Pandora`s boss
El astillero queda a pasitos de la estación de tren de Carupá. Es un galpón de 1000 metros cuadrados, sin carteles ni ostentaciones. Toco el timbre y, “atendido por sus dueños”, me recibe el propio Lanzani que se disculpa por el supuesto desorden de su oficina (he visto mucho peores) y me pregunta si me gusta el mate. Así arranca la entrevista con este consagrado laburante del rubro náutico. Rodolfo es un tipo modesto y afable, felizmente casado y padre de tres hijos, para nada llamativo y de charla fluida.
Lo primero que me cuenta es que empezó en el 83 construyendo mástiles y sigue hasta hoy con su línea Argenmast. Además posee hace muchos años la representación para Sudamérica de la firma sueca Seldén Mast y es proveedor para nuestro país de las marcas Andersen (molinetes), Rutgerson (motonería) e Isoterm (equipos de frío). “Una de las ventajas de trabajar con accesorios importados es que le puedo ofrecer a mis clientes los mejores materiales para sus embarcaciones, una garantía de calidad que pocas marcas están al alcance de proporcionar.” Sin ir más lejos, entre sus más afamados compradores se encuentra la legendaria Aurora Canesa, que dedica su vida a navegar en solitario y cuya “residencia” actual es el Shipping, un gallardo Pandora 320 que hoy día se encuentra por Brasil y tiene la proa apuntando al Mediterráneo.
El laberinto del emprendedor
Hasta el 2001 proveyó de mástiles y accesorios al emblemático Astillero Marco que construía los Pandora antes de que Rodolfo convirtiera los modelos en una marca propiamente dicha. Ese año, como a muchos otros, le tocó vivir una quiebra. Así y todo, continuó vigente con su “caballito de batalla”: los mástiles y accesorios. En el 2003, cargado de material para vender a un mercado desnutrido de capital, una idea surgió en su cabeza. A la pesca de proyectos nuevos que pudieran reflotar su situación, se encontraba un buen día en ruta rumbo a Chile cuando se dio cuenta del gran poder adquisitivo que demostraban los paisanos de la zona cordillerana. Pick-ups por todos lados, casas rodantes, lagos y ríos plagados de turistas. Así que decidió incursionar en el rubro lanchas y semírrigidos. Allí empezó su relación directa con la fibra de vidrio. Así y todo, la experiencia fue corta y contundente; los motores no eran lo suyo. Dos años más tarde, en los albores del 2005, Lanzani decide montar su propio astillero y fabricar en él los Pandora que tanto conocía y amaba. “Mi desafío diario, me asegura, es estar como mínimo a la altura de lo que alguna vez fue el Astillero Marco”.
Más vale marino en mano
que cien navegando
“Yo navego en los barcos de mis clientes. Por sobre todas las cosas, me interesan las relaciones a largo plazo”, me dice Rodolfo, y explica que su apuesta tiene que ver con la continuidad y el feed-back que recibe de los propietarios. Y sucede que las apreciaciones, consejos y críticas de los mismos son muy bien recibidas por alguien que posee la actitud de mejorar constantemente sus productos.
“Mis barcos están prolijos incluso en las partes que no se ven”, agrega Lanzani, destacando la seguridad, comodidad y calidad de sus embarcaciones por sobre la velocidad propia de los regatistas: “Yo hago cruceros rápidos pero son cruceros. Y están pensados para toda la familia.” Y se le infla el pecho cuando promete que su línea de veleros (ver recuadro) están tan firmemente construidos que los que lo navegan jamás tendrán que preocuparse dónde lo están haciendo, sino cómo lo están haciendo. “¡Y si no me creen a mí, que le pregunten a Aurora!”, remata entre risas.
Eso sí, Lanzani me deja algo bien en claro: “El perfil de mis clientes no es aquel que llega con lo justo a comprar un barco demasiado grande (error que muchos cometen por amor a la ostentación), sino el tipo que se compra un 26 pies pero le da el presupuesto para equiparlo con todos los detalles y lo recibe listo para navegar. Todo lo hacemos en el astillero: la construcción, las instalaciones y el equipamiento. Sin contar los avances en el diseño y la tecnología, un Pandora será siempre igual a otro Pandora.”
Como una fiel demostración de sus intenciones, me cuenta que acaba de volver de Ushuaia donde estuvo haciendo una de sus muy requeridas “reparaciones complicadas”. Se trata del nuevo servicio que hace ya un tiempo ofrece a sus clientes: reparar (como pueden ver se mueve por todo el país) aquellos Pandora que hayan sufrido algún accidente violento y, como consecuencia, daños fuera de lo común. En el caso de Ushuaia se trataba de un P31 que se liberó de su amarra durante un temporal con vientos que superaban los 100 km/h y fue a darse de lleno contra un muelle de cemento. El daño fue grande, pero se pudo arreglar. n
Astilleros Pandora S.A. Montevideo 84, Tigre, Bs. As.
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