hacia el Passe de Havannah y tenemos suerte ya que la correntada es casi neutra. Cuando la gran laguna vacía sus aguas en bajamar al Pacífico, se pueden llegar a encontrar correntadas de hasta 8 nudos en contra.
El 22 de octubre de 2009 llegamos a Noumea la capital de la Nouvelle Caledonie. Aquí se habla francés y nada más que francés: pero las baguettes fresquitas de mañana, los quesos brie, los pate de foie… y todas aquellas cosas de gourmet tienen lo suyo: ¡j'aime la Nouvelle Caledonie!
El Marina amarró en la Marina de Port Moselle, directamente en el centro de Noumea, frente al mercado abierto donde se ofrecen todo tipo de frutas tropicales, pescado fresco, e innumerables clases de verduras. Todo a precios, que hasta para uno con euros le hacen caer de espaldas: lo único barato son las baguettes. Supuestamente están subvencionados por el Gobierno francés. La mano de obra, de la más barata, no se consigue debajo de US$ 55 la hora. (Atención potenciales emigrantes de la Argentina!)
Ayer llegó Daniela de Recife, Brasil en un vuelo de total 30 horas plus vía Buenos Aires-Auckland-Noumea. Nos vamos a la famosa Hile des Pins (sí: es aquella la “P” de contraste con la “B” del título de mi nota).
De Noumea dista solamente unas 60 millas, pero es todo “de jeta”. Los alisios se refuerzan en el Canal de Wodin y es cuestión de esperar un poco a que los vientos viren algo al NE…ó de tener un motor fuerte. El Marina, con su Yanmar de 27 HP no se cuenta entre aquellos afortunados.
Y hay que salir bien de madrugada cuando los vientos alisios aún no se han visto reforzados por los efectos térmicos de las sierras recalentadas por un sol implacable. Camino al “paraíso” que es la Iles des Pins hemos tenido un pique: un Spanish Mackarel. Es un pescado algo sospechoso de ciguatera en esta zona. La primera noche de llegada comimos sólo un poquito para ver si había algún efecto… (como no tenemos gato a bordo para hacérselo probar primero!) Pero a la mañana siguiente estábamos muy bien y en la cena de la noche siguiente ya comíamos decididamente con más apetito.
Iles des Pins: playas de arena finísima blanca, blanca. Un mar cristalino y sin arrecifes, caminatas mañaneras a la Boulangerie cercana bajo las palmeras en la playa. Y casi no hay turistas: ¿será por la distancia, ó serán los precios? Pero sí siempre hay una decena de veleros fondeados en la Bahía de Kuto: connaisseurs que han venido de todas partes del mundo a este paraíso. El Marina de la Isla B es uno de ellos.
(Continuará)
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