De cero al "Elisa Madre"

Para toda la vida
Miguel Ángel siempre se relacionó con el agua: “Para mí el paisaje no está completo si no incluye un lago, un río o el mismísimo océano”. Como buen amante de la náutica, pasó por todas las embarcaciones habidas y por haber, desde su primera canoa canadiense hasta lanchas de mediano porte. La  nueva chata, con sus 14,50 metros de eslora, es sin dudas la madre de todas ellas.
Elisa Madre. Con ese nombre será bautizada -si Poseidón no se mosquea- antes de que acabe la próxima primavera. La cosa fue así: en plena época de la malaria (2001, pero para qué aclarar…) Miguel Ángel  había ahorrado unos dólares pero guardándolos bajo el colchón. Con ese dinero decidió pasar al siguiente nivel en materia de propiedades náuticas.
Después de meses de buscar y buscar algún indicio que le indicara el punto de arranque con el cual empezar a trabajar (recorrió el Delta entero y consideró más de 30 barcos diferentes) el destino lo enfrentó con la exótica propuesta de comprar el casco pelado de una chata arenera hecho en acero naval. A Miguel Ángel siempre le gustaron este tipo de embarcaciones, por lo que no tardó demasiado en entusiasmarse con la idea de crear, desde cero, su propia obra maestra.
Fue así que aprovechó para comprar el casco (por una bicoca dada la situación general) y contratar a los armadores del suspendido Astillero Lamadrid. Miguel Ángel conocía al dueño de dicho astillero, quien se encontraba en España en busca de mejores horizontes, así que lo llamó para pedirle los contactos y el tipo accedió al instante, feliz de saber que sus trabajadores tendrían algo con qué entretenerse (y alimentarse) hasta que las “nubes negras” se abrieran un poco.
En cuanto al diseño se refiere, Miguel Ángel nunca estuvo solo. Desde el comienzo del proyecto lo acompañó Ariel Cáceres, quien por aquel entonces todavía era un estudiante de ingeniería naval. Tanto los armadores como el ingeniero en potencia hicieron un excelente trabajo, destaca nuestro entrevistado: “Cada vez que les pedía algo no lo hacían como yo quería; lo hacían mejor”.
Entre todos dieron a luz a la bestia. Miguel Ángel aportaba las ideas, los dibujos y las medidas iniciales y Ariel se encargaba de llevarlas a la realidad. Al principio ningún testigo daba demasiado crédito a lo que se estaba gestando; encontraban la estructura un tanto estrambótica y bastante poco agraciada. Pero Miguel Ángel tenía la imagen final en su cabeza y sabía que, como todo lo que empieza con un boceto, “no hay que juzgar hasta no verlo resuelto”.
Así fueron avanzando, feed back sobre feed back, sugerencias tras recomendaciones y mucha inspiración creativa puesta al servicio de lo estético pero sobre todo de lo práctico. Gracias a esta loable actitud se lograron incluir ciertas “comodidades” que, sean o no propias del mundo náutico, Miguel Ángel no estaba dispuesto a renunciar. No por nada su Elisa Madre tiene el toldo de cubierta rebatible con un sistema de diseño propio, el baño revestido con cerámicos y una parrilla sobre la banda de babor de tamaño natural, entre otras muchas excentricidades. Yo por mi parte, las encuentro formidables.

Hecho en casa
Una vez presentada la estructura base de la embarcación, Miguel Ángel se llevó la bestia a su casa para poder trabajar en ella cada vez que tuviera un momento libre. El traslado fue de película; salieron del astillero a las 4 de la mañana y llegaron a destino pasadas las 10 de la noche. En el camino, el muchacho que se encargaba de levantar los cables que estuvieran demasiado bajos en la ruta, se quedó dormido… A los pocos minutos uno de éstos se enganchó en la antena del barco y cuando se liberó bruscamente, el chicotazo atrapó en su recorrido al pobre diablo tirándolo hacia atrás, ¡y haciéndole dar una vuelta carnero en el aire que casi lo mata! Por suerte fue sólo un gran golpe y un bien merecido susto.
Una vez instalada en la comodidad de su hogar, Miguel Ángel puso más manos a la obra que nunca. La chata fue sometida a varias capas de pintura (cinco en total), la diagramación de las aberturas (que fueron otras tantas) y de ahí en adelante. Para tener una idea del trabajo puesto durante el resto del proceso, Miguel me cuenta que utilizó un total de 35 placas de fenólico y, entre otras muchas cosas, quemó dos soldadoras, tres amoladoras y dos máquinas de corte sensitivas.

Un tipo agradecido
Ante todo y durante largos minutos, Miguel Ángel destacó enfáticamente lo muy acompañado que se sintió durante el proyecto. Nos habla del armador-diseñador-técnico-estudiante de ing. Naval (hoy ya recibido), Ariel Cáceres, pero también recuerda con mucho cariño al señor Guerra y a Rolando del astillero, “gente excelente, laburantes de pura cepa, hombres de palabra, quienes supieron respetar presupuestos pasados con inflaciones del 90% mensual.”
Tampoco se olvida de los mecánicos Poleti –padre, hijo y nieto- quienes trabajaron conjuntamente en la marinización, colocación y ajuste de la fuerza motriz de la embarcación. También se encuentra en esta honrosa lista su ayudante Lucho, fiel compañero en los últimos 3 años de tareas, y un viejo amigo de su Merlo natal, Ruly (dedicado hace 35 años a la fabricación de interiores de casas rodantes y restaurador de vehículos antiguos), encargado del instrumental electrónico, iluminación, cámaras, alarma, vigía y varios etcéteras más.
La Prefectura fue la entidad reguladora de toda la operación y, según Miguel Ángel, su participación fue impecable: colaboradores, honestos, entusiastas y muy respetuosos del desafío poco convencional que se estaba llevando a cabo. “Last but not least”, agradece a Patricia, su musa inspiradora, madre de sus hijos, compinche incondicional durante veinte largos años y encargada del cortinado, blanquería y decoración general de la chata nodriza. “Si estás pensando en encarar un proyecto como éste y no tenés una compañera que tire para el mismo lado, olvidate”, remata Miguel Ángel. Y no es para menos.
San Pedro: destino final
Desde los 18 años que este intrépido hombretón de casi dos metros de altura se dedica al negocio de colocación de membranas para techos y terrazas. “Hace 37 años que tengo el mismo teléfono. Mis clientes abarcan tres generaciones.” Hoy día no sólo las coloca, sino que fabrica y posee un servicio especializado de mantenimiento. Sus propiedades y emprendimientos se han visto multiplicados gracias al trabajo duro de toda una vida sacrificada: “Al fin puedo dedicar mis días a lo que más me gusta”, me anuncia con una franca sonrisa: pasear turistas en la chata por los alrededores de San Pedro. Y sucede que Miguel Ángel se mudó con la familia a este hermoso y tranquilo rincón ubicado a las puertas del gran Delta. “¡Hay que ver lo increíble que es este lugar! La belleza de sus tierras, la limpieza y tranquilidad de sus calles, la cercanía con una naturaleza apenas explotada y, sobre todo, la buena onda que tiene la gente. Es el mejor lugar que conozco para emprender un proyecto turístico seguro y divertido.”

Así que ahí lo tienen. En familia y con su querida Elisa Madre a pasitos de ponerse a trabajar. Ojalá esta historia sirva de inspiración para todos aquellos que, como Miguel Ángel, tengan en sus manos un difícil y hermoso sueño.

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Gaby Medei
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